El miembro fantasma, 21 (La chica)

Matt había oído a sus compañeros de trabajo hablar de él durante toda la mañana. La voz se estaba corriendo. Dentro de poco, todos lo sabrían. A ver cómo se desarrollaba eso. No le hacía demasiada ilusión lo que le podía deparar el futuro.

Ignoró las conversaciones y los susurros que pululaban alrededor de su mesa. Las miradas, sin embargo, eran más complicadas de ignorar. El isleño notaba dagas al rojo en su nuca: los ojos de sus compañeros de planta, los de su jefe en una ocasión.

Cada pocos minutos, Matt se pasaba la mano por el cuello y frotaba, intentando deshacerse de la desagradable sensación. Sin embargo, por mucho que lo intentase, quedaban restos que volvían a crecer y se expandían otra vez, dominando su piel.

Al tiempo que unos compañeros de Matt dejaban su zona atrás, el teléfono al lado del ordenador empezó a sonar.

Matt suspiró y dejó de teclear. Lanzó su mano y cogió el aparato.

–Buenos días, soy Matthew Wong, de SanPat S.A. ¿en qué puedo ayudarle?

–Matthew, soy Anne, la jefa de Kirby. Me dio este número para que hablase contigo.

–Ah, eh, sí, bu… buenos días.

–A ver, Kirby me dijo que querías hablar con un Rechicero, ¿no?

–Sí.

–Pues mira, voy a hacer lo sencillo y te voy a pasar el teléfono de mi hermano y tú hablas con él. Él podrá ayudarte.

–Muchas gracias –sonrió el isleño.

–No pasa nada. Te aviso, por cierto, de que él es bastante conservador a la hora de practicar magia, así que quizás te pida que hagas cosas raras.

Matt se quedó callado un momento.

–No peligrosas, pero sí raras –aclaró la mujer al otro lado de la línea. Bueno, ¿tienes bolígrafo y papel a mano?

–Eh, sí, sí –replicó el chico, cogiendo un trozo de papel y un bolígrafo.

Escribió los dígitos que la mujer le dictó.

–Entonces, yo le voy a decir que te vas a poner en contacto con él y él estará preparado –dijo Anne.

–Muchas gracias.

–Bueno, eso era todo –se despidió la mujer antes de colgar.

Matt dejó el teléfono en su sitio y se recostó. Hizo una bola con el papel y se la metió en el bolsillo.

Tendría que haberse quedado en casa. Tendría que haberle dicho a su jefe que no podía ir el otro día. Pero ahora no le quedaba otra que apechugar. El chico miró a la pantalla de su ordenador y se frotó los ojos.

¿Por qué no había dicho nada?

El chico resopló.

–¡Joder! –murmuró, golpeando la mesa con la mano.

Los compañeros de trabajo que estaban alrededor del exbajista se callaron un momento, dejando que el silencio calase a Matt hasta los huesos.

El chico resopló otra vez y se frotó los ojos. No podía más. Simplemente, no podía más.

Apagó el ordenador con furia y se tiró la americana al hombro. Ya había terminado por hoy.

Decididamente.

Había acabado.

Punto pelota.

Se levantó y fue al ascensor. Ignoró a todos los que le preguntaron a dónde iba, incluso a su jefe. Sorprendentemente, no le chilló mientras las puertas del ascensor cercenaban la conexión. Simplemente, se quedó ahí, de pie y desconcertado.

El chico salió a la calle y se metió la mano en el bolsillo. Acarició el papel con el número e inspiró.

El aire estaba frío y le cortaba el interior de la boca, pero le daba igual. Era mejor que el aire caliente y muerto de la oficina.

La calle olía mal, pero era mejor que el ambientador industrial de la oficina.

Ahora mismo, todo era mejor que la oficina.

La oficina era gris y monótona, como todo lo que le quedaba a Matt por delante.

El chico se sentó en un banco y dejó que la derrota le sobrecogiese.

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