El miembro fantasma, 28 (El pacto)

Matt volvió a la parada del autobús y esperó.

“¿Así que no me queda otra que invocar a un demonio?” pensó el chico, riéndose desesperado.

No quería ir a la Universidad para pedir un permiso especial y, encima, tener que pagar a un Post-Graduado o Graduado para que le ayudase. Y, encima, el precio que el demonio le reclamaría. Eran demasiadas tarifas.

–¿Y ahora qué? –se preguntó Matt.

La única persona que Matt conocía que supiese hacer magia era Al. Y no contaba porque era inútil. No había tenido ninguna clase de entrenamiento. Y tampoco tenía libros de magia ni nada similar. Lo poco que podía hacer – que era muy poco –, lo había ideado él mismo, cacharreando en sus ratos libres,

Al no saber qué hacer, simplemente, se montó en el bus y dejó que le condujesen de un lado a otro de la ciudad, dejando que el tiempo pasase inexorablemente.

–Chico –dijo el conductor en un momento–, esta es la última parada. Tienes que bajarte o volverás a donde has venido.

–Sí, sí, no pasa nada –replicó Matt.

–Como veas. Yo voy a salir a estirar las piernas, pero subo en diez minutos. Si quieres, quédate dentro.

–Gracias.

El colectivero salió murmurando un “de nada” y dejó a Matt solo en el vehículo.

Las luces estaban apagadas y los asientos vacíos. Algunos de los asientos todavía conservaban sus forros, pero no demasiados. Los pocos que tenían el forro, lo tenían rajado a navajazos.

Era lo mismo en todos los sistemas de transporte público: los adolescentes, en cuanto conseguían un objeto con filo, rajaban todo aquel objeto inanimado que fuese susceptible de ser destruido. A veces, en el peor de los casos, no solo objetos inanimados; pero normalmente solo eran asientos en autobuses y cosas en vertederos.

Matt miró por la ventana. Estaba en las afueras de la ciudad y los imponentes edificios que emergían del suelo de la zona se veían aislados los unos de los otros por grandes explanadas de terreno sin aprovechar.

Al menos no se aprovechaban de día, pero, a juzgar por el aspecto del suelo, al caer la noche, los adolescentes de la zona llegaban como una marea y bebían ininterrumpidamente.

Matt podía entender a los jóvenes que ya no estaban por el área y que, probablemente, estaban resacosos en clase. Creían que el sistema les aplastaba y lo solucionaban bebiendo ocasionalmente.

De hecho, uno de los compañeros de Matt, lo solucionó bebiendo del todo, en todo momento. Cuando nadie miraba, bebía. De hecho, cuando empezó a acercarse el final del curso, daba igual que alguien mirase. ¿Cómo se había llamado? Lloyd Figg.

Había sido un chico raro. Y eso era siendo generoso con el chico. Al igual que casi todos los compañeros del instituto, Matt había perdido el contacto con él al terminar. Y tampoco tenía demasiado interés en retomarlo.

Quizás con su viejo grupo… Ni siquiera, la verdad. El estilo de Matt había cambiado demasiado en la última década y, a juzgar por las grabaciones que a veces le pasaban, ellos no lo suficiente. Encima, ahora, sin su brazo, tenía menos sentido todavía.

Matt pensó en el instituto. No había sido un chico popular, a pesar de estar en un grupo. Según la guitarrista, era porque tocaba la batería, pero tanto los compañeros de Matt como él sabían que era mentira. No eran populares porque no tocaban la música que la gente quería oír, Tocaban música rara. Versionaban a grupos poco conocidos que usaban guitarras distorsionadas. El bajo era muy potente y la batería muy agresiva. Tocaban música… complicada.

No, los chicos del instituto querían chicle musical. No había nada malo en ese tipo de música. Matt no tenía nada en contra de ella. Simplemente, no era música divertida de tocar y, si estabas en un grupo, ¿no era para pasártelo bien?

Así pues, era lógico tocar música divertida de tocar.

El problema era que, para disfrutar esa música, había que acostumbrarse a ella primero. Y, tristemente, poca gente estaba dispuesta a hacerlo.

Matt pensó en la guitarrista del grupo. Matt se quedó prendado de ella en una fiesta a la que, por alguna razón, invitaron a ambos. La chica había tocado la guitarra (sí, era esa persona en las fiestas) para todos los que estaban ahí. Algunos lo habían disfrutado y todo.

Matt no. Él había vivido la música de la chica. La chica en cuestión se llamaba Ling. Aunque ahora respondía a otro nombre.

Pero él la siguió durante toda la fiesta. Al cabo de un rato, reunió suficiente valor como para empezar a hablar con ella.

No consiguió nada, salvo comprometerse a tocar la batería para el grupo que estaba montando la chiquilla.

Por aquel entonces, el chico acababa de empezar a tocar la batería de verdad. La promesa (que se hizo él mismo) de, algún día, salir con Ling le impulsó a mejorar más que ningún otro músico de los que vivían en sus vinilos y cintas. Al menos durante esos primeros años. Luego, cuando se le fue pasando el encaprichamiento, los titanes dorados volvieron a guiarle por el buen camino.

El grupo en cuestión no tuvo un nombre definido. Cambiaron de nombre quince veces en los dos años y medio que tocaron juntos. Quince veces por lo menos.

Matt revisó todos los nombres que recordaba. Sí. Quince veces.

Algunos de los nombres habían sido muy buenos. Como Shatterband. O Boomstick. Boomstick no era malo. Ling explicó que era porque la música que tocaban era potente y, como los instrumentos tenían mástiles, pues eran palos, así pues: Boomstick.

Ese era el último nombre que Matt recordaba. El nombre se decidió antes del último ensayo.

“Qué triste,” pensó Matt, “un nombre tan bueno, malgastado.”

Para cuando Matt terminó de recordar a Ling, el autobús frenó delante de la estación de tren. Matt se apeó y fue hasta el andén pensando en su encaprichamiento de instituto.

Era, la verdad, un poquito como Jane. Las dos rezumaban pasión y eran algo distintas. Jane tenía el pelo de color chicle. Ling se afeitó un lado de la cabeza (muy a pesar de sus padres). Las dos le habían pedido ayuda, aunque una con más necesidad que la otra.

El chico se sentó en el andén y miró al tendido, esperando a que el tren entrase resoplando en la estación.

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