El miembro fantasma, 38 (El pacto)

–Bueno –dijo Matt–, ¿estás preparado?

Matt estaba sentado y haciéndose a la idea.

Al, por su parte, estaba de pie y concentrándose. De hecho, Matt pensó que haberle dirigido la palabra había sido un error.

Matt nunca había visto a Al hacer magia como esta. Le había visto cacharrear con cerillas y algún que otro dibujo. Nunca un hechizo, bueno, nunca un hechizo serio.

De hecho, nunca había visto a nadie realizar un hechizo de verdad. Había una cantidad increíble de preparación. Jane le había dicho que Al tendría que prepararse para invocar a Mephisto, pero Matt no se habría imaginado que tanto.

Al llevaba un buen rato de pie y quieto, con los ojos cerrados. No parecía tener una veintena larga. Más bien, parecía tener dos siglos y medio.

–No tanto. La magia de Noctua y alrededores es rara.

–¿Cómo? ¿Es peor o…?

–No, no. Simplemente, rara. O sea, muy distinta. No sé cómo explicarlo bien. A ver, como lo puedo decir… No sé si puedo, la verdad.

–No pasa nada –replicó Matt, levantándose.

Se dirigió a su habitación y sacó tanto la bolsa con las tizas y todo como las runas que había garabateado en un cuaderno.

Las dejó encima de la mesita de café que, media hora antes, Al y él habían movido para dejar espacio en el centro del salón.

–Bueno, voy a volver a sentarme, ¿va? Avísame cuando estés preparado –dijo Matt, cerrando un momento los ojos.

Todo se apagó

–¿Lo vais a hacer hoy? –preguntó Jane inmediatamente, sin dejar a Matt siquiera sentarse delante de la batería.

–Sí. Vamos, cuando me despierte lo haremos. Supongo. A no ser que se duerma él también, cosa que no descartaría. Está hecho trizas por el trabajo.

–Pobrecillo. ¿Pero va a poder hacerlo?

–Sí, sí. Eso espero, vamos –replicó el exbajista.

Jane sonrió una sonrisa rota en respuesta.

–Espero que vaya bien –dijo Jane al tiempo que, en el mundo real, Al sacudía a su amigo para despertarlo.

–Estoy preparado, vamos allá –dijo Al, encorvado sobre Matt y sonriendo–. Vamos a dibujar un poco.

Matt se frotó los ojos y se incorporó lo mejor que pudo; que no fue de una manera particularmente hermosa.

Más bien, se levantó como un perro cojo, viejo y, seguramente, bastante borracho.

Al cogió las tizas que Matt había comprado y trazó un círculo morado sobre el suelo. Dentro de él, trazó un hexágono verde.

–Vale, a ver, ¿dónde iban qué runas? –murmuró Al.

Matt se sentó y miró a su amigo moverse. Verle realizar un encantamiento no resultaba tan… interesante como observar a Jane. El chico se lamió los labios y pensó en la chica.

¿Volvería a verla? Esperaba que sí, pero no estaba seguro.

La verdad, quería verla pero, por otro lado, ¿y si no le caía bien en persona? ¿Y si….?

–Creo que ahora te toca dibujar a ti. O escribir. Dependiendo de lo que creas que es una runa –sonrió Al, ofreciendo la tiza a su amigo.

Matt miró el pequeño trozo de tiza que su amigo le dio.

–Joe, sí que la has desgastado.

–Hombre, había que colorear recuadros enteros, según me dijiste.

Matt se encogió de hombros y se acercó al círculo.

Había quedado más bonito en sus sueños.

En el mundo real… Bueno, era idéntico, la verdad, pero había algo que no terminaba de encajar. Las líneas parecían pasar por otra dimensión aparte de las dos en las que estaban atrapadas. Y esa dimensión extra no era una que perteneciese al mismo plano existencial que Matt ocupaba ahora mismo. Parecía que las líneas habían atravesado las sombras que mantenían a la realidad atada y bien atada.

Si Matt hubiese estado familiarizado con P.H. Craft o con sus hipótesis acerca de la geometría plana, habría sabido qué iba mal sobre su suelo. Sin embargo, no lo sabía, de manera que su vocabulario no tenía un adjetivo para describir el círculo. La manera más sencilla de definirlo, que Lot o Jane habrían usado, sería esfera no-euclidiana.

Al estar encima del círculo, como un mazo, el olor a azufre que Jane le había prometido entró por las fosas nasales del exbajista.

El chico tosió violentamente y. de hecho, salpicó el círculo con su saliva. Afortunadamente, no borró ninguna parte.

Matt tragó y dibujó lo que tenía que dibujar.

La esfera no-euclidiana empezó a brillar y desprender más y más olor a azufre. El piso de Matt tembló, sacudiendo las ventanas, haciendo que los armarios se cayesen y que las mesas bailasen como un breakdancer epiléptico.

–Ahora la sangre, ¿no? –preguntó Al, gritando por encima del ruido que salía de la esfera no-euclidiana.

Al no se había molestado en aprenderse el proceso de invocación entero. Después de todo, si todo iba bien, esta sería la última vez que invocaría nada.

Matt asintió y señaló hacia la cocina.

–¿Está en la nevera? –preguntó el camarero.

Matt asintió por segunda vez.

El ruido estaba llenando la habitación de manera tangible. A Matt le daba la sensación de que, si se movía demasiado rápido, sería como estar dentro de un tarro de mermelada vieja.

Al volvió y revisó el trozo de papel que Matt le había dado antes.

El chico rajó la bolsa de sangre sintética y la esparció por encima del círculo trazando una estrella de cuatro puntas.

Todo dejó de temblar. El sonido desapareció, pasó al silencio y saludó al antisonido. El antisonido, como grandes autores han explicado antes, es el verdadero opuesto del sonido. El silencio es, meramente, la ausencia de sonido. Describir el antisonido es como explicar a qué sabe el infinito. Es teóricamente posible, pero hace falta trascender la existencia humana.

El silencio volvió y alivió los tímpanos de la pareja de amigos.

Ambos suspiraron.

Con una explosión de luz, el sonido volvió, inundando el mundo de nuevo y quemando los oídos de todos los que se encontraban en un radio de diez metros. Tristemente para ellos, Matt y Al se encontraban en el interior de ese radio.

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