Magus el matamagos

John Wilkes Iskriot no era lo que nadie llamaría buena persona. Era un narcotraficante y, no contento con ello, era uno particularmente despiadado. Pero no era eso lo que le hacía especial. No, lo que le hacía especial eran sus ojos morados. Le señalaban como alguien con talento mágico. No contento con ello, el hombre – a falta de mejor palabra – era un Rechicero. Era el rango más alto posible para un practicante de las artes. Teniendo en cuenta que había aprendido en la Universidad, en Noctua, el centro más famoso del mundo para estudios mágicos…

Pero, como Wilkes había descubierto rápidamente al graduarse, el título no tenía por qué ir acompañado por un buen salario. Así pues, con veintidós años, el Rechicero abandonó Noctua, dejando atrás todo lo que una vez había llamado hogar. Con sus conocimientos de pociones, decidió dedicarse a fabricar Neblinas, una sustancia psicotrópica para potenciar las habilidades de una persona. Como tales, las Neblinas no solo estaban altamente reguladas, sino que estaban totalmente ilegalizadas.

Lo que pasaba era que Wilkes ya no operaba en Noctua. Cuando empezó a indagar maneras de sintetizar Neblinas, descubrió un paraíso del crimen: una reserva en el centro de Horza. A principios del siglo pasado, cuando apareció la reserva, se decidió que todo crimen que se cometiese ahí, tendría que ser castigado por la fuerza policial que correspondiese al criminal en cuestión. Eso quería decir que si Wilkes hacía algo, tendría que detenerle la policía de Noctua. Los policías de la reserva no tenían ninguna clase de poder sobre él.

Al principio no había hecho demasiado. Había sido discreto, pero con el paso del tiempo, se había ido acomodando. Treinta años después, los peores mafiosos del país le temían a él y no al revés.

El hombre estaba pasando el rato lanzando cuchillos contra la diana desde su silla. No lo hacía tanto por practicar su puntería como por ver cómo reaccionaba la gente al oír cómo silbaban los cuchillos.

–Iskriot, deja de molestar a la gente –chilló Abey, la sheriff de la ciudad desde la que operaba Wilkes.

La mujer tenía razón, pero el narco jamás lo reconocería. Sobre todo porque molestar a la gente era exactamente lo que quería hacer. En lugar de disculparse o hacer algo civilizado, el hombre decidió que lo mejor que podía era aterrorizar a los que estaban bebiendo en el bar.

Sin cortarse un pelo, el hombre sacó un revólver de alto calibre, como los que suelen llevar los policías rebeldes, y lo apoyó en la mesa. El hombre sabía dónde estaban las líneas que no podía pasar, pero sabía cuánto podía acercarse a ellas.

–¡Así te pille Magus! –chilló la mujer

–¡Si Magus existiese, le volaría la puta cabeza! –gritó el hombre en respuesta, blandiendo su arma– ¡Ni podría acercarse a mí!

Fue entonces, mientras seguía con los ojos a Abey, que vio a la muchacha. La había visto alguna vez en el bar, ligando con otros de la misma calaña que Wilkes. Cada semana se iba con uno distinto. Todos los que venían de fuera la llamaban fácil. Los que eran educados y agradables. Sin embargo, los residentes de la reserva, generalmente gente con bastantes prejuicios, no decían nada que no fuese bueno de ella. Nadie nunca hablaba acerca de que los que la acompañaban a su casa siempre volvían al camino recto y bueno.

Al verla acercarse a él, se dio cuenta de una cosa: era su día. Le había tocado a él. Por fin. Llevaba un par de años esperando. No a que le “rescatase” la muchacha, claramente. No, lo que él quería era otra cosa.

–¿Qué tal? –sonrió, sentándose al lado de Wilkes.

–Si este pueblo no fuese un puto coñazo, estaría mejor –rio el hombre, enfundando su revólver y mirando a la chica a los ojos.

La chica era despampanante. Venía de la isla de Ayr, según le habían contado. Tenía los ojos tan negros como su pelo. Resultaban hipnóticos, casi tanto como el movimiento de sus caderas al andar.

–¿Tú qué haces?

–¿Quieres rescatarme? –preguntó el hombre, sonriendo ampliamente.

–Quiero salvar a todos –replicó la muchacha–, pero en serio, ¿cómo te ganas la vida?

Wilkes sacó una pastilla del bolsillo. Si no hubiese sido por el color, podría haber dicho que no era más que un simple antihistamínico y habría resultado creíble.

–Esto. Si la gente quiere hacer magia, que la haga –explicó Wilkes.

–¿Eres liberalista? –preguntó la chica.

–Cualquier persona con dos jodidos dedos de frente debiera serlo –replicó el narco, arqueando las cejas–. El control de la Universidad es una mierda.

–Entiendo –replicó la muchacha.

–Pero bueno, preciosa. ¿Cómo te llamas? Yo soy John Wilkes, pero todos me llaman por mi apellido, Iskriot.

–Yo soy Pogue Mahone.

–Es un nombre un poco raro, pero bonito.

Pogue sonrió y miró al hombre a los ojos.

–¿Y por qué crees que la Universidad es una mierda?

–La Universidad en sí funciona genial. Aprendes mucho si tienes buenos profesores. El “si” es importante. Lo que me molesta de verdad es todo el control que quieren ejercer sobre todos nosotros. En todo momento tienes que justificar todo, ¿sabes?

–Pero, si no controlan a los magos registrados, ¿no corremos el riesgo de que un encantamiento experimental arrase una ciudad o algo así?

–¡Nah! Nadie es tan gilipollas como para hacer nada así.

Wilkes empezó a contarle a Pogue todas sus historias de la Universidad. En concreto, todas las que lo habían llevado hacia su ideología. El hombre habría estado igualmente cómodo en un estrado, detrás de un atril y chillando a una marea de payasos uniformados como lo estaba recostado sobre la silla de madera del bareto.

Cuando Pogue empezó a aburrirse, acarició el brazo del narco con una amplia sonrisa.

La mirada de la muchacha fue demasiado para Wilkes. Rápidamente, pagó por sus bebidas y salió, cogiendo a la chica del brazo.

–¿A dónde vamos?

–Mi casa está aquí al lado –sonrió Pogue–. Podemos ir ahí.

–Perfecto, vamos allá.

La chica guio al narcotraficante por el laberinto de calles que los llevaría hasta su apartamento.

El edificio de la muchacha no estaba en malas condiciones. Estaba dilapidado. Wilkes, sin embargo, hizo un esfuerzo titánico y no hizo ningún comentario desagradable acerca de ello.

–Aquí estamos –dijo la chica, girando la llave de una puerta visiblemente más resistente que las demás.

El apartamento era todo lo opuesto al rellano. Estaba impoluto y decorado con gusto.

–Siéntate ahí –sonrió Pogue–. Yo voy a cambiarme. Cuéntame mientras todo lo que sepas de Magus.

–¿Magus? Es un mito. Todo el mundo habla de él. Dicen que es un justiciero y un maestro del disfraz –replicó Wilkes, quitándose la ropa desesperadamente y acercándose a la puerta del baño–. Las pocas veces que dicen que le han visto en público, era distinto. Dicen que es el mejor ligón que hay, también. Siempre va acompañado de chicas despampanantes y cosas así. ¿Por qué?

–Para decirte que estás equivocado –rio la chica desde dentro.

La puerta se abrió hacia fuera de manera explosiva, lanzando a Wilkes contra la pared opuesta. Antes de que el narco pudiese levantarse para alcanzar su revólver, Pogue estaba encima de él, encañonándole con una escopeta.

Wilkes intentó abrir la boca para soltar un encantamiento. Magus aprovechó esto para meterle los dos cañones hasta la campanilla.

–¡Estás enferma! –intentó decir el hombre.

Sonó más bien como “¡Ehháh ehhehha!”.

La chica miró al narco a los ojos.

El hombre aprovechó para pensar en ellos. Cuando los había visto en el bar, habían brillado con la chispa de la vida. Ahora los reconoció como el abismo al que había estado mirando durante los últimos años. Era cierto lo que decían del abismo, cuando lo miras, te devuelve la mirada. El hombre, sin embargo, no se había esperado que fuese a tener un cuerpo tan despampanante.

Los cañones bramaron.

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