El miembro fantasma, 34 (El pacto)

–¿Qué has decidido? –preguntó Jane mientras Matt golpeaba los parches furiosamente.

Matt gruñó una respuesta.

El chico sabía ya que iba a ayudar a la chica como fuese, aunque el precio fuese elevado, pero no quería admitirlo. No la iba a ayudar porque quisiese algo de ella, se engañó, sino porque era lo correcto.

–¿Perdona? –dijo la chica, acercándose un poco a Matt.

–Que sí –masculló el chico.

No estaba descontento con su decisión, pero todavía no se había acostumbrado a la idea. Más que nada, era la incógnita del precio lo que le irritaba. Un talento.

“¿Qué talento será?” se había preguntado con retintín el chico durante el día, mientras estaba delante del ordenador.

No quería renunciar a su música, pero tenía que hacerlo. Era su deber. Todas las películas le habían dicho eso: tenía que ayudar a la chica.

Era su deber.

¿No?

Sí. Lo era.

Matt era un hombre.

Tenía que hacer lo que todo hombre tenía que hacer.

–¿Sí? ¿En serio? –preguntó Jane, sonriendo.

Matt miró a la chica.

La sonrisa de Jane no iluminó el mundo de Matt.

No lo llenó.

No.

Lo inundó. La sonrisa de la muchacha inundó el mundo de Matt, se coló por el resquicio entre los dientes del isleño y le llenó los pulmones.

El chico intentó respirar, sin éxito.

Lo único que pudo hacer fue sonreír en respuesta.

–¡Muchas gracias! ¡Eres genial! –continuó Jane, abrazándole.

Matt continuó sonriendo.

–Tendré que enseñarte cómo podrás ayudarme –prosiguió la chica, sonriendo –. A ver, tendrás que hacer un círculo así, ¿vale?

Jane empezó a mover el pie por la tierra, haciendo un surco. Cuando terminó el círculo, empezó a cruzar el círculo con líneas, levantando una fina humareda.

Matt observó lo que Jane hizo atentamente y la observó a ella todavía más atentamente.

La miró moverse y trazar runas en el suelo. No se quedó con todas las runas, pero sí con la idea que había detrás de ellas.

–¿Te ha quedado claro? –preguntó la chica al terminar, girándose y encarando a Matt.

–Eh… Más o menos. ¿Lo podrías repetir?

Jane arqueó la ceja, pero decidió no quejarse. No estaba en posición de ofender o insultar a su anfitrión. O eso creía. Matt habría tolerado cualquier respuesta de la mujer.

La segunda vez, Matt prestó mucha más atención y tomó apuntes de todo lo que estaba haciendo la Rechicera.

–Esta vez sí, ¿no?

Matt sonrió y asintió.

–Vale, pues lo que tienes que hacer es enseñarle esto a tu amigo Al, que él lo trace y tú, antes de que termine, dibujas esta runa. Tiene que ser la última, si no, no funcionará.

–¿Y a qué demonio estaríamos llamando?

Jane pensó.

–Mephisto. Creo. Es un poco agresivo, pero funciona. Al menos por lo que tengo entendido. Al menos si lo que se cuenta en la Universidad es cierto.

–Mephisto, vale –respondió Matt, tomando un nuevo apunte mental.

–Pero tendrás que ser muy específico con lo que quieres. Por lo visto, suele hacer trampas.

–Entonces, ¿por qué le has elegido a él?

–Porque es de los mejores –explicó la chica –. Es la mejor opción.

Matt se rascó la nuca e inspiró.

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