El caso de los libros, parte 1

–… y si no, te voy a volar la puta cabeza, ¿entendido? –en realidad, no había estado escuchando demasiado atentamente al joven que me estaba encañonando.

Esto se debía a varias razones:

  • El As, una carabina para matar demonios, estaba descargada. Sabía que estaba descargada porque nadie en su sano juicio guarda un arma histórico-mágica cargada. Aunque esté en una caja fuerte.
  • Si disparaba mi Auto, mi revólver mágico, le reventaría en la mano.
  • Estaba bastante seguro de que no me podía matar. Desde luego, no si llevaba mi pitillera encima.
  • No estaba escuchando al grillado que me encañonaba porque estaba cabreado conmigo mismo. Después de todo, no era propio de mí guardar el Auto en mi caja fuerte con el As, pero desde que Suzette decidió que debíamos tomarnos un respiro, no estaba pensando particularmente bien. También por eso, no había verificado mi baño en busca de asesinos o secuestradores al levantarme.
  • Tampoco era tan raro últimamente que toda clase de idiotas viniesen a molestarme después de mi último caso. Había involucrado a una baronesa del Viejo Mundo, una insultante cantidad de joyería y diamantes y ciento cincuenta kilos de explosivo plástico escondidos debajo de mi despacho.
  • Le estaba encañonando con una vieja nueve milímetros a las rodillas.

–Así que, dime, ¿dónde cojones escondiste los dos millones en diamantes que te dio la baronesa de Doggerland? –continuó el hombre.

–Por quinta vez, lee los putos periódicos antes de asaltar a investigadores privados. No me pagó en diamantes ni tampoco dos millones de ukus. Me pagó cincuenta mil. Y no en diamantes. Se me acusó de haber robado los diamantes, pero, en realidad, lo que pasó es que la baronesa mintió al seguro y me ató el muerto a la espalda –aclaré, quitando el seguro a la nueve milímetros. No es bueno para una nueve milímetros guardarla cargada, destrozas el muelle, pero en mi caso, no tenerla cargada significa que corro el riesgo de acabar sin mi preciosa cara, así que… La elección es obvia–. Y lo demostré. Así que lo único que tengo es lo que has visto en mi caja, ¡cretino!

No era un insulto particularmente original o hiriente pero, afortunadamente, quedó ahogado por el disparo de mi semiautomática.

Las rodillas, diré, son una articulación bastante infravalorada. No nos damos cuenta de lo importantes que son hasta que nos las revientan de un tiro.

Cierto, no es algo que pase muy a menudo, pero siempre ha sido algo a lo que yo he estado muy acostumbrado gracias a mi empleo.

–Suelta las armas –le dije al hombre como un padre decepcionado con su hijo, guardando la nueve milímetros en mi bolsillo vacío.

–¡Joder! ¡Estás loco, cabronazo! –chilló, gimiendo en el suelo

–¿Yo? ¿Loco? –repliqué–. ¡Yo no soy el grillado que ha entrado sin permiso al apartamento de un Graduado y le ha intentado atracar para sacarle un dinero que no tiene! Ahora, ¡suelta las armas!

–¡Que te jodan! –me respondió, intentando apuntarme con el Auto como bien podía.

Suspiré, saqué el arma de nuevo y la presioné contra su sien derecha.

–A ver, muchacho, suelta mis armas y, con suerte, solo diré a la policía que entraste de golpe y te disparé asustado. Si no lo haces, me veré obligado a apretar el gatillo una y otra vez hasta que solo haga clic. Ahora bien, eso no significa que vayas a morir, solo que vas a sufrir en exceso –expliqué tranquila y pausadamente.

No me gustaba demasiado hacer el papel de tipo desagradable, pero era lo que hacía falta.

Observé al muchacho. Debía de tener unos veinte años o así. Llevaba la cabeza afeitada por los lados y una cresta. Probablemente teñida, pero no podía estar seguro.

–¿Por qué has pensado que podías venir aquí a quitarme mi dinero? ¿Pensabas que como era pequeñajo me podrías intimidar o algo así? –continué, cambiando el tono a uno más familiar.

El muchacho respondió con un no tan elocuente silencio.

–Mira, dame las armas y márchate de aquí, ¿vale? Seguro que mis vecinos ya han llamado a la policía –continué, incorporándome y preparándome un caucásico–. Les podré decir que mi nueve milímetros se disparó al caerse o algo así. Si te encuentran aquí, va a ser una tortura. Vamos a tener que explicarlo todo y… no quiero explicar cosas de estas, ¿sabes? Es muy aburrido. Y, aunque conozca a un par de agentes del cuerpo de policía, no es divertido para nadie. Puedo hacerte un apaño en la pierna y darte unos pantalones para que no sea tan obvio que te he disparado. Si quieres, te pago una comida y todo, pero preferiría que te fueses.

El chico soltó el Auto y el As e intentó incorporarse.

–¿Voy a por unos pantalones y el kit de primeros auxiliaos? –el problema de ser yo y trabajar en mi línea de empleo era que mi kit de primeros auxilios estaba preparado para remendar heridas de bala.

El muchacho asintió.

Fui a la parte trasera de mi oficina. Mientras vivía con Suzette, había sido un almacén para documentos y contratos. Ahora volvía a ser mi habitación. Afortunadamente, nunca me deshice de la cama plegable, de manera que no tenía que dormir en el suelo. Sin embargo, sí tenía que compartirla con una titánica pila de papeles.

Abrí el armario y, tras una avalancha de ropa, cogí un par de pantalones y saqué el kit de primeros auxilios de mi mesilla de noche.

Mascullé mientras lo cogía.

Debiera haber dejado el Auto ahí. Eso me habría ahorrado muchísimos problemas. Pero supongo que, de vez en cuando, incluso yo cometo errores.

Salí y apañé al chaval lo mejor que pude. Para cuando había terminado, oí las sirenas de un coche patrulla. Lo había conseguido un poco justo de tiempo. El problema, de hecho, iba a ser la mancha de sangre en la moqueta.

Si hubiese sido una alfombra, la podría haber quitado. Si hubiese sido el suelo sin más, fregado. Pero una moqueta…

Lo solucioné tirando unos papeles por la zona y recé para que los agentes que subiesen no me hicieran demasiadas preguntas. O al menos no me preguntasen cosas que implicasen mentir a un representante de la ley. O cometer algún delito de verdad.

–¿Por qué no me sorprende, Tracer? –preguntó Suzette desde la puerta. La había abierto en cuanto oí las sirenas. Si hacía como que no tenía nada que ocultar a lo mejor se lo creería.

Mi ex seguía igual de atractiva que siempre. La conocí unos años atrás en un caso que involucró a un fantasma, un actor muerto y un foco que no funcionaba bien. Después de solucionar el caso, charlamos un poco e, inmediatamente, empezamos a salir.

Estuvo bien mientras duró, pero no duró tanto como nos habría gustado. Nos separamos, básicamente, porque no estábamos de acuerdo en algunas cosas importantes como, por ejemplo, si queríamos tener hijos o no, el tiempo que debiéramos dedicarle a nuestros respectivos casos, o, peor todavía, la cantidad de azúcar que debiera llevar la masa de las tortitas. De hecho, hasta que no lo discutimos, no sabía lo acaloradas que podían llegar a ser las discusiones de tortitas.

–Porque me conoces –sonreí.

El problema de volver a verla era que me preguntaba por qué nos habíamos separado. Era guapa, agradable, inteligente… Tortitas. Piensa en tortitas, Tracer, ¡maldita sea!

–¿Qué ha pasado? Y, al menos, intenta que sea creíble esta vez.

La última vez que esto había pasado, por alguna razón, la había intentado convencer de que un coche había petardeado en mi apartamento.

–Sí, Tracer –murmuró su compañero.

Era un cachorrito emocionado que estaba sustituyendo a mi amiga Wendy. Wendy, una antigua compañera de estudios de la Universidad, había empezado a trabajar para el Despacho de Investigación de Crímenes Mágicos. Ahora mismo estaba vigilando a un grupo de posibles terroristas liberalistas. De vez en cuando me llamaba para hacerme preguntas, pero normalmente me dejaba a mi bola.

–Mi nueve milímetros se ha disparado –expliqué, sacando el arma de mi bolsillo y agitándola.

En ese momento, obviamente, no me di cuenta de lo mala idea que es agitar una semiautomática cargada delante de dos agentes de policía. Fred, el compañero de Suzette (née: Susan), se encargó de recordármelo.

–¡El arma al suelo y las manos donde las podamos ver! ¡Ahora!

Antes de que pudiese responder, Suzette intervino.

–Déjale, Fred. No es peligroso.

Me encogí de hombros y dejé el arma sobre mi mesa.

–Él, sin embargo… –continuó la mujer, señalando al que, unos minutos atrás, había sido mi agresor.

–Está trabajando para la revista de su universidad, ¿a que sí? –improvisé.

–Eh… Sí, sí. Quería hacer un reportaje acerca de… de los investigadores privados –replicó el muchacho, siguiéndome el juego.

–Sí, y me estaba preguntando que cómo me defendía de personas peligrosas, así que le enseñé las armas que tengo siempre preparadas en caso de problemas.

–Y, claro, me… me prestó esa, porque le pedí si podía verla.

–Y no me di cuenta de que se la había dado con el seguro quitado –sonreí ampliamente.

–¿Por qué demonios le diste un arma cargada a este idiota? –ladró Fred, con la mano aún cerca de su pistola.

–Porque siempre está cargada porque es mi última línea de defensa y no tiene sentido que la tenga descargada, porque si no, no sirve para nada –aclaré de la manera más civilizada posible. Posiblemente, tantos “porques” me hicieron sonar un poco desagradable, pero a nadie le importa Fred. Bueno, puede que a Suzette, pero más que como persona, como el perro de un vecino: si se muere, no pasa nada, pero si se muere mientras le estás cuidando tú…

Fred me fulminó con la mirada pero, cuando vio la expresión de Suzette, se rindió.

–Venga, vamos, Fred. Aquí no ha pasado nada.

El joven policía salió por la puerta. Suzette se quedó atrás.

–El día que no venga yo, te vas a meter en un buen lío –sonrió ella.

–Pero hasta entonces, no tengo que preocuparme, ¿verdad? –tortitas, maldita sea, tortitas.

–Supongo que no –dijo–. Hasta luego, Tracer.

Observé a Suzette mientras entraba al ascensor donde Fred la estaba esperando. El agente me estaba fulminando con la mirada. No sé qué debía de ser yo en su cabeza, pero no era nada bueno, desde luego.

–Bueno, ya puedes marcharte –solté al chaval cuando vi que Suzette y su perro faldero se habían marchado definitivamente.

–Dijiste que me pagabas una comida, ¿no?

Suspiré y le di al chaval un billete de veinte ukus, pero no sin antes cachearle y asegurarme de que no me estaba robando nada más aparte de mi orgullo personal.

–Gracias –masculló, dejándome en paz.

–De nada, chico –sonreí, cerrando la puerta detrás de él.

Cogí el Auto, lo guardé en mi holster, y me senté.

Inmediatamente después, me levanté y me preparé un segundo caucásico. Sin embargo, antes de que pudiese empezar a beberlo, me interrumpieron llamando a la puerta.

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