El caso de los libros, parte 15

La señorita Suresh me había dicho qué libro estaba buscando.

Bueno, si no me había mentido. Pero me sorprendería que lo hubiese hecho. La mera presencia del Auto siempre resultaba muy persuasiva.

La cosa era cómo conseguir que la señorita Winkle liberase, voluntariamente o no, a Liling (tendría que saber su apellido a estas alturas, la verdad). También, cómo hacer que entregase su copia del Est Fictio.

Llegué a mi Charger y me senté sobre el capó para recapacitar.

Lo primero que tenía que hacer era ir a la biblioteca de la Universidad. Así podría echar un vistazo al grimorio original. Ahí averiguaría cómo romper el glamour de la señorita Winkle. En cuanto supiese eso, el resto de las piezas, estaba seguro, encajarían.

Fui a la biblioteca.

Era un sitio que, por norma general, evitaba a toda costa.

No porque no me gustase ir a la Universidad (aunque esa era una importante razón), sino por la ya mencionada bibliotecaria. Se creía mejor que yo porque habían hecho de mí un Graduado con deshonor. Tampoco es que fuese una tragedia, puesto que seguía estando por encima del resto de los mortales, pero me molestaba su manera de tratarme.

Sin embargo, no me quedaba otra que no fuese ir a echar un vistazo a la extensa colección de tratados y libros que ellos tenían.

Normalmente, cuando iba a la biblioteca, era para conseguir acceso al catálogo de caligrafías que tenían, pero, de vez en cuando, iba a mirar libros.

El catálogo de caligrafías era útil y, afortunadamente, solo podíamos acceder antiguos alumnos de la Universidad o de algún centro de estudios mágicos superiores. Pero, también por esa razón, los cuerpos de policía siempre se aseguraban de tener algún Graduado o, si era posible, Post-Graduado, entre sus filas.

Los crímenes violentos mágicos son relativamente infrecuentes. De vez en cuando alguien la caga, pero, lo que suele pasar es más parecido al caso de la señorita Winkle: alguien con más dinero y tiempo que cabeza y sentido común decide divertirse o algo así.

De hecho, la policía tendría que haber cogido mi caso y, seguramente, si la señorita Holtzmann hubiese ido a ellos, lo habrían cogido. Sin embargo, debido a su estilo de vida “alternativo”, no habría corrido ninguna prisa, mucho más si la secuestrada era oriental.

Bueno, al menos dependería del agente que recibiese el caso. Suzette o, si siguiese ahí, mi amiga Wendy habrían hecho todo lo posible, no porque la chica fuese parte de una minoría, sino porque ayudar a los demás siempre es lo correcto. Pero otros… Bueno, a veces, si no tenían nada mejor que hacer, investigaban.

Llegué a la Universidad tras un paseo de diez minutos en el Charger.

Las torres del complejo (debía de tener unos trescientos años o así) se alzaban y escondían entre las fumarolas moradas que salían de los distintos laboratorios y departamentos.

La primera vez que me presenté en ella tenía unos diecisiete años y me dejó sin habla. Era un viejo edificio hecho con sillares de piedra gris y pulida, con cuadros de grandes Graduados y tapices de momentos cruciales en la historia de la magia, como la primera vez que se invocó a un demonio (circa 1600 antes del Anfitrión) y cosas así. Bueno, la primera vez que se invocó a un demonio y no resultó en la total aniquilación de una cultura entera.

Después de que me echasen, el edificio dejó de parecerme un monumento a la capacidad de la raza humana para superarse y empezó a cobrar otro sentido. Más que nada, un monumento a la hubris de los hechiceros y, en concreto, a la de los Universitarios.

El problema del edificio es que esa soberbia y orgullo desmedido que caracterizaban a los profesores tendían a ser… contagiosos y gran parte de los Graduados y Post-Graduados se comportaban como si fuesen mejores que los demás solo por haber estudiado en un edificio mayor que algunas sociedades contemporáneas y gran parte de las democracias.

Aun así, yo no podía quejarme demasiado porque, si yo hubiese terminado la carrera ahí, a saber cómo habría terminado yo. En mis mejores días, me gustaba imaginarme que sería el director ejecutivo de alguna multinacional y que tendría una alegre familia. En mis peores días, me imaginaba que sería una sombra de lo que una vez fui y que me estaría dedicando a algún trabajo sin ninguna clase de futuro práctico, lidiando con la pesadez de esa mísera existencia a golpes de licor.

Atravesé todas las salas que me separaban de la Biblioteca y me personé delante del mostrador. La mujer que se escondía detrás de él me recibió con la misma cara de asco con la que recibía a todo el mundo salvo a un par de profesores (y eso era solo en los días buenos). Si alguna vez supo sonreír, lo olvidó cuando se sentó en su roñosa y asquerosa silla.

–Buenos días –sonreí–. Estoy buscando un libro.

–Obviamente –replicó, con la misma voz que debían tener las harpías divorciadas sin hijos.

–Es Fictio Est, un tratado…

La desagradable anciana miró un mapa al tiempo que levantaba la mano para que me callase y no la importunase más.

–Quinta planta. Tenga cuidado con los libros de la zona.

El problema de la Biblioteca era que, de vez en cuando, se ampliaba a sí misma para acomodar otros libros que venían de… No lo sabía, la verdad. Nunca llegué a dar Taumología Bíblica. Y, aunque la hubiese dado, tampoco me habría enterado demasiado.

A veces, eran los propios miembros de la Universidad los que… por así decirlo, “obligaban” al edificio a ampliarse, pero no era lo normal. Los libros se aseguraban de cuidarse a sí mismos y no precisaban de ninguna clase de ayuda externa.

Subí las escaleras y llegué al quinto piso.

Obviamente, la Biblioteca había hecho una ampliación mientras yo paseaba por su interior, de manera que ahora estaba en el sótano. No era agradable, pero era algo a lo que uno tenía que enfrentarse cuando lidiaba con esta clase de temas.

La mujer me vio desde su silla y sonrió para sí. Obviamente, le había parecido increíblemente cómico. Pero, al menos, era agradable verla contenta. Parecía una persona y todo.

–Siguen en la quinta planta –dijo sin levantarse.

Subí corriendo, no queriendo que me volviese a pasar algo parecido.

El problema era que, aunque ya tenía Fictio Est entre mis manos, no estaba seguro de cómo iba a convencer a la señorita Colette para que liberase a Liling. Podría intentar romper el encantamiento desde aquí, pero algo me decía que eso no iba a ser posible.

Me acerqué a la estantería donde debiera estar el tomo.

Otro problema con libros mágicos es que tienden a reordenarse ellos solos. Cuando no tienen mucho más que aprender de otros tomos similares, se van a otro sitio donde haya nueva información. No asimilan esa información (al menos no de manera visible), pero parece que les gusta cambiar de aires. De vez en cuando, algún grimorio puede pelear con otro y, cuando lo hacen… lo mejor es alejarse rápido. Muy rápido.

Cogí el tomo mágico y lo saqué de su lugar. Había bastantes hechizos para ilusiones, pero solo uno para glamoures amorosos.

Y, tal y como me había esperado, no iba a poder romperlo yo solo.

Iba a tener que hacerlo la señorita Colette por su propia cuenta.

Eso significaba que tendría que convencerla.

Convencer a la gente es relativamente fácil cuando ellos no te pueden hacer daño. Simplemente, les apaleas hasta que se quedan sin sentido y, cuando se despiertan, te encargas de que accedan a tus peticiones. No es algo que yo haya hecho nunca (al menos no demasiado), pero sí es algo que a veces se me ha pasado por la cabeza.

Sin embargo, estaba bastante seguro de que, si aporreaba a esta niña hasta que me sangrasen los nudillos y ella en general, no conseguiría lo que quería de ella.

Pero las amenazas no tenían por qué ser solo físicas. Siempre podría amenazarla… metiendo un artefacto de alta importancia mágica en su apartamento. Lo único que necesitaba era correr más rápido que la policía, que no hubiese ningún agente cerca de la Universidad (no si quería hacer esto sin causar daños humanos) y un ramo de flores (lirios, de hecho; no por nada en especial, sino porque me gustan los lirios).

Me metí el libro debajo del sobaco izquierdo y saqué el Auto de debajo del derecho.

Como ya he mencionado, los libros tienen la capacidad de moverse. Por eso, normalmente, no hace falta ninguna clase de sistema de seguridad para evitar que alguien robe los libros.

Tenía poco tiempo. En tres minutos, el “aviso” (un violento ajetreo de libros) llegaría a la entrada.

Amartillé el Auto, descerrajé tres tiros contra la ventana más cercana y, antes de que pudiese repararse, salté por el hueco.

Parecía que estaba sobre la enfermería, a unos escasos dos metros de la calle en línea horizontal.

En vertical… Seis o siete.

Salté a la calle y corrí hacia el Charger.

Pisé a fondo y me paré en la floristería más cercana.

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