El sombrero, 2

El apartamento de Anna estaba totalmente desordenado. Lo único que parecía marginalmente comprensible (tras una generosa dosis de sustancias psicotrópicas) era la mesa de la muchacha.

Los papeles apilados parecían seguir un orden razonablemente consistente, pero, bajo atenta inspección, el orden pasaba a ser un desorden. Bajo más atenta inspección, el desorden violaba las leyes de la entropía y pasaba a ser el conjunto de elementos más perfectamente ordenado nunca.

Anna se sentó delante de su ordenador y esperó a que se encendiese. Quería continuar una historia ahora que tenía la idea fresca en su mente. La historia era la novela perfecta y, si no la escribía inmediatamente, la perdería durante años. Lo sabía porque había empezado a escribirla años atrás pero, cuando la idea le llegó, la ignoró y la perdió desde entonces. Conociéndose, si la olvidaba ahora, no la volvería a tener en años y no quería eso.

En cuanto puso los dedos sobre el teclado, sintió una punzada en el cerebro y, con ella, la idea se perdió como lágrimas en la lluvia.

–¡Joder! –masculló.

Se llevó las manos a la cabeza mientras tensaba la mandíbula.

–¿Ahora qué? –se preguntó.

Afortunadamente, de pronto, le llegó otra idea. Un artículo. No era lo que solía hacer, pero sí era más fácil venderlos y subsistir a base de ellos. Los relatos… Bueno, solía poder colocarlos y sacar suficiente para aguantar uno o dos meses. Los artículos estaban mejor pagados. Proporcionalmente hablando, eso sí.

La chica empezó a teclear furiosamente. Tenía todas las piezas para el artículo en la cabeza. Lo único que tenía que hacer era contrastar y confirmar. Nada más. En cuanto hiciese eso, lo podría vender. O intentarlo, al menos.

Sonrió.

A la mañana siguiente, mandó el artículo y, a los veinte minutos, tenía la confirmación.

Cinco artículos más tarde, la revista, Knave, la había contratado. Sin embargo, debido al público objetivo de la revista, la pidieron que firmase con otro nombre. Un nombre masculino, de hecho. La chica se sintió ofendida, pero comprendió que tenía que conceder esto si quería poder ganar dinero.

Así, todos los días, buscaba un tema, cosa que le costaba relativamente poco y luego escribía, cosa que tampoco le costaba nada.

Sin embargo, lo único que no podía escribir era lo que más quería escribir: relatos. Bueno, no. Podía escribir todos los relatos que quisiese. Lo que no podía hacer era publicarlo. Nadie se los cogía. Sus artículos, se los compraban todos. Si Knave no los quería, otra revista o periódico los compraba.

Estaba bien, la verdad, pero no era lo que quería. Aun así, Anna seguía trabajando en ello. Tarde o temprano, alguien compraría sus relatos. Estaba convencida de ello. Era lo justo, ¿no?

–Quiero entrevistar a N––– –––––n –dijo la chica a su jefe al cabo de un año trabajando para Knave–. Y antes de que digas nada, no aceptaré un “no” por respuesta.

–Vale. Va a ser bastante curioso. Una reportera de Knave entrevistando a un viejo reportero de Knave –rio el hombre al otro lado de la línea.

El jefe de Anna no era como muchos se imaginaban. La revista tenía una cierta fama que se asocia a hombres bajos, rechonchos, grasientos, sudorosos y con bigotes feos y asquerosos. Su jefe, sin embargo, era la siguiente iteración de ese estereotipo y, como pasa con algunos cambios de modelos, a veces no tenía nada que ver con la anterior iteración. El hombre en cuestión era alto, corpulento y torneado, con una mandíbula de mármol y con una sonrisa de madreperla. Sin embargo tenía la misma mentalidad que el hombrecillo grasiento. Por eso Anna evitaba ir a la redacción si lo podía evitar, lo que la llevaba a elegir reportajes para los que hubiese que moverse por la ciudad o, mejor, por el país.

–Entonces, ¿sin problemas? –se aseguró la chica.

–Sí, claro. Estará bien. Lo complicado será que te atienda, pero si estás dispuesta a volar hasta EE.UU. para hablar con él, adelante.

–¿Quién pagará por el viaje?

–Nosotros te cubrimos la tarifa básica. Si quieres más, lo pones tú.

–Excelente –sonrió la chica, abriendo en el ordenador el navegador y seleccionando el próximo vuelo que le permitiese cruzar el charco.

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