El miembro fantasma, 37 (El pacto)

La tienda estaba vacía. No había casi nadie dentro. Era lo que pasaba cuando ibas de compras un miércoles a las diez de la mañana.

Las pocas personas que estaban dentro, no lo estaban por mucho tiempo. Sabían lo que querían y no se permitían perder el tiempo distrayéndose con curiosidades. Por ejemplo, una calavera decorada con filigranas.

Cada vez que Matt veía una de ellas, se alegraba de no dejar su cuerpo a la magia al morir. No quería que un Post-Graduado fuera de sí le usase para invocar a… Bueno, de hecho, no quería encontrarse en la misma situación dos veces. Con hacerlo una vez vivo, le valía.

Matt cogió las tizas que Jane le había recomendado. Eligió unas velas cualesquiera. Jane no le había dicho que tuviese que usar unas en concreto, de manera que seleccionó unas que oliesen bien. La casa, según Jane, olería a azufre cuando el demonio se marchase; así pues, necesitaría algo para aliviar el hedor: Dos pájaros de un tiro.

Localizó la sangre sintética en uno de los pasillos paralelos.

La cantidad de opciones que había le abrumó de más de una manera.

Por un lado, simplemente, había tanto de donde elegir.

Por el otro, había tanto de donde elegir.

A+, A–, B+, B–… ¿Cuánto tiempo se le dedicaría en los laboratorios a sintetizar sangre humana a partir de sangre porcina? O, si los rumores que se oían de vez en cuando eran ciertos, ¿a cuántas personas se mataba para llenar las bolsas diariamente?

Obviamente, Matt no se creía los rumores, pero eran escalofriantes y, por mucho que le desagradase, una parte de su cabeza le susurraba “pero, ¿y si es verdad?”

Según los conspiracionistas que había visto (generalmente, borrachos en la calle y con un sombrero de papel de aluminio tapándoles la calva), las discotecas más populares de las ciudades se veían asediadas cada noche por flotillas (flotas, dependiendo de la eminencia) de furgonetas de las que bajaban científicos locos. Estos hombres – seguramente más cuerdos que los propios conspiracionistas –, embutidos en sus batas, abducían a grupos de pobres diablos y les sangraban, descuartizaban los cuerpos y, obviamente, se los vendían a las malvadas corporaciones.

Descontando el final, todo era tan estúpido como creer que el mundo era plano y que cabalgaba sobre una tortuga.

Jane no le había dicho al chico qué sangre comprar, de manera que Matt eligió la bolsa más barata.

“No debiera haber ninguna repercusión” pensó el chico.

Una vez tenía todo – que tampoco era tanto – en la cesta, se dirigió a la caja.

–Buenos días –sonrió la cajera. Debía tener la edad de Matt. Un poco menos, quizás–. ¿Tiene su identificación encima? Porque sin ella, no puedo venderle la sangre.

Matt intentó que su cara no mostrase sorpresa, pero no pudo evitarlo.

La chica observó al exbajista y decidió hacerle un favor al tiempo que ponía su mano discretamente sobre un letrero morado y verde.

–¿Se la ha dejado en casa? No pasa nada. Haré la vista gorda.

Matt asintió, sonrió y suspiró, aliviado.

–Muchas gracias. Si no tuviese la cabeza sobre los hombros, me la dejaría en casa –sonrió el isleño, dejando las cosas en el mostrador y tanteando en busca de su cartera.

–¿Qué va a hacer con todo esto? Si no es indiscreción –continuó la chica, verificando los precios de cada objeto.

Matt pensó un momento.

–Recuperar el brazo –mintió al cabo de un momento.

“He tardado demasiado” pensó el chico. “Me va a pillar. Va a entregarme. Sabe que voy a hacer algo ilegal. No sabe el qué, pero sí que voy a hacer algo.”

–¿Está bien? –preguntó la chica, mirando a Matt a los ojos.

–Sí, sí –mintió de nuevo, sacudiendo la cabeza –. No pasa nada.

–Bueno, serán 35 ukus –replicó la tendera, alejándose del tema del que su cliente estaba rápidamente huyendo.

Matt hizo malabares durante un rato, intentando sacar el dinero de la cartera. A mitad del proceso, la muchacha, tranquilamente, tendió las manos hacia el exbajista.

–Ya le ayudo.

–No, no hace falta –replicó Matt, orgulloso –. Ya le estoy cogiendo el tranquillo.

–¿Seguro?

–Sí, sí –respondió el isleño, sacudiendo la cabeza e intentando sonreír.

Tras una pequeña lucha, consiguió sacar tres billetes para pagar por su compra.

–Muchas gracias –terminó Matt, cogiendo la bolsa que la chica había preparado hacía un rato largo ya –. Hasta luego.

–Hasta luego –sonrió la tendera desde el otro lado del mostrador.

Matt salió a la calle y se colgó la bolsa de la muñeca.

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