El miembro fantasma, 22 (La chica)

–¿Vas a poder ayudarme? –preguntó Jane mientras Matt marcaba un solo de batería.

–Creo que sí. Tengo el número de un Rechicero en Noctua.

–¿Me ayudará?

–Hombre, supongo. Aunque se supone que solo me va a devolver el brazo.

–¿Pero lo va a hacer?

–A ver, tengo que llamarle para saber cuándo puedo ir. Ten en cuenta que estoy a tomar por culo de Noctua. Son como dos horas en tren o así. Y aunque tuviese coche, no podría conducir como estoy.

Matt siguió golpeando la batería con la chica a su lado, mirándole por encima del hombro.

–¿Qué quieres de la vida? –preguntó Jane al cabo de un rato.

–Ahora mismo, mi brazo y poco más. Todo lo demás lo podría conseguir por mi cuenta –replicó el chico, sintiendo como el brazo que no tenía se movía y serpenteaba, golpeando los parches en un frenesí de ritmo e ira.

–¿Y si lo tuvieses?

–A ver, supongo que un poco de suerte no estaría mal.

–Si pudiese ayudarte, lo haría –sonrió la muchacha.

Matt miró a la chica y perdió el ritmo, cosa que no le había pasado en años. Ni con la batería ni con el bajo. Con la batería por razones obvias, con el bajo porque nunca había dejado que nadie entrase en su cabeza mientras tocaba. Obviamente, Jane había entrado en la cabeza de Matt literalmente, pero también figuradamente. Y era, realmente, el hecho de que hubiese entrado figuradamente, lo que le estaba haciendo perder la concentración.

Aunque, si era honesto consigo mismo, tener a alguien literalmente en su cabeza, tampoco estaba ayudando demasiado.

–¿Cómo terminaste aquí?

–Un encantamiento que salió mal. Estaba intentando algo nuevo y, bueno, es el riesgo que se corre cuando haces magia.

–¿Terminar en la cabeza de un desconocido?

–Es bastante más frecuente de lo que la gente cree. Aunque normalmente, terminamos en las cabezas de gente a la que conocemos –sonrió la chica.

–¿En serio?

–Sí. Suele suceder con un tipo concreto de encantamientos. No te voy a distraer con cosas técnicas…

–No, cuenta, cuenta –pidió el isleño, dejando las baquetas sobre la caja de su batería.

–A ver, cuando queremos investigar, bueno, cómo funciona la magia, tenemos que… entrar, supongo, en el mundo… no, el plano de la magia, y claro, siempre corres un riesgo cuando, cuando lo haces, ¿entiendes? –explicó ella, frotándose el brazo.

Matt asintió, ignorando el tartamudeo de la chica.

–Y, bueno, eso… eso es todo –sonrió ampliamente de nuevo, mirando a Matt a los ojos.

–Ah. Interesante –mintió el isleño, desconcertado y no terminando de entender lo que le había contado la chica.

Matt no sabía si lo que Jane le había contado era interesante o no. Ahora entendía cómo se sentía la gente cuando les explicaba lo genial que fue el momento en el que aprendió a hacer slapping correctamente. Si aquel al que se lo contabas sabía lo que querías decir, te entendía y se emocionaba por ti. En otro caso… No tanto. La gente solía asentir y sonreír. A veces, algunos, hacían preguntas acerca de tocar el instrumento, pero normalmente, intentaban cambiar el tema sin ser desagradables. Una pequeña minoría, ni siquiera se molestaba en ser agradable, pero, afortunadamente, no era lo normal.

–Bueno, ¿desde cuándo has hecho magia? –continuó Matt, utilizando la estrategia del ignorante perdido.

–Desde siempre.

El público que antes se había amontonado delante del escenario para oír al isleño golpear la batería empezó a dejar la explanada poco a poco.

–Cuando tenía dos años o así, según mis padres, garabateé unas tonterías en un papel y, acto seguido, convertí nuestra mesita de café en un perro –explicó la muchacha.

–¿En serio?

–Sí –rio la chica–. Al parecer, no duró mucho. Afortunadamente, para que no volviese a pasar, mis padres empezaron a educarme. Y, para evitar muchos problemas, también me regalaron un perrito. Aunque la mesita tuvo celos durante un tiempo.

Matt rio y miró a la chica a los ojos.

Ella sonrió en respuesta.

–¿Y dónde estudiaste?

–En la Universidad. Bueno, empecé en una academia regional y conseguí una beca para la Universidad.

Matt asintió y escuchó a la chica hablar. Le contó que había nacido en un pueblo pequeño y que, afortunadamente, sus padres podían haberse permitido pagarle una academia de magia. Una vez empezó a asistir, su talento había empezado a brillar.

El isleño escuchó a la muchacha hablar y hablar y hablar…

Una vez en la Universidad, había estudiado duro para mantener la beca. Ahí se mezcló con gente de distintas ideologías. Todos le enseñaron algo. Algunos le enseñaron cosas que no hacer y otras cosas que sí hacer. Algunos le habían dado malas ideas y otros buenas. Algunos habían abogado por un control más estricto y restrictivo de los usuarios de magia y otros por todo lo contrario.

–¿Y tú? –preguntó la chica.

–Yo… bueno, desde niño tocaba la batería. O sea, nunca estudié nada en particular. Tengo un grado en Administración porque mis padres me obligaron a sacarme algo, pero, en realidad, siempre me he dedicado a la música, ¿sabes? Cuando mi muñeca se resintió hace seis años, tuve que dejar la batería. Así que me compré un contrabajo y dejé Maidrin Rua detrás. No podía seguir viviendo ahí. Y, cuando llegué aquí, me di cuenta de que no podía seguir teniendo mi contrabajo porque no podía permitirme mantenerlo con la humedad, así que lo vendí y me compré el bajo que tenía hasta hace dos semanas. No sé, tampoco hay mucho más que contar. Todos los días entro al trabajo y aguanto de nueve a cinco. Una vez termino, bueno, antes solía venir a casa y ensayar. Ahora… bueno, vengo y estoy. Y ya.

La chica se quedó callada. Matt la había dejado sin palabras.

–Pero bueno, llamaré mañana por la mañana, ¿va? Con suerte podría ir mañana mismo a Noctua a verle.

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