El miembro fantasma, 40 (El pacto)

–¿Un talento? –preguntó el isleño tras un largo silencio.

–Así es –suspiró Ashonai, encogiéndose de hombros un poco.

–¿Cómo funciona? –continuó Matt, hostigado por su curiosidad.

–Normalmente, se mete la mano en el corazón y se rebusca. Bueno, eso es lo que se ve desde fuera. Obviamente, yo lo vivo de una manera más distinta. Entro, por así decirlo en tu cuerpo, y saco los talentos en los que has trabajado. Bueno, no necesariamente trabajados, sino desarrollados. Obviamente son los que están más desarrollados porque valen más. El problema es que hay que tener cuidado porque, al menos esto le pasó a Mephisto, si sacas dos talentos muy fuertes, puedes desequilibrar al individuo y potenciar sobremanera algunos talentos latentes no desarrollados. No es un error muy común, pero no es completamente inevitable.

–No suena muy agradable.

–Creo que para vosotros no lo es.

–Vaya, gracias –replicó Matt, confundido.

–Un placer. Pero bueno, ¿quieres llevar esto a cabo? Si no, me voy. O sea, me tendrías que dar permiso para que me fuese, pero vamos…

Matt no tuvo que pensar demasiado después de que Ashonai se lo dijese. Había pasado media hora en silencio dando vueltas al pacto. Más todavía de las que había estado dando los días anteriores.

Sabía que lo iba a hacer, pero le seguía dando miedo.

El isleño asintió tímidamente.

–Excelente –dijo el demonio, dejando ver su naturaleza a través de la sonrisa al tiempo que tendía su mano hacia Matt.

El exbajista aceptó la oferta del demonio y le estrechó la mano.

La mano del demonio quemaba como el hielo, aparentemente destrozando las terminaciones nerviosas del chico.

De pronto, un tirón llevó al chico al interior del círculo. En cuanto el pecho de Matt cruzó la línea de tiza, como una lanza, la otra mano de Ashonai atravesó el tórax del isleño.

Mientras que la mano del chico ardía y le hacía desear no haber hecho nada, lo que sentía en la caja torácica no era más que un picor. El problema era que el cosquilleo estaba dentro del pulmón, de manera que no se podía rascar. Al menos no sin desangrarse.

Para cuando la mano del demonio terminó de hundirse dentro del pecho, el hormigueo se mudó a la cabeza del chico.

Ahora sí que no podía rascarse.

De pronto, la mano del demonio salió de Matt.

–Vaya, vaya, vaya. ¿Conque eres un músico? Bueno, eras –sonrió Ashonai.

–No… ¿No había nada más que pudieses llevarte?

–No. No tienes demasiados talentos. La verdad, jugaste tus cartas bien hasta ahora. Has sabido en qué centrarte.

–¿Nada más?

–No. Nada más en absoluto. Este era el único que merecía la pena –explicó el demonio, agitando un orbe de luz.

El color no tenía nada que ver con ninguno de los colores que se podían ver en el espectro lumínico normal, pero Matt sabía qué color era: era el color de la música. Era el color que tenían una ópera y un musical. El mismo tono de una balada country y un blues.

–Qué triste, la verdad –murmuró Ashonai de manera perfectamente audible–. Bueno, ahora tengo que cumplir yo mi parte del trato.

El demonio soltó a Matt y se guardó el extalento del chico debajo de la piel. Dio una palmada y se frotó las manos rápidamente. Poco a poco empezaron a brillar y soltar chispas.

Cuando los dedos empezaron a refulgir, como una cobra furiosa, la mano derecha de Ashonai golpeó la cabeza del exbajista. Al despegarse, de pronto, el cerebro de Matt se aligeró tanto que el chico temió que su cabeza fuese a dejar su cuerpo abajo.

–Bueno, pues ya está. Cualquier queja, ya sabes con quién puedes hablar –sonrió el demonio al tiempo que Matt se desplomaba y que él mismo, cumplida su parte, se desvanecía sin ninguna clase se ceremonia.

Un momento estaba ahí, de pie y, al siguiente, no. Simplemente. Ni una columna de humo ni un destello ni una explosión.

Bueno, sí que pasó algo, recordaría Matt más tarde. Oyó como unos cristales se rompían.

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