El miembro fantasma, 27 (El pacto)

–¿Un pacto? ¿No hay ninguna otra manera?

–No. O sea, sí, las que te he mencionado, pero son imprácticas o imposibles.

Matt miró al tendido.

–Joe. ¿Y cuánto costaría eso?

–No puedes pagar por eso.

–¿Sería más caro que ponerme otro brazo? –preguntó el isleño.

–No, no puedes pagar por ello. A priori, es delito. Te haría falta un permiso para poder invocar a un demonio, para ello tienes que justificarlo y, para poder empezar a justificarlo, tendrías que lidiar con el maravilloso sistema burocrático de La Ciudad. Un destino terrible para aquél que desee aceptarlo –replicó Lot.

–O sea, ¿que mis opciones son joderme o joderme?

–Bueno, puedes invocar un demonio para hacer el pacto sin necesidad de ningún burócrata. La contrapartida es que es un delito bastante grave –explicó el Post-Graduado, rascándose el cuello.

–O sea, sí, o me jodo o me jodo.

–Es una manera de verlo.

–¿Y tú no podrías…? –empezó Matt.

–No –cortó Lot–. Ya es suficiente lío ofrecerte un brazo; invocar a un demonio… aunque sea para una nimiedad como sacarte a una persona de la cabeza. ¡Uff! Me metería en un berenjenal de la leche y como que paso.

–¿Y qué hago?

–No sé, búscate a alguien que sepa algo de invocaciones, pero a mí no me mires, chico.

Matt suspiró.

No culpaba al hombre.

–¿Entonces…?

–Si quieres, te ayudo con el brazo sin problema, pero nada más.

–Pues… Pues cuando tenga el dinero, vendré, supongo –contestó el chico, derrotado pero entendiendo al Post-Graduado.

–No hay problema. Aquí estaré –sonrió Lot.

Matt se levantó y dirigió hacia la puerta, acompañado por Lot.

El Post-Graduado sujetó la puerta para su cliente y sonrió.

–Te veré en un par de semanas o así, ¿no?

–Supongo –replicó Matt, encogiéndose de hombros –. Oye, ¿por qué algunos de ellos tienen placas moradas?

–¿Las placas? Para identificarse como liberalistas o simpatizantes. Te diré que, aunque aprobase del movimiento, no me identificaría como uno. Se está preparando una caza de liberalistas y esta calle va a sufrir las consecuencias –explicó.

Matt pensó en los liberalistas y lo que sabía de ellos, que no era demasiado. Al, su amigo camarero, le había contado que su tío era liberalista y abogaba por un control menos restrictivo de la magia de manera vehemente. Según el chico, era para poder aprender magia y recapturar la grandeza de sus ancestros.

A Al le parecía una solemne estupidez. El chico quería aprender magia para saber hasta dónde podía llegar (probablemente, no muy lejos), pero la legislación y legalidad del proceso le resbalaban.

–¿Una caza? –preguntó Matt, bajando el primer escalón.

–Sí. Se ilegalizará simpatizar con la ideología. Seguro. No tardaremos en llegar a esos extremos.

–¿En serio?

–Los Post-Graduados de mi quinta están manifestándose demasiado –continuó Lot –. Pero bueno. Cuando tengas el dinero, llámame y nos organizamos.

El Post-Graduado sonrió antes de cerrar la puerta y abandonar al chico en la calle.

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