El miembro fantasma, 24 (La chica)

“Noctua es asquerosa” pensó Matt nada más bajarse del tren.

Era gris.

Parecía muerta y dedicada a los negocios.

No tenía el je-ne-sais-quoi de Nuevo Edén.

Lo que si tenía era un olor… ¿horrible?

No.

Horrible se quedaba corto. Olía como algo que llevaba mucho tiempo muerto. Al sol. Olía como algo que una hiena despreciaría. Olía, también, a tristeza. Matt no sabía por qué, pero la ciudad apestaba a tristeza.

El chico salió de la estación y echó un vistazo a su alrededor.

La estructura estaba encajonada entre dos rascacielos. Uno a medio terminar, el otro, tan viejo que estaba a punto de caerse. Sin embargo, no era tan antiguo como la estación en sí. Ésta, probablemente, había visto como el primer tren de la historia nacía.

El chico pensó un rato al aire. El hermano de la jefa de Kirby le había explicado cómo llegar a su casa, pero Matt no recordaba medio carajo. Tenía que coger un autobús, pero, ¿cuál? ¿El 152? ¿El 74? ¿El 43?

De pronto, un tirón.

Matt miró a dónde tendría que estar su brazo izquierdo. Le habían tirado del meñique del brazo que ya no tenía.

Otro tirón, mucho más fuerte.

Al cabo de un rato, entendió lo que los tirones significaban y los siguió. Le dejaron debajo de una de las marquesinas que rodeaban la salida de la estación de autobuses. Matt se sentó y esperó, todavía escuchando su música. Al cabo de unos minutos, notó otro tirón. Vio como un bus doblaba la esquina y enfilaba por la calle.

El chico se levantó y alzó el brazo. El autobús frenó aunque, a juzgar por la expresión del conductor, había sido a regañadientes.

Matt asintió a modo de saludo y sacó la cartera de su bolsillo al montarse en el vehículo. El hombre, sin despegar ni los labios ni los ojos de la calzada, apuntó al cartel que tenía al lado.

–Joder, sí que es caro el autobús aquí –murmuró Matt.

El hombre detrás del volante se encogió de hombros en respuesta y pisó el acelerador.

Antes de estar a punto de caerse, Matt consiguió dejar el dinero en la bandejita del hombre y, a trompicones, se dirigió al fondo del vacío autobús.

El vehículo parecía encantado, pero el chico no podía estar del todo seguro. Seguro que Jane podría habérselo confirmado. Ella podría distinguir un tipo de vehículo de otro. Seguramente.

El chico se sentó derrotado y ocupó dos asientos.

Los tirones debían ser la labor de Lot, el hermano de la jefa de Kirby. El hombre debía de haber sabido que Matt necesitaría ayuda a tan temprana hora.

“Que majete es este hombre” pensó el exbajista.

El chico sonrió y esperó más tirones que le guiasen. El autobús cruzó la ciudad. Dejó los escalofriantes y ciclópeos edificios del centro detrás y se adentró en el casco antiguo de la ciudad.

En realidad, no era el casco antiguo de la ciudad, sino, técnicamente, otra ciudad distinta. Había dos ciudades en Noctua. Noctua en sí, donde estaban los rascacielos y las tiendas y la gente y la estación de tren, y la Ciudad de Noctua. La Ciudad de Noctua, según tenía entendido Matt, era aún hoy en día, un estado soberano. Técnicamente hablando. Ningún jefe de Estado podía entrar sin el permiso explícito de los ciudadanos de la Ciudad. Hacerlo sería un acto de guerra.

Sin embargo, a gran parte de los Ciudadanos, les daba igual toda esa política, siempre y cuando pudiesen realizar encantamientos tranquilamente.

El mundo y la Ciudad tenían un acuerdo bastante sencillo: el mundo no molestaba a la Ciudad y los Ciudadanos prometían intentar mantener a un mínimo los accidentes mágicos de dimensiones internacionales.

Hacía varios años que no pasaba nada. Sí, de vez en cuando alguna manzana de la Ciudad desaparecía, pero eso era lo que los Graduados y Post-Graduados llamaban “gajes del oficio”.

Matt observó la Ciudad. Se notaba qué edificios pertenecían a gremios de nigromantes y cuales a Post-Graduados de investigación rúnica. Los de los primeros eran antiguos y barrocos, con una cierta predilección hacia los motivos de calaveras, huesos y demás parafernalia. Los edificios de investigación, por su parte, eran modernos, limpio y estaban hechos de cristal. Decían una cosa: “nos movemos con los tiempos. Vamos a seguir siendo relevantes cuando tú te mueras. El paso del tiempo no es un problema”.

Los edificios residenciales, aunque escasos, se distinguían de los demás por ser pequeños y de ladrillo. Muchos parecían, más que edificios, dibujos de un niño. En su mayor parte, tenían una puerta pequeña de una sola hoja y dos ventanas, una a cada lado. Los pisos por encima de la entrada tenían tres sencillas ventanas que daban a la calle. Algunos, excepcionalmente, tenían el lujo de un balcón. Pero no era lo normal. Los más lujosos se caracterizaban tanto por la presencia de balcones como de la de pintura. Los demás tenían que conformarse con tener los ladrillos al aire.

Ya dentro de la Ciudad, el isleño volvió a notar los tirones. Tenía que bajarse. El chico se levantó como pudo y se acercó a la puerta. Pulsó el botón y esperó.

Las ruedas del autobús chirriaron mientras frenaba y, con una sacudida, las puertas del vehículo se abrieron. El no-brazo del chico tiró de él con violencia, casi catapultándole a través de la abertura.

Mientras que la zona alrededor de la estación de trenes había olido a tristeza, la zona “residencial” de la Ciudad olía a… ¿Cordita? ¿Nitrocelulosa?

Matt inspiró y esperó a que su no-brazo le dijese a dónde tenía que ir.

Sin perder un segundo, el no-brazo tiró del chico, guiándole por una calle algo más ancha que las demás. En ambas aceras se erguían estructuras de ladrillo. Todos eran consultas privadas y tenían, al lado de la puerta, placas de latón donde se especificaba a qué se dedicaba cada una de las personas que trabajaba detrás de las paredes.

Alguna de las placas se salía de la norma y estaba hecha de un material morado con letras y detalles verdes.

Pero, a medida que Matt se adentraba más y más en la calle, cada vez más y más placas eran moradas y verdes.

Cuando pensaba que no podía andar más, el no-brazo del chico tiró fuerte, dejándole delante de un timbre y, a estas alturas, una de las pocas puertas con placa de latón al lado.

“Aquí será”, murmuró el chico, encogiéndose de hombros.

A modo de respuesta, el no-brazo del chico se levantó e intentó apretar el timbre.

“Sep”, asintió el isleño.

Pulsó el timbre y esperó un rato.

Un par de murmullos detrás de la puerta más tarde, un hombre encaró a Matt.

Tenía entre treinta y setenta años.

Posiblemente.

Sus ojos eran morados y brillaban, alumbrados por un fuego que ardía en el interior del hombre. Su cara era la de alguien a quien no se debía molestar, bajo pena… no de muerte exactamente, pero quizás sí de mutilación grave. Y dolorosa. Era alto, flaco y estirado, como si solo fuese un esqueleto con piel. No como el resto de personas, que tenían músculos y, al menos, algo de grasa – o, en el caso de Matt, bastante.

No.

Este hombre era esqueleto, piel y pasión.

–¿Quién eres? –masculló de mal humor.

–Buenos días. Soy Matt Wong. Us… usted es Lot, ¿no? –sonrió el exbajista, asustado.

El Post-Graduado se quedó quieto un momento, pensativo. Matt casi pudo ver como los engranajes de la cabeza del hombre se movían.

No.

De hecho, lo que Matt casi podía ver era un grupo de hombrecillos abriendo y cerrando ficheros en busca del nombre del exbajista.

–¡Ah! Sí. El amigo de mi hermana, ¿no? –sonrió el Post-Graduado, ubicando a la persona que estaba delante de su puerta.

–Sí –replicó el chico, no queriendo explicar al hombre todo el asunto.

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