El caso de los libros, parte 17

Una vez había hecho mi trabajo, lo único que quedaba por solucionar era encontrar a los aparentes jefes de este círculo de tráfico de grimorios.

Para eso, tenía que esperar a que cogiesen el fajo de billetes que había preparado en el almacén en las afueras. Pero Stephan no parecía haber entregado el dinero a sus jefes. Al llegar a mi apartamento, sin embargo, parecía que el joven estaba yendo a pagar a Frank y a Doble G.

Sonreí y, mientras esperaba a que el chico llegase al local donde estaban sus jefes, me preparé un caucásico.

Lo bebí lentamente y me preparé para averiguar qué estaba pasando con los grimorios.

De entrada, sabía que había un demonio involucrado en todo el meollo. No solo porque hubiese visto a uno en la tienda de la señorita Suresh, sino por la propia logística de la operación.

Para producir semejante cantidad de grimorios tan poderosos, en condiciones normales, uno necesitaría que el libro pasase varios años en el estudio de un mago, posiblemente varias décadas. Y, aun así, eso no era del todo seguro.

Sin embargo, con acceso a un demonio, el proceso resultaba mucho más rápido, sencillo y cómodo. El demonio se limitaba a lanzar magia contra el tomo. De esa manera, el libro se “hinchaba” y llenaba de energía.

El proceso también era bastante más peligroso, puesto que, en cualquier momento, el grimorio podía hacer… cualquier cosa, realmente. Desde explotar y arrasar una ciudad entera a, simplemente, marcharse.

Literalmente.

Le podían crecer un par de patitas y podía irse andando a cualquier sitio. Yo no lo había visto nunca, pero alguna vez se había documentado esa clase de suceso.

En cualquier caso, si iba a intentar solucionar esto, tendría que hacerlo ahora. No es que no creyese que la policía fuese incapaz de hacerlo, pero iban demasiado lentos y, normalmente, para cuando ya podían frenar a alguien, solía ser demasiado tarde.

Me acerqué a la caja fuerte y cogí el As. Empecé a meter cartuchos en el tubo y sonreí ampliamente. Siempre me gustaba saber que iba a matar a algún que otro demonio. O que, al menos, iba a morir uno. Eso siempre me alegraba sobremanera.

Una vez tenía el As cargado (que no armado), me colgué una cartuchera especial que había diseñado para llevar la carabina debajo de la gabardina sin que resultase demasiado obvio.

En mi cabeza aparecía la ubicación del fajo de billetes.

Parecía que seguía en las afueras de la ciudad, pero por otra zona distinta. Quizás demasiado cerca del almacén desde donde se estaban repartiendo los grimorios, pero no tenía por qué estar lejos de su centro de distribución.

Me lancé la gabardina por encima y salí de mi piso.

Me metí en el Charger y salí de Noctua.

Mientras me dirigía hacia la ubicación del fajo de billetes, me di cuenta de por qué Doble G o Frank no tenían miedo a estar tan (relativamente) cerca del depósito. Para llegar había que atravesar unos bosques poblados por… criaturas.

En Horza no había demasiados bosques encantados, se habían librado pocas guerras en el continente, mucho menos guerras con armamento mágico potente, pero por esa zona los nativos del continente habían llevado a cabo rituales paganos (que algunos tachaban de salvajes hoy en día; yo prefería el término “culturalmente distintos”). Así pues, si durante suficiente tiempo alguien regaba un trozo de tierra con sangre humana para apaciguar a sus dioses, llamaba la atención de otros… no exactamente dioses, pero desde luego sí de criaturas similarmente poderosas.

Con el tiempo, las criaturas se habían vuelto a sus lugares de origen (no eran particularmente agradables, pero eran marginalmente mejores que el sitio ese donde los animales les tiraban trozos de metal a los ojos desde sus palos de fuego). Sin embargo, eso no hacía de los bosques (llamados, originalmente, Los Bosques) un lugar seguro. Tal… maltrato a la realidad mágica de un lugar hacía que… pasasen cosas desagradables.

No era raro que algún estudiante de la Universidad retase a otro a pasar una noche en Los Bosques. Tampoco era raro que, cuando alguno cometía el error de aceptar, tuviese que estar varios años en terapia para que, al menos, pudiese dormir algo más de dos horas al día.

Sin embargo, de día, Los Bosques no suponían ningún problema. Y, de hecho, si ibas en coche, tampoco de noche.

El problema para llegar a la ubicación del fajo de billetes era que, en cuanto salía de las carreteras y entraba en caminos de tierra, tenía que estimar dónde encontraría lo que estaba buscando.

Tras localizar cinco caminos que llevaban a lo más profundo de Los Bosques (haciendo uso de pasajes… mágicos, a falta de mejor palabra), conseguí dar con el apropiado.

Al final del camino, que iba mejorando a medida que uno se acercaba a su fin, se encontraba una gigantesca mansión. La intención era que los visitantes creyesen que se había construido a mediados del XIX, en el periodo entre dos de las guerras que habían afectado al continente.

Sin embargo, sabía que no era así. El estilo del edificio era más propio del sur de la costa oeste. Aquí, tradicionalmente, las mansiones siempre se habían hecho de ladrillos. Sobre todo, estando tan cerca de Los Bosques.

Me reí un poco de la ingenuidad (o ingenio) de Doble G (al menos, si la verja resultaba ser honesta, el dueño de la residencia o era él o era otra persona con dos “g”s como iniciales) y atravesé la puerta que alguien, amablemente, había dejado abierta.

El interior del edificio era espectacularmente opulento. La baronesa de Doggerland se habría sentido como en casa solo en la entrada. No había piedras nobles, pero toda la madera del suelo parecía cara. Lo suficientemente cara como para que yo quisiese robar un par de tablones y revenderlos para así agenciarme todas mis comidas durante, al menos, dos o tres meses.

Exploré la mansión tranquilamente, a mi paso.

A Doble G le gustaba decorar todo de manera temática, aparentemente. Cada habitación encarnaba un estereotipo racial distinto, haciéndolas así a todas distintas, únicas e increíblemente ofensivas a partes iguales.

Al cabo de un rato, me cansé de investigar y me dirigí al jardín trasero.

Ahí, sentado en un banco blanco (o, al menos, de color claro), estaba Doble G. Debía de tener unos treinta años recién cumplidos, puede que veintimuchos. Estaba en forma. En muy buena forma.

Estaba tomando un vaso de té helado. Quería dar la imagen de señor sureño acaudalado, a juzgar por su elección de bebida y de vestimenta (un traje de lino blanco impoluto).

Se quitó el sombrero y apoyó su bebida en una mesita de metal.

Me mostró una amplia sonrisa al tiempo que se levantaba y acercaba a mí, con un gran fajo de billetes asomándole del bolsillo externo de la chaqueta.

–Buenos días, bueno, casi tardes ya, señor Bullitt. Soy Doble G –dijo el hombre, tendiéndome la mano derecha y aprovechando el movimiento para enseñarme mi runa mientras que con la mano izquierda blandía un bastón negro con empuñadura de corinto.

Sabía mi nombre.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s