El miembro fantasma, 23 (La chica)

“¡Clack-a-clack! ¡Clack-a-clack!” hacía el tren. Matt, sin embargo, no lo estaba oyendo. Solo oía su música. Literalmente. Estaba escuchando su álbum.

Una hora antes, el chico había llamado a Samia porque sabía que, a las seis de la mañana, solo ella estaba despierta.

–¿Vas a ir a hablar con el hermano de la jefa de Kirby a estas horas? –le había preguntado la chica.

–Sí. No me queda otra. Quería verme temprano, así que… bueno. Dale las gracias otra vez de mi parte.

–En cuanto se despierte –había sonreído la chica al otro lado de la línea–. ¿Qué tal estás?

–Bueno, ayer me fui del trabajo antes de tiempo para llamar a este hombre –había explicado Matt. No había mentido. Descontando el uso incorrecto de una de las preposiciones que había elegido. Uso del que, todo sea dicho, el isleño era plenamente consciente.

–¿Y no te dijeron nada?

–No. Vamos, no que yo recuerde. Pero bueno, tengo que ponerme en marcha, que no quiero perder el tren a Noctua.

–Bueno, pues ten un buen viaje –había dicho la chica.

–Muchas gracias. Os llamo cuando pueda.

El isleño se rascó la nuca y pensó.

No había visto a Jane esta noche. No desde que le prometió llamar al Rechicero en Noctua. No la echaba de menos. No del todo, al menos.

La chica estaba en su cabeza, de manera que no tenía la necesidad imperiosa de hablar con ella que había tenido con su última novia.

Al darse cuenta de ese pensamiento, el chico se hizo una pregunta “¿Quiero llegar a algún sitio en concreto con Jane?”

No era una pregunta normal. Después de todo, la chica solo existía en su cabeza – de momento. Se había “enamorado” de chicas ideales antes alguna vez, pero siempre habían tenido una contrapartida real. Contrapartidas que habían terminado decepcionando a Matt y, al mismo tiempo, habían sido decepcionadas por el isleño. Ellas le habían decepcionado a él por no estar a la altura de su imaginación. Él a ellas al mostrarse como un chico inseguro y celoso que, honestamente, era demasiado complicado de manejar como para que nada mereciese la pena.

El isleño miró por la ventana. Vio cómo el océano (que a veces subía por las calles de Nuevo Edén) se alejaba y se rascó la nuca. El tren aceleró por las vías, dejando los últimos años de vida de Matt atrás. El chico no le dedicó mucho más tiempo a la nostalgia.

No tenía energía para ello.

Escuchó la voz de Kirby. Escuchó su bajo. Escuchó la batería de Samia y no pudo evitar sentir una punzada de celos. No solo por la batería, sino por el Matt que tocaba el bajo. Por el Kirby que tocaba la guitarra. Sentía celos de ellos porque tenían dos brazos y, ante todo, aún tenían una salida que no fuese estar delante de un monitor todo el día. Ellos tenían oportunidades y opciones.

Al cabo de un rato, el chico se durmió, acunado por el traqueteo del tren.

No vio a Jane, pero sí pudo tocar la batería en su escenario. No era exactamente lo que quería, pero sí se acercaba, de manera que disfrutó su sueño todo lo que pudo.

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