Caballero errante, parte 2

Sarah subió las escaleras poco a poco, intentando no estresarse demasiado. Las antorchas de cada piso del castillo, undulando, serpenteando y moviéndose, daban a la luz una cualidad un tanto mareante.

En la tercera planta, un hombre estaba pidiendo permiso para recuperar un documento sobre el que su hijo había derramado comida.

En la cuarta planta no había nadie salvo un par de hombres hablando acerca de cómo había que reordenar los documentes que acababan de llegar de Kamala y que todo estaba en orden para la visita de un Inspector, uno de los líderes, por así decirlo, de la Burocracia. Así podían decir que no había un líder, pero sí había alguien que pudiese dirigir a los subordinados correctamente.

La quinta planta estaba llena de caballeros intentando conservar sus armas a pesar de que, según los Burócratas a los que Sarah medio-oyó, eran demasiado largas para las licencias que tenían. Por lo visto, un pelo de más era suficiente como para que hiciese falta un nuevo permiso.

–A ver si ahora… –masculló la chica, llegando a su planta al tiempo que localizaba la cola Q para la ventanilla 53.

Tras un par de minutos detrás de un mercader que estaba intentando divorciarse de su mula, la chica se dio cuenta de que estaba en la cola Q para la ventanilla 53b, que, aunque parecida y cercana a la 53, cumplía una función fundamentalmente distinta.

Sarah suspiró y anduvo un par de minutos hasta llegar a la cola de la ventanilla correcta. La chica se quitó el casco y rascó el cráneo. Su nuevo corte de pelo era un tanto incómodo, pero era mejor llevarlo corto antes que tener que enfrentarse a problemas o, peor todavía, más formularios.

Esperó.

Al cabo de unos minutos, llegó un hombre y, con una amplia sonrisa, intentó entablar conversación con ella.

–¿Qué estás buscando? –comenzó.

–Z-54c.

–¿El Z54-c?

–No, no. El Z-54c –aclaró Sarah distraídamente.

–¿Sí? ¿En la ventanilla 53b?

–No, esta es la ventanilla 53, cola Q –explicó Sarah.

El hombre se giró y observó la cola Q de la ventanilla 53b. No era una visión alentadora.

–¡Dita sea! –masculló el hombre, dejando a Sarah a sus anchas.

Ahora le tocaba estar sola otra vez.

Tampoco era una tragedia.

Si hubiese sabido que le iba a pasar esto, habría conseguido el formulario X-09-L y habría llevado un libro para ojear mientras esperaba. Leerlo habría requerido tanto el X-09-L como el X-09-Lb.

Cinco minutos después, llegó otro hombre y masculló un “Voy a quemar toda la Burocracia.” Antes de que uno de los empleados del castillo se lo llevase, el hombre sacó una tarjetita especial, haciendo que le dejasen en paz inmediatamente.

–¿Eso qué es? –preguntó Sarah, agradeciendo que hablar estuviese permitido.

–Básicamente, es un recibo de quince documentos distintos. Tenerlo me permite quejarme del sistema sin miedo a que nadie me haga nada –contestó el hombre, orgulloso.

–¡Vaya! Está bien.

“Estaría mejor poder quemarlo”, susurró de nuevo el corillo de voces.

–Sí, bueno… no le merece la pena a todo el mundo, ¿sabe? Yo me paso mucho tiempo aquí, de manera que, en una de mis muchas visitas empecé a sacarme todos los papeles. A los dos años, ya estará tramitado del todo. De momento, con esto me vale.

–Entiendo –contestó Sarah.

En teoría, a ella le habría pasado lo mismo si hubiese podido entregar sus documentos. La Burocracia sabía que el sistema era lento, pero había empezado a tomar medidas unos veinte años atrás y, ahora, por fin, estaban empezando a entrar en acción.

Antes de ello, un caballero podía empezar a trabajar… unos dos o tres años después de dejar todo en manos de la Burocracia. Ahora, podía ser inmediato. Más o menos. Si trabajaban en la misma ciudad donde habían entregado los documentos. Si era en otro pueblo, tenía que esperar un par de semanas hasta que se verificase que, en efecto, el recibo era real.

Como futura Errante, Sarah sabía que eso no le haría la vida más fácil, de manera que lo que había planeado era falsear los recibos para trabajar más rápido. De hecho, uno de los formularios que tenía encima le daba permiso precisamente para ello, lo que le daría a su recibo una delicada filigrana dorada, distinguiéndolo así de los de los demás.

Tras una espera quizás demasiado larga, la chica se acercó a la ventanilla y sonrió ampliamente. No genuinamente, obviamente, pero sí aparentemente.

El burócrata la observó de arriba abajo, se rascó el mentón y se acercó a la muchacha.

–¿Cómo puedo ayudarla, señorita?

–Verá, he perdido…

–El formulario 5A-25b, imagino, ¿no?

–Eh, sí, ¿cómo…?

–Pasa todos los años en el día de Caballerizas. Es bastante normal.

–Entiendo. Bueno, si pudiese…

–Necesita el Z-54c, ¿verdad?

–¡Sí, así es! –exclamó la chica, emocionada (pero no lo suficiente como para requerir una petición notariada).

–De acuerdo. ¿Cómo perdió el documento? –contestó el hombre, empezando a agacharse.

–Pues un encontronazo con un leguleyo –confesó la chica.

–Asumo que tiene el K#7 a mano –respondió el burócrata, incorporándose de nuevo.

–¿Pe…perdón? –rio Sarah, un tanto nerviosa.

–Sí, claro. El K#7, formulario que le permite perder documentos debido a un encontronazo con un leguleyo o abogado –explicó el hombre, entrelazando sus dedos de una manera un tanto muy condescendiente.

–¿Cómo lo voy a tener? –dijo la chica–. ¡No sabía que me iba a pasar!

–Señorita, por favor, no alce el tono. Al menos no si tiene el…

–No lo tengo –interrumpió Sarah, susurrando e intentando calmarse–. ¿Dónde puedo conseguir el K#7?

–Tiene que ir a la ventanilla CTCH, cola 22, en la tercera planta. Ahí le darán el K#7.

–Y entonces, vuelvo aquí a por el Z54-c, ¿no?

–No, no, no, eso sería en la ventanilla 53b, cola Q.

–Perdón, el Z-54c.

–Sí, así es.

–Y luego, bajo a la planta baja, cola & y ellos me dan el 5A-25b, ¿no?

–¡Exacto! –sonrió el burócrata–. ¡Siguiente! –bramó antes de que Sarah pudiese darle las gracias siquiera.

Sarah se retiró, inspiró profundamente, se ajustó la brigantina y acercó a las escaleras.

“Ardería bien”, apuntó el corillo, canturreando.

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