El caso de los libros, parte 18

Se me fue la flapa la semana pasada y no publiqué nada.

–Peter Rocker me avisó –explicó el faux sureño–. Me dijo­ que, si alguien se cargaba mi operación antes de que estuviese en marcha, sería usted, señor Bullitt.

De hecho, la última vez que le vi, algo menos de un año atrás, le di una pista a Suzette y Wendy acerca de su localización. Para cuando llegaron, al día siguiente, el edificio parecía llevar años abandonado.

Si me hubiesen llevado a mí (como sugerí), podría haberles dicho si, realmente, se habían ido o no con un vistazo relativamente rápido. Sin embargo, decidieron que no precisaban de mi ayuda, así que hicieron las pruebas como debían hacerse, dando tiempo de sobra a Rocker y sus colegas para evacuar.

–Pero, bueno, me esperaba que esto fuese a pasar. No tan tarde, la verdad, pero nunca se sabe.

–¿Cómo va la venta de glamoures? –pregunté, prendiendo un pitillo.

–Notablemente bien –replicó el hombre.

–La verdad, yo elegiría mejor a quién le vendo los grimorios –contesté, sentándome en uno de los sillones que el hombre tenía al aire libre.

–Bueno, uno no puede hacerlo todo. De momento, lo único que quiero, es dinero. ¿Qué quiere beber?

–Un caucásico –respondí –. No tanto hacerlo todo como evitar que la gente los use para… ¿enamorar? A otros. No sé, eso me parece un poco repulsivo.

–Verá, señor Bullitt –rio el hombre, haciendo gestos a uno de sus empleados para que me trajese mi bebida inmediatamente–, dicen que uno necesita haber amado para darse cuenta del valor del amor, ¿sabe? Bueno, eso es… mentira, hasta cierto punto. Sí, si uno lo pierde, se da cuenta de que ha perdido mucho, pero no hace falta perder algo para considerarlo valioso. Si usted se enterase de que alguien ha perdido un diamante del tamaño de su puño, no le haría falta haber tenido uno en sus manos para saber que era valioso, ¿me equivoco? Y de algo valioso, siempre se puede sacar beneficio. Ahí es donde entran mis grimorios. Yo ofrezco a la gente algo altamente valioso y ellos obtienen lo que más desean. A mí me parece un canje justo, ¿no cree?

–Bueno, a usted y a sus clientes, ¿no?

–Obviamente. Es de vital importancia que ellos se sientan satisfechos. Por eso siempre hay algún Graduado o Post-Graduado – no registrado, obviamente – dispuesto a ayudar para que todo salga a pedir de boca.

–Sí. Ya vi que ofrecía un servicio muy completo. Casi a prueba de, bueno, mí.

–Claro que sí. Debo proteger mis fuentes de ingresos.

El criado me trajo un gigantesco vaso lleno de licor de café (no Kahlúa, tristemente), vodka y leche. Sorbí mi bebida y observé al jefe de la operación.

Sobre el pecho, debajo de la camisa, pero asomando entre dos botones, llevaba un corazón de corinto idéntico al de la señorita Suresh.

Llevaba un anillo de Post-Graduado en la mano del bastón y lo llevaba de manera ostentosa. Su otra mano estaba llena de anillos, pero, en la izquierda, solo estaba el Anillo Universitario. Así captaba la atención de cualquier persona que le mirase a las manos.

–Tiene sentido, la verdad. ¿Y cómo es que un Post-Graduado como usted hace esto para ganarse la vida?

–Las dos des más importantes: dinero y diversión, obviamente.

–Entiendo. ¿Y no le molesta lo que le esté pasando a la gente afectada por los glamoures?

–No tanto como pueda creer –sonrió el hombre sorbiendo su propia bebida.

Eso sí que resultaba aterrador.

Un sabio pensador había dicho que el mal comenzaba cuando uno trataba a las personas como objetos. Aunque lo hicieses de segunda mano, no había excusa.

–Pero si lo que quiere es dinero y diversión, ¿por qué no limitarse a Imperio naciente y los demás negocios, señor Galaxy? –dije, marcándome un farol más grande que la casa del caballero “sureño”. Tenía mis razones para creer que era Greg Galaxy, pero no estaba del todo seguro.

Doble G arqueó la ceja derecha. Al menos, lo intentó. El problema con arquear las cejas está en que no todos pueden y, cuando alguien que no puede lo intenta, queda francamente espantoso y ridículo.

–Vaya, vaya. Ha llegado tarde porque me estaba investigando, ¿no, señor Bullitt?

–Sí –asentí secamente.

Solucioné mi sequedad con un trago de caucásico. Eso también evitó que no empezase a reírme descontroladamente de la ingenuidad y estupidez del aparente señor del crimen al que acababa de parar los pies. Me acababa de dar munición para fulminarle en una bandeja de plata.

–Verá, si me dedicase solo a cosas legales, esto no sería ni la mitad de divertido.

–Siempre puede evadir impuestos. Eso es ilegal y muy divertido. Especialmente cuando tiene que decidir cómo deshacerse del inspector de turno –sonreí, siguiéndole el juego un poco.

–Cierto, pero no es tan entretenido como esto.

–¿Pero por qué grimorios? –pregunté, preparando el cebo.

–Son fáciles de replicar. Al menos para mí. Recuerdo todos los tomos que he visto a lo largo de mi vida, de manera que los copio y voilá. Es como imprimir dinero, pero mucho más distraído.

–¿Sí? ¿Y no tendrá nada que ver con la señorita Suresh?

–¡Ah! ¡Eso no me pilla por sorpresa! Me llamó en cuanto usted le empezó a hacer preguntas.

–Sí, eso lo sé. De la misma manera que usted sabe que ella sigue teniendo el colgante que le regaló cuando estaban en la Universidad.

No lo sabía. Sonreí.

–¡Vaya! ¿No lo sabía? Pues sí, lo tiene bien a la vista en su tienda.

–¿Está contenta? –preguntó el hombre, deshaciéndose poco a poco.

–Sí. Bastante. ¿Pero por qué no habla con ella?

–¡Le… le hice daño y usted no tiene que saber nada más! –ladró como un perro nervioso.

–¿Y por qué no usar un glamour para convencerla de que debería volver con usted? –dije, marcando el “convencerla” cruelmente.

–¡Jamás! –chilló, ofendido por mi sugerencia.

El hombre se había incorporado, dejando de lado cualquier clase de educación que hubiese falseado unos minutos antes y, al mismo tiempo, lanzando su bebida por los aires y haciendo que el vaso se rompiese en mil pedazos al caer al suelo.

Lo tenía contra las cuerdas.

Golpeé despiadadamente.

–¿Y qué va a hacer cuando toda su operación se descubra? Ella no es inocente. Ella es un cómplice. Está ayudándole de manera voluntaria. La policía no es benévola solo porque alguien sea atractivo. Ni siquiera, creo yo, aunque lo sean tanto como la señorita Suresh.

Doble G me miró, a duras penas conteniendo su ira. Su puño izquierdo blandía el bastón como si fuese un garrote y el derecho estaba lívido de la tensión.

–No creo que usted quiera ponerla en peligro, ¿me equivoco?

Inspiró y volvió a sentarse.

–No –admitió, mirando al suelo y apoyando su cabeza sobre sus manos–. Pero no tengo otra manera de hablar con ella.

Nunca era agradable ver a un adulto, varón o mujer, llorar.

El traficante debía de haber estado al borde del abismo cuando llegué. Yo solo había elegido las palabras correctas para lanzarle despedido.

–No quiero que me perdone –sollozó tras un rato largo sin decir nada–. Solo quiero volver a verla y que sonría cuando ella me vea a mí, ¿sabe?

Asentí, pero no le miré.

Alguien acababa de llegar a la residencia de Greg.

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