El miembro fantasma, 39 (El pacto)

Los oídos de Matt y Al pitaban con furia. Así pues, no pudieron oír el ruido que el demonio hizo al atravesar las sombras de la realidad y su mundo para llegar hasta la esfera no-euclidiana que, una vez la invocación había terminado, volvió a ser un domado e inofensivo círculo. El sonido, que ha sido descrito por todos aquellos (más bien pocos) que lo han oído, es como jarabe de arce para los oídos.

Sin embargo, a la pareja de amigos, les dio igual.

Matt miró al demonio que estaba ocupando el círculo. No parecía apasionarle el concepto humano de ropa. El demonio, que se había encarnado como un hombre joven y en forma, estaba moviendo la boca.

De pronto, la cerró y se sentó en el suelo.

Estaba esperando a que Al y Matt estuviesen preparados.

De vez en cuando volvía a abrir la boca, esperando que Matt o Al le respondiesen. En realidad, no estaba diciendo nada de importancia, solo estaba viendo si la sordera temporal que ambos chicos estaban padeciendo se iba o no.

De pronto, la realidad volvió como un mazazo para ellos, aplastando los tímpanos de los amigos.

Chillaron.

–¿Ahora me oís? –preguntó el demonio.

Matt asintió. Al levantó el pulgar izquierdo.

–Excelente –sonrió.

–Le imaginaba… No sé, más aterrador –dijo Al, intentando susurrar para que el demonio no le oyese. Sin embargo, para que Matt pudiese oírle, el demonio también lo hacía. Sin embargo, ni Matt ni Al lo sabían.

–Hmm… –murmuró el demonio.

Una increíble torre de humo ascendió desde el centro del círculo.

Ya no había un hombre desnudo ahí.

–¿Mejor?

Durante años, la visión del demonio atormentaría los sueños de los chicos. No era tanto que fuese desagradable verle, que lo era.

No.

Lo que realmente asustó a los chicos era la sensación que emanaba la demoníaca figura. Llenaba a los chicos de futilidad. Hiciesen lo que hiciesen en vida, todo se perdería, como lágrimas en la lluvia.

–Vaya, quizás me he pasado.

Con otra columna de humo y el hombre desnudo sustituyó la pesadilla de Matt y Al.

–Gracias –suspiró Matt, recuperándose temporalmente del terror existencial que pronto le afligiría de nuevo.

–Bueno, bueno, bueno, ¿qué se os ofrece? ¿Queréis riquezas? ¿Amores? ¿Poderes? ¿Todos los anteriores? –sonrió la figura. No era agradable ver los dientes del demonio; estaban afilados como cuchillas de afeitar.

–Bueno, Mephisto, ¿verdad? Pues a ver… –empezó Matt.

–No, no, no. Yo no soy Mephisto. A Mephisto le volaron la cabeza hace un par de semanas. Yo soy su sustituto, Ashonai.

–¿Sustituto? –contestó Al.

–Sí, hay que solucionar un par de cosas de papeleo, así que, de momento, yo voy a manejar todas las cosas que a Mephisto conciernen. Bueno, concernían.

–Ah. Vale –replicó Matt, algo perdido y mirando de lado a lado.

–La burocracia es complicada, pero al menos la manejamos bien. No como vosotros. Toda burocracia tiene que ser redundante, pero vosotros… Así en la tierra como en el Infierno.

–No está tan mal cuando te acostumbras –saltó Al, sintiendo una punzada de orgullo humano. Tenía que defender todo lo humano del ataque de este demonio.

–Eso decís todos. Sois bastante orgullosos, la verdad. Un día de estos veréis lo que es una burocracia eficiente de verdad –respondió Ashonai con aplomo.

Matt y Al intercambiaron miradas discretamente. Al menos en sus cabezas. Ashonai sonrió discretamente (de verdad) al verles.

–Pero bueno, ¿qué queréis? Que no me lo habéis dicho.

–Bueno, a ver –dijo Matt, retomando el tema y desconcertado por la facilidad con la que Ashonai había ignorado la complejidad que debía suponer un cambio de demonio–, lo que quiero es que me saques a una persona que, bueno… esto va a sonar raro, quiero que me saques a una persona de la cabeza.

Ashonai se rascó el mentón y pensó.

–Hmm… ¿Cómo llegó esta persona a tu cabeza?

–No lo sé, la verdad. Perdí el brazo y, de pronto, estaba dentro de mi cabeza.

El demonio miró a Matt de arriba abajo.

–Eh, perdón. ¿Tengo que quedarme aquí o puedo irme a otro sitio? –interrumpió Al, un poco incomodado por toda la situación.

–Sí, sí, claro –murmuró Ashonai, dando permiso al camarero para que se marchase agitando la mano distraídamente–. A ver, cuéntame qué pasó exactamente.

–Bueno, pues estaba tocando con mi grupo. Todo iba bien… –empezó Matt.

El demonio escuchó atentamente al chico mientras le contaba todo lo que había pasado desde que el amplificador reventó.

De fondo se podía oír a Al moverse por la cocina en busca de comida o bebida.

–De acuerdo –murmuró el demonio, sentándose en el centro de su círculo–. O sea, que esta chica está en tu cabeza y tiene que salir, ¿me equivoco?

El exbajista asintió.

–¿Y estás seguro de que quieres que te ayude yo o cualquier otro demonio? O sea, a lo mejor otra persona podría ayudarte. Al te ha echado un cable. Quizás él pueda hacer algo.

–No. Hablé con un Post-Graduado llamado Lot y me explicó que sería muy complicado. Bueno, casi imposible.

–De acuerdo, pues. Si estás seguro de que quieres que sea yo el que haga esto, tenemos que hablar de precios.

Matt resopló.

–No va a ser para tanto –dijo Ashonai–. No voy a quedarme con tu alma. Algo como esto te costaría…

Con un anticlimático “¡puff!”, una lista de precios apareció en la mano del demonio. No fue muy impresionante. Desde luego no como su entrada en escena. En la otra mano, con una cutre voluta de humo, apareció un bolígrafo.

No era la clase de boli que alguien habría asociado con un demonio. Si a Matt le hubiesen dicho que los demonios utilizaban bolígrafos, el isleño habría asumido que serían negros como el infinito y escribirían con tinta roja como la sangre o, en su defecto, del color de las almas. El exbajista no sabía de qué color eran las almas, pero algo le decía que, si viese el color, lo sabría con total y absoluta certeza.

Sin embargo, el bolígrafo que Ashonai tenía entre sus dedos era de un color pastel y tenía muchas caritas sonrientes. Parecía que, de hecho, el bolígrafo estaría más a gusto en la mano de una niña de seis años antes que en la de un vasallo del Infierno.

–Cada carita sonriente es un alma que he conseguido –mencionó alegremente el demonio desde su círculo al tiempo que arrastraba la punta por la lista, buscando la tarifa de Matt–. Bueno, bueno, bueno. A ver, lo que quieres que haga te va a costar un talento. Es un problema, porque devalúa tu alma a la larga, pero me da la sensación de que tu alma no va a terminar en nuestro reino, así que no pasa nada.

–… –observó Matt. La sonrisa que adornaba la cara de Ashonai asustaba al joven.

No tenía derecho a hablar de almas en infiernos con tanto regocijo.

–Es un poco abrumador enfrentarse a esta clase de cosas mientras estás en vida, lo sé. Pero piensa que cuando mueras, no te pillará por sorpresa –sonrió el demonio en respuesta.

Matt se quedó callado un rato.

–Bueno, cuando quieras, perdón. Cuando puedas hablar conmigo, me avisas.

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