El miembro fantasma, 25 (La chica)

El interior del estudio de Lot, al contrario de lo que Matt había visto en todas las películas en las que había un Rechicero recluido y reticente, no era oscuro. Al contrario. Estaba increíblemente bien iluminado.

–Cuidado con las runas del suelo –dijo el hombre al tiempo que guiaba a Matt a través del edificio.

–Es más grande de lo que parece –comentó el chico, saltando por encima de un cúmulo de papeles garabateados con tintas de colores. O, al menos, esperaba que fuesen tintas de colores.

–¿El qué? –replicó Lot, abriendo una puerta y dejando a Matt pasar a su consulta.

–El estudio.

–Ah. Sí. Cuando eres Rechicero, te suelen prestar uno. Es de la Universidad.

–¿Sí?

–Sí. Por eso es tan complicado ser Rechicero –respondió Lot–. No hay suficientes estudios para todos, de manera que solo los mejores terminamos aquí. Bueno, puedes ser Rechicero con bastante facilidad si decides que no necesitas uno de estos estudios.

–Y no podrían, como, no sé, ¿meter más casas en este espacio?

–Sí y no –replicó el Rechicero–. Haría falta una cantidad increíble de magia para que se pudiese hacer aquí, al aire libre.

–¿Y compartir el estudio?

–Casi ninguno de nosotros está dispuesto a compartir este honor con otro practicante –replicó Lot, gesticulando–. A nadie le hace ninguna gracia compartir placa. Bueno, siéntate y cuéntame qué pasó exactamente.

El chico obedeció y se puso cómodo delante del hombre.

­–Vamos a ver –empezó Matt–, estaba tocando en un concierto y, de pronto, mi ampli reventó y, bueno, pues, me arrancó el brazo. Tampoco hay mucho más que contar.

–De acuerdo. Es decir, no hubo ninguna clase de magia de fondo.

–¿Por qué iba a haberla?

–No, no tendría por qué haber magia, pero siempre es interesante saber si la había o no.

–¿Por? –preguntó el chico.

–A veces, si la hay, hay que tenerlo en cuenta a la hora de realizar un hechizo –dijo el hombre, levantándose y acercándose a su “paciente”.

Se rascó el mentón y observó a Matt.

–Voy a necesitar que te quites la camisa. Tengo que poder ver el muñón –explicó al ver la cara de desconcierto de Matt.

–Sí, por supuesto –replicó el isleño.

Se quitó lo mejor que pudo la chupa y la camiseta que llevaba debajo, y expuso su algo rechoncho torso. Si no fuese por el fresco que hacía en la habitación, no le importaría demasiado.

Mientras tanto, el Rechicero se puso unas gafas con cristales tintados.

–Hmmm –observó Lot–… ¿Seguro que no hubo magia involucrada?

–Creo que no. ¿Por qué?

–Verás, la gracia de tener mis poderes no solo implica que pueda, bueno, hacer magia. También conlleva aprender a ver y a buscar cosas que las personas normales no pueden. En este caso, unos círculos concéntricos… debajo, supongo, de tu piel.

–¿Supone? –contestó Matt, inquietado por la falta de vocabulario del hombre.

–A ver, existe una palabra para dónde están esos círculos, pero es un término técnico y no quiero tener que darte un cursillo acerca de la magia y su funcionamiento.

–Ah, vale –replicó Matt, un poco desconcertado.

–Pero bueno –prosiguió el Rechicero–, no creo que esto vaya a ser un problema.

El hombre se incorporó y miró a Matt.

–De acuerdo –continuó–, podría empezar a trabajar en esto la semana que viene.

–¿Y el precio?

–Bueno, tendría que ser en negro, porque yo no tengo licencia para esto. Pero se quedaría en siete-ocho mil ukus.

–¿A plazos?

–Claro que sí. Y te doy caramelos con cada pago –rio el Rechicero.

Matt suspiró.

–Es por mi bien. Si no me puedes pagar de una, nada me garantiza que vayas a terminar de hacerlo. Y tu palabra no es suficiente –continuó el hombre–. Al menos, piensa que no es una oferta que vaya a desaparecer.

–Supongo –dijo el isleño, encogiéndose de hombros.

–Mira, mientras tanto, cuéntame todo lo que pasó lo mejor que lo recuerdes.

–¿Para qué?

–Sé que vas a volver, tarde o temprano –se explicó Lot, recostándose en su silla.

El tío era confiado. O podía ver el futuro.

“¿Los Rechiceros pueden ver el futuro?” se preguntó el exbajista, “¿o es una leyenda urbana?”

–Venga, cuéntamelo todo –insistió Lot.

–Bueno, pues a ver… Estábamos Samia, que, que es la batería, Kirby, el guitarrista y cantante, y yo en escena, ¿no? Pues, como siempre, empiezo a tocar y me meto como en mi mundito, ¿sabes?

–¿Tu mundito?

–Sí. A ver, ¿cómo lo explico? Cuando toco, todo lo que tengo delante, se derrite ¿entiendes?

Lot, que había juntado las manos con ambos índices delante de sus labios mientras escuchaba, asintió.

–Pues, cuando todo se derrite, estoy yo solo con la música de mi bajo. Oigo todas las notas y sé cuáles tocar para que la melodía y el ritmo sean perfectos. Al menos, son perfectas en lo que a mí respecta. Si mis compañeros la cagan, no hay nada que yo pueda hacer.

–Ahm.

Matt tomó el ruido de Lot como un “Continúa, por favor”.

–Pues entré a mi mundito y toqué. Toqué todo lo que tenía que tocar y, de pronto, no podía hacerlo más.

–La explosión –afirmó el Rechicero.

–Así es.

–¿Y viste algo más?

El chico sacudió la cabeza.

Al mismo tiempo, oyó como Jane le pedía que hablase con Lot de ella. No la oyó exactamente, pero la sintió en sus tímpanos, más bien, acariciándolos y haciendo que bailasen al ritmo de las melodías de Soul Chicken. Era su manera de pedirle ayuda.

O eso pensaba Matt, al menos.

Decidió jugársela.

–No, pero desde entonces, sí que he tenido un… problema, supongo.

El Rechicero arqueó la ceja derecha.

–Hay una persona en mi cabeza.

Si Lot hubiese arqueado su ceja más, habría pasado de ser una persona a ser un dibujo animado.

El Rechicero sopesó sus opciones: dar una respuesta sarcástica al chico, echarle de su casa, explicarle que, probablemente, había algo ilegal de fondo o, simplemente, ser agradable.

La conciencia del hombre, que sonaba demasiado como su propia madre, le obligó a ser amable.

–Por favor, explícate.

Matt explicó al hombre cómo había conocido a Jane.

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