El caso de los libros, parte 2

Suspiré y apoyé mi caucásico en la mesa. Me dirigí a la puerta y abrí. Había una muchacha de unos veinte años en el pasillo y parecía más perdida que un pulpo en un garaje.

–El ginecólogo está en la siguiente planta –expliqué.

–No, no. Usted es Tracer Bullitt, ¿no?

–Sí.

–¿El investigador privado? –confirmó la muchacha.

–Eso pone en mi puerta –sonreí, apuntando a la placa que estaba, supuestamente, colgada de mi puerta.

Desafortunadamente, alguien me la había robado. Bien por vandalismo o por coleccionismo. En cualquier caso, no me hacía ninguna gracia. Esas placas no son baratas de hacer. Desde luego, no del tamaño que a mí me gusta (cómicamente grandes para que nadie me pregunte si soy, en efecto, yo).

–Déjelo –continué, sacudiendo mi mano–. Pase, por favor.

Coloqué una silla para la muchacha y le ofrecí una bebida.

–No, gracias –contestó la chica, un poco intimidada por mi oficina (y, probablemente, el monumental agujero que tenía mi mesa en la plancha delantera).

La chica era mona y menudita. Llevaba una camiseta con las mangas arrancadas y unos vaqueros pulverizados por uso o diseño, no estaba seguro. Debía medir un metro sesenta, un poco más que yo. Llevaba el pelo recogido en una coleta, aunque parecía habérselo teñido, y daba la sensación de que tenía un modo de vida… alternativo, supongo. Esa era la palabra que utilizaban los jóvenes ahora. Al menos, era la palabra que Suzette habría usado para referirse a ella. Mis compañeros de promoción (los imbéciles, al menos) habrían dicho que daba la sensación de ser una desviada. Si no fuese por las connotaciones sociales de la palabra, sería una que yo usaría más a menudo. Pero lo que la delataba como alguien que no se dedicaba a algo “convencional” era su bolsa. Parecía llevar un bajo o una guitarra.

–Bueno, ¿en qué puedo ayudarla, señorita…?

–Holtzmann –sonrió la muchacha.

–Pues eso, ¿en qué puedo ayudarla, señorita Holtzmann?

–Pues verá, es sencillo, verá, mi… bueno, la guitarrista de mi grupo, no… no es mi guitarrista, es de mi grupo, pues ha desaparecido y, claro, no quiero ir a la policía, porque no… no termino de fiarme de ellos y, bueno, por lo que he leído, usted suele ser mucho más rápido y eficiente. En cualquier caso, verá, mi grupo, bueno, el grupo en el que toco, pues, a ver, tenemos un festival dentro de un par de días y, claro, pues, nos corre prisa localizar a nuestra guitarrista porque nadie toca nuestras canciones como… como ella, ¿sabe?

–Entiendo. Entonces, lo que pasa es que vuestra guitarrista –el gesto de la chica se torció un poco–, perdón, la guitarrista de vuestro grupo ha desaparecido y pasáis de la policía, ¿me equivoco?

La señorita Holtzmann sacudió la cabeza.

–Vale, entonces, ¿dónde fue la última vez que la vio?

–Anteayer, al salir de un concierto. Hoy no ha venido al ensayo, pero no… no pasaba nada porque la batería tampoco ha podido venir. Algo de su ex, que se vino de Nuevo Edén para darle la tabarra o algo así. Pero bueno, es que Liling, que… que es la guitarrista, nos habría avisado si fuese a faltar a un ensayo, ¿sabe?

Asentí.

–De acuerdo, entonces, ¿dónde fue este concierto que me ha dicho?

–Fue en la sala Troubadour, el… el cartel creo que sigue ahí. Somos las Wyld Mers. El… el puerta puede que le pueda decir algo más.

–Entiendo. ¿Algo más? ¿La vio con alguien en especial? ¿Un exnovio? ¿Un grupo de amigos?

–Charlando con… con algunas personas. Fans.

–Perfecto –sonreí, apuntando todo lo que la muchacha me estaba diciendo–. Pues, en cuanto hablemos del incómodo tema de mis honorarios, me pondré en marcha.

–Sí, claro –respondió la chica.

No parecía tener mucho dinero, ni encima ni por norma general. Parecía ser la clase de persona que se contenta con vivir si puede hacer lo que más le gusta, así que ni podía ni quería sangrarla demasiado.

–Pues serán unos cincuenta ukus al día, gastos no incluidos, pero no como tanto. Y limitaré mi ingesta de licor –reí, intentando calmar a la muchacha–. Pero sí le pediré que me pague cuatro días por adelantado. Si me llevase menos de cuatro días, habría un reembolso, pero no creo que me vaya a llevar menos. Me sorprendería, de hecho, que lo fuese a hacer.

–De acuerdo –contestó la chica, sacando su cartera y, de ella, cuatro billetes.

–No me agredirán de ninguna manera, ¿no? –pregunté, sacando los papeles que tenía que firmar con la chica.

–Puede… puede que se enzarce en alguna pelea, pero no estoy seguro.

Miré a la muchacha de arriba abajo. Parecía más nerviosa de lo que debiera estar.

–Entonces, no pasa nada –cerré.

Me parecía poco ético cobrar a una pobre muchacha por algo como que me pegasen un puñetazo.

–Si me disparasen, eso sí, tendría que pagar un bonus. De otro día, nada más.

–No… no creo que le disparen. Es decir, mis amigas y yo nos movemos por el entorno musical, pero nuestros círculos no son tan peligrosos. Bueno, puede que los de Anita, la cantante, sí. Pero los de Liling y míos, no. Esta… esta es ella –añadió la chica, ofreciéndome una foto.

–Vale. No pasa nada. Pero bueno. En cuanto usted firme esto, me pondré a investigar, ¿de acuerdo? –contesté, dejando la foto sobre mi mesa y sacando un boli de uno de los cajones.

La señorita Holtzmann sonrió y cogió el bolígrafo que le estaba ofreciendo.

En realidad, lo de los puñetazos, disparos, apuñalamientos y todo eso no me suponía ningún problema. Siempre y cuando llevase mi pitillera encima, eso sí. La pitillera que yo tenía estaba hecha de titanio (porque nunca pude permitirme pagar por corinto) y tenía un maravilloso círculo mágico grabado. Lo que el círculo hacía era impedir que el portador sufriese ninguna clase de dolor. El daño sí, pero no dolía. Se me podía apuñalar y yo no sentiría nada.

Esto se debía a que, años atrás, hice un trato con un demonio según el cual yo sería virtualmente inmortal. El giro estaba en que, a partir de una determinada cantidad de dolor, dicho demonio (llamado Mephisto) vendría a por mi alma. Yo, afortunadamente, encontré la manera de evitarlo. Eso, obviamente, no le hizo demasiada gracia a Mephisto, como cabría esperar. Así pues, unos años atrás, Mephisto volvió para intentar robarme mi alma. Para defenderme, adquirí el As (la carabina con la que, minutos atrás, me habían encañonado) y lo usé para arrancarle la cabeza a Mephisto. Lo mejor de todo fue que salí ganando, puesto que conseguí un coche. Pero eso es otra historia.

Acompañé a la señorita Holtzmann a la puerta y me preparé para mi nuevo caso.

Véase: me bebí el caucásico de un trago.

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