El caso de los libros, parte 19

–Buenos días Greg –dijo el casanova desde el salón de la mansión.

Si Frank me había visto, hizo como que no.

Lo que no pudo evitar ver fue cómo solté la copa y, en un único movimiento, saqué el Auto de su holster. Mordí mi pitillo con furia y apoyé el cañón con relativa tranquilidad sobre la sien derecha del demonio.

–Buenas tardes, Frank, ¿no? –sonreí, mirando a los ojos al demonio–. Me ha reconocido hace unas horas, verdad. Algo me dice que era amigo de Mephisto.

–Como usted –replicó el demonio, claramente poco importunado por tener un cañón de alto calibre haciendo presión sobre su cabeza.

–Sí, bueno, pero tanto usted como yo sabemos cómo terminó Mephisto, así que quizás no éramos tan amigos como usted dice. Nuestra amistad, la de Mephisto y mía, sería comparable a la que usted y yo tenemos ahora.

–Amenazas, ¿eh? –contestó Frank, ignorando el Auto y sentándose donde, unos minutos antes, había estado sentado yo mismo–. Le diré que a mí me dan igual. Mi trabajo ya está hecho y, de hecho, ya casi he cobrado lo que Gregory me debe. En cuanto tenga eso, todo da igual.

–¿Y qué está cobrando?

–No sé cómo puede beneficiar a un humano –el asco al decir la palabra humano no solo era obvio, sino casi físico y, desde luego, intentaba ser insultante– saber qué estoy cobrando, pero mi cobro por este pacto es muy sencillo: necesito un domicilio en Noctua mientras hago mi trabajo. Gregory me lo está facilitando aquí.

–Y a cambio, te limitas a hechizar grimorios, ¿no? –respondí, ignorando su desprecio por los humanos normales. Sabía que estaba cobrando más de lo que me había dicho y, seguramente, más de lo que había prometido a Greg.

Así son los demonios. Después de estrecharles la mano, uno debiera contarse no ya los dedos (eso era con los parios), sino los brazos. O el torso, dependiendo de a quién le preguntases.

–Sí. Él los escribe y yo los lleno de magia.

Amartillé el Auto y arqueé la ceja.

–¿Quién eres?

–Ptibl –espetó el demonio.

Ptibl era uno de los demonios con los que yo consideré hacer mi pacto allá cuando seguía en la Universidad. Me decanté por Mephisto porque, simplemente, era más fácil atraer a Mephisto que a todos los demás. Era uno de los marqueses del Infierno. No sonaba (ni era) tan impresionante como un duque o déspota del Infierno, pero, según tenía entendido, los marqueses eran los que lo hacían todo y, por ende, los que tenían el Infierno controlado.

–Así… así no le va a hacer daño –intervino Greg tras un rato en silencio.

– Ah, ya lo sé. El Auto es para usted, de hecho –contesté, cambiando el revólver de mano y, con la izquierda, sacando el As de debajo de mi gabardina–, para los demonios tengo esto.

Introduje el cañón del As en la boca de Ptibl (es mala idea abrir la boca con sorpresa cuando saco una carabina) y aproveché el punto de apoyo que me ofrecía para hacer uso de la palanca del As y asegurarme de que había una bala en la recámara. Me daba igual que los grabados del cañón estuviesen calcinando la boca del demonio. De hecho, era más un bonus que otra cosa.

Recordé todo lo que sabía de los marqueses del Infierno. Eran sádicos, despiadados y les gustaba torturar psicológicamente a sus aliados. Eso no lo sabía gracias a ningún libro, sino por mera extrapolación. Mephisto había sido un cabronazo, cabría esperar que cualquier demonio de su rango también lo fuese. Era lógico. Si pasas suficiente tiempo con el abismo… No, ese no era el dicho. Pero seguía siendo válido.

Lo que Ptibl estaba haciendo con Noctua no lo sabía. Algo estaba haciendo, seguro, pero no sabía el qué. Tampoco me importaba demasiado. Mientras no me afectase sobremanera, me daba igual. Lo que sí estaba haciendo era joder a su compañero. Y, posiblemente, a su ex. Aunque a la segunda, seguramente, de una manera totalmente distinta.

–¿Quién lidia con los libreros? –pregunté casualmente. Al menos, todo lo casualmente que uno puede preguntar algo mientras le mete a un demonio una carabina mágica cargada y armada por la boca y encañona a un pobre desgraciado con otra arma mágica.

–¿Perdón? –contestó Greg, un poco perdido.

–Sí, hombre. ¿Quién les lleva los libros y todo eso? ¿Quién cobra? Todo eso.

–Pues… pues depende de la zona.

–O sea, que no está centralizado –afirmé.

Greg asintió.

–O sea, que Frank no debiera visitar a la señorita Suresh bajo ningún concepto a no ser que fuese a tener una conversación personal con ella.

La ira que, unos minutos antes, Greg había contenido a duras penas, volvió.

Con furia.

La ira volvió con furia.

Sin embargo, mientras que había conseguido contenerse cuando yo le había tentado, con Ptibl la historia era totalmente distinta.

El Graduado giró discretamente el pie, trazando un círculo y unas runas mientras su anillo brillaba intensamente. Estaba lanzando un hechizo de protección, seguramente.

Consideré que lo mejor era alejarme de ambos.

Extraje el cañón del As de la boca del demonio y expuse ambas armas, alzando mis manos. Lentamente, guardé el Auto y entré en el domicilio de Greg.

Antes de dejarles a solas, sin embargo, dejé el As sobre una silla.

–Es un poco incómodo guardarlo –justifiqué con una sonrisa nerviosa, mirando a Greg a los ojos.

En cuanto entré al salón, la sonrisa nerviosa desapareció y se convirtió en una sonrisa sincera.

Eché un vistazo a las estanterías que Greg tenía en su domicilio. Pude ver una copia de Est Fictio, otra de Ite Domum, un libro de exorcismos; una de Nemo me impune lacessit, un libro de encantamientos de defensa altamente agresivos, y muchos, muchos más tomos.

Era, de hecho, una espectacular colección de libros considerados peligrosos por diversas razones. Ite Domum, por ejemplo, porque si los exorcismos no se realizaban como era debido, no solo se devolvía al demonio al Infierno, sino que se mandaba a todo el vecindario a… a un sitio más desagradable que el mero Infierno.

En el patio de la mansión, Ptibl y Greg intercambiaban insultos y más. Ptibl estaba lanzando hechizos sin ninguna clase de autocontrol. Estando tan cerca de Los Bosques, me interesaba salir de aquí lo más rápido posible. Las criaturas no tardarían en venir.

Mientras los antiguos socios intercambiaban opiniones de manera civilizada (para un demonio, eso es), yo decidí explorar el sótano de la mansión. Era el único sitio que no había cotilleado en mi anterior expedición. Bajé las escaleras y me encontré con una lavandería, los domicilios del servicio y una gigantesca puerta de corinto.

Tras un par de tiros a la cerradura (hecha de acero inoxidable normal y corriente), empujé la pesada hoja y entré. Aquí era donde Ptibl hacía su trabajo. Las paredes de corinto le protegían de las miradas de las… criaturas de Los Bosques y le permitían que llenase los grimorios de magia sin miedo a atraer molestias.

Un disparo me sacó de mi cabeza.

Por fin había usado el As. Le había costado. Ptibl debía de haber estado protegiendo la posición desesperadamente.

Salí de la sala de encantamientos y subí las escaleras. Me ajusté la gabardina y me metí otro cigarrillo en la boca.

El cadáver de Ptibl estaba en el salón, sobre los restos de una mesita de café de vidrio. Pasé por encima de él, pero no sin antes pegarle una vigorosa patada. Para asegurarme de que estaba muerto del todo. Aunque, no teniendo cabeza, era altamente probable que estuviese total y completamente muerto.

Me acerqué a Greg, que estaba de pie, en estado de shock en su jardín. El hombre sostenía mi carabina como buenamente podía, temblando como un cachorro nervioso.

Sus manos brillaban de color morado, como testimonio de la cantidad de hechizos que acababa de lanzar. Su traje estaba calcinado y casi destrozado. Una pena, la verdad.

Cogí el As y, entre calada y calada, le di un consejo.

–Llámela.

Salí de la casa del traficante y me metí en mi coche, pero no sin antes sugerir al servicio que les interesaba abandonar la residencia de su jefe, puesto que ya no era un lugar totalmente seguro. No añadí que antes tampoco lo había sido del todo.

Conduje a toda velocidad y, antes de que nadie pudiese avisar a la policía acerca de lo que acababa de hacer (ser cómplice en la ejecución de un demonio), estaba en mi apartamento, descargando el As y guardándolo en mi caja fuerte.

Una vez lo hice, me senté y esperé.

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