El sombrero, 1

Este relato tiene más de un año, pero entre que publicaba El miembro fantasma, pues…

Anna cogió el sombrero. Estaba en la caja de objetos perdidos del restaurante.

–Lleva aquí años, según me dijeron cuando llegué –explicó el chico que le había tendido la caja–. ¿Encuentra lo que perdió?

La chica sacudió la cabeza. Su bufanda no estaba ahí.

–¿Puedo quedarme el sombrero? –preguntó la chica.

El sombrero no le llamaba la atención especialmente, pero así, al menos, no se iba con las manos vacías. No era una razón muy buena para llevarse un sombrero, pero era una razón.

–Sí, claro –respondió el chico–. Vamos, no creo que nadie vaya a venir a recogerlo.

–Gracias –sonrió Anna, cogiendo el sombrero y probándoselo.

Le valía. Sonrió y salió del restaurante.

Si no se equivocaba, sabía de quién era. Había leído un ensayo acerca de sombreros de  T–––– ––––––––t donde explicaba que un amigo suyo, N––– –––––n, otro gran escritor, se había dejado su sombrero en un restaurante. Sería gracioso que tuviese el sombrero de uno de sus autores favoritos.

Bueno, aunque lo hubiese sido, ya no era el sombrero del autor. Había pasado demasiado tiempo a solas en esa solitaria caja. Si era el sombrero de alguien, era del restaurante. O de la caja. Más de la caja que del restaurante, la verdad.

De momento no era su sombrero. Eso seguro.

La chica se quitó el sombrero y lo observó. Era un bombín negro y feo. Pero, en su cabeza, había sido del autor en cuestión, así que lo llevaría puesto todos los días. Aunque no pegase con nada, daba igual.

Seguro que la ayudaría a escribir. Desde luego había ayudado al autor. Si el ensayo era preciso, había empezado a hacerse famoso cuando tenía el sombrero. Una vez lo perdió, aprovechó la inercia, pero era el sombrero el que le había impulsado.

Lo más bonito de todo el tema de los sombreros era que, unas semanas atrás, el autor que había perdido este sombrero, había recibido el sombrero del otro autor. Era muy poético.

Al menos, eso le parecía a la muchacha.

Se caló el sombrero de nuevo, sonrió, y se dirigió a su pequeño apartamento.

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