El caso de los libros, parte 16

Para cuando llegué al edificio de la señorita Colette, ya había sirenas de policía partiendo el firmamento con sus estridentes berridos.

Afortunadamente, no me localizarían hasta que terminase con mi deber.

De un salto, me bajé del coche.

Con otro brinco, crucé la calle y atravesé el umbral de la puerta que, siendo relativamente temprano, estaba abierta.

–Flores sobre ruedas –sonreí al portero.

El hombre levantó la mano. No parecía la misma persona que, unos días atrás, me había recibido amable y afablemente.

–Perdone, pero no puede pasar. La señorita Winkle me explicó quién era usted y que no debía entrar aquí –explicó.

Se notaba que el hombre estaba enfadado consigo mismo por haberme dejado pasar la última vez. No podía culparle. Cada vez que entraba a este edificio para un caso (cinco veces desde lo de Mephisto), tenían que despedir al portero. No parecían aprender.

–Mira, chico –dije, acercándome a su mesa–. Estoy trabajando en un caso muy importante y, si te metes en mi camino, tendré que quitarte de en medio, ¿lo entiendes?

Eché un vistazo al uniforme del chico. Llevaba un traje normalillo con una bonita corbata al cuello.

–Me da igual. Tengo que hacer mi trabajo y no puedo dejarle pasar. Ahora, por favor, abandone el edificio o me veré obligado a llamar a la policía.

En condiciones normales, eso no era un problema. Suzette sabía si llamaban por mí y se aseguraba de venir ella misma. Sin embargo, en este caso, no podía permitir que eso pasase.

Era la oportunidad perfecta para intentar algo que siempre había querido hacer.

Cogí la corbata del portero y tiré de ella.

Si la corbata no se hubiese roto por el tirón, podría haber salido a pedir de boca.

Sonreí.

El chico entrecerró los ojos, claramente lleno de furia.

Lancé un directo izquierdo.

Marcando un precioso arco, el portero cayó al suelo.

–Lo siento –murmuré, encogiéndome de hombros.

Le dejé las flores encima a modo de disculpa y me metí en el ascensor.

Me ajusté el cuello de la gabardina y me aseguré de que el grimorio estuviese en perfectas condiciones.

Llamé al timbre del ático y esperé.

Tal y como esperaba, me abrió la chica que había cogido el teléfono unos días atrás.

Antes de que pudiese prohibirme la entrada, atravesé la apertura y me senté en el sillón que tenían en la entrada.

–Avise a la señorita Winkle y dígale que, si no sale inmediatamente, tendrá un serio problema.

–Perdone, pero…

Me acomodé y, al mismo tiempo, mostré las cachas de mi Auto.

La sirvienta se retiró y, en cuanto salió de la entrada, la oí acelerar mientras iba en busca de su jefa.

Mientras esperaba a la señorita Winkle, ojeé y hojeé el grimorio robado.

La señorita entró como un tornado de mala leche pero, antes de que pudiese decir nada, le mostré Fictio Est con una gigantesca sonrisa adornando mi cara.

–Señorita, estoy bastante seguro de que usted no está autorizada a tener una copia de este libro –dije, blandiéndolo bien alto–, de manera que, si no hace lo que yo le diga ahora mismo, me veré obligado a llamar a la policía y denunciarla por tráfico de grimorios prohibidos y, seguramente, encantamientos desleales e ilegales.

–… –replicó la que, al verla por segunda vez, me di cuenta de que era una nouvelle riche.

–Sé que tiene a la señorita Liling, guitarrista de Wyld Mers aquí en contra de su voluntad, aunque no lo parezca. También sé que tiene una copia ilegal de este grimorio. De hecho, sé que es mucho más poderoso que el original. No me hará falta demostrarlo si la policía llega aquí por varias razones –añadí antes de que pudiese objetar a mi razonamiento–, la más importante de las cuales: que me esconderé con su copia y la señorita Liling. Así pues, cuando la policía llegue, verá los libros y a una muchacha que lleva, oficialmente, casi una semana desaparecida.

Esperaba que, entre tantas verdades, el farol acerca de la denuncia de la desaparición de Liling pasase desapercibido.

Afortunadamente, mi plan funcionó perfectamente. Mientras obligaba a la señorita Winkle a romper el glamour por su propia voluntad (la amenaza de una condena en la cárcel ayudó a convencerla) y a traerme su copia del grimorio, aproveché y llamé al teléfono privado de Suzette.

–Asumo que te has enterado ya –dije antes de que mi ex pudiese echarme la bronca.

–¿Tiene algo que ver con tu caso? –contestó ella, increíblemente exasperada. La verdad, siempre me había parecido adorable (y peligrosa) cuando se enfadaba. Había algo en ella que… ¡Tortitas!

–Sí. Tengo una copia significativamente más peligrosa que el grimorio que he sustraído de la Universidad. La copia debería ser extraída y tratada con sumo cuidado. No tendría por qué ser peligrosa, pero, aun así. También me gustaría que mantuvieses a la señorita Colette Winkle…

–¿La sobrina del alcalde?

–Sí. Justo. Bueno, me gustaría que la vigilaseis. Ha sido responsable de la desaparición de una joven. Ha hecho uso de la copia que te he mencionado y no me sorprendería que volviese a hacer algo parecido.

–Joder, Tracer. ¿Por qué me metes en estos fregados?

–Por qué solo tú los sabes solucionar como es debido.

–¿Sin que tú termines en la cárcel?

–Entre otras muchas y copiosas razones, sí –sonreí. Sabía que ella, al otro lado de la línea, también lo estaba haciendo–. Dejaré los dos grimorios en una caja en la entrada del edificio, ¿vale? Es el trece de López del Ocho, ¿vale?

–De acuerdo, Tracer. Ahora llego.

–Yo no voy a estar aquí. Voy a asegurarme de que la desaparecida llega a su casa. La que… denunció, por así decirlo, su desaparición, no contactó con vosotros, así que es mi responsabilidad que llegue sana y salva a su casa. Cuídate.

Colgué antes de que ninguno de los dos se pusiese demasiado emotivo y me saqué una mota de polvo que se me había metido en los ojos.

Hice un poco de memoria y marqué el teléfono de la señorita Holtzmann mientras Liling aperecía en la entrada del ático.

La chica parecía que acababa de salir de un torreón oscuro y deprimente. Y tampoco me sorprendería. A juzgar por el brillo morado que había visto al intentar evaluar el piso de la señorita Winkle, la parte del apartamento que estaba oculta parecía reducida, húmeda, mohosa y desagradable.

–Ya la he encontrado –dije antes de que la señorita Holtzmann pudiese decir nada en absoluto y colgué rápidamente.

–¿Liling? –continué, mirando a la joven muchacha–. ¿Está bien?

La muchacha asintió y murmuró algo acerca de su guitarra.

Fulminé a la niña pija con la mirada y esperé. Al cabo de medio minuto, la señorita Winkle volvió con una bolsa negra.

–Señorita Winkle, animaré a mi cliente a, si vuelve a verla, que me llame. Y si cree que he sido menos que agradable con usted, pregunte a su portero cómo me porto cuando estoy de malas. Tendrá, obviamente, que esperar a que se despierte después del buco que le he metido. Y créame cuando le digo que no dudaré en meter a alguien en cintura, sin importar su sexo, edad, o clase socioeconómica.

Antes de que me pudiese responder, salí de su ático y cerré la puerta de golpe con los grimorios debajo de mis hombros.

Una vez en la recepción, cogí una caja vieja y medio rota y tiré los grimorios dentro sin mayor ceremonia. Con un rotulador que el portero guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta, apunté “Suzette” sobre el cartón y salí con Liling a la calle.

–Vamos a volver con Sophie ahora –expliqué–. ¿Quieres comer o beber algo?

–No. Gracias,

–No pasa nada –sonreí ampliamente–. Si a alguna de vosotras, del grupo, os pasa algo así alguna vez, avisad a la policía. No vengáis a mí. Me siento halagado, pero al menos no vengáis solo a mí.

La muchacha asintió tímidamente.

–Pero bueno, ahora estás bien. Eso es lo que importa.

¿Qué estilo tocáis las Wyld Mers? –continué tras un par de minutos en silencio, intentando animar a la chica y, sobre todo, tratando de distraerla de lo que, sin duda alguna, habían sido unos desagradables días. Y eso era quedándome corto.

–No sé. Tocamos rhythm’n’blues y… y cosas… cosas así. Oficialmente, bueno, oficialmente tocamos para divertirnos más que nada. Pero en realidad, creo que todas nos lo tomamos muy en serio. O sea, si… si no, no estaríamos pagando a… a Samia. Samia es nuestra batería.

Dejé que la chica me contase la historia del grupo a su ritmo mientras la llevaba al apartamento que compartía con su novia. Para cuando llegamos, no estaba contenta exactamente, pero parecía marginalmente más tranquila y algo menos desorientada que cuando la vi por primera vez.

–Vamos allá –dije en cuanto aparqué.

Bajé del Charger lo más rápido que pude y cogí la guitarra de la chica del maletero.

–No te preocupes –sonreí cuando hizo amago de cogerla.

–Gracias –murmuró la chica.

–De nada.

Entramos al edificio de la señorita Holtzmann. Esta vez, sin embargo, mis espinillas no sufrieron puesto que seguí a Liling por el pasillo.

En cuanto llamamos a la puerta del piso, algo explotó dentro, llevándose por delante un sofá o, a juzgar por el estruendo, un frigorífico.

La señorita Holtzmann no arrancó la puerta de los goznes de milagro y no descuajeringó a su amada porque el Anfitrión no lo quiso así, pero de haber pasado, no me habría sorprendido.

Con un “muchas gracias” y un maravilloso fajo de billetes, la señorita Sophie Holtzmann y su novia se despidieron de mí.

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