El miembro fantasma, 20 (La chica)

Matt llegó a casa después del trabajo y se sentó delante del televisor. Tampoco tenía mucho más que hacer. No quería hablar con nadie. Solo quería descansar y no hacer nada más.

Se sentó en su sofá, derrengado y derrotado. No era particularmente tarde, pero había estado encerrado en el cubículo básicamente todo el día, tecleando y revisando los informes que su jefe había querido que mirase.

Había sido un día lento, tedioso y horrible. Al menos la comida había estado rica y había hecho horas extra. Al menos eso significaba algo de dinero extra.

El chico se rascó el muñón y desconectó. Delante de él, un reparto de seis “amigos” intercambiaba inteligentes observaciones acerca de la vida social de los otros. Lo bueno de la serie era que no había una trama fuerte de un episodio a otro, lo que permitía a Matt no escuchar demasiado y perderse episodios enteros y que no afectase de manera alguna a su entretenimiento.

Matt resopló y echó un vistazo a su alrededor. La lucecita roja de su teléfono brillaba violentamente. Tenía un mensaje.

Descolgó el aparato y se puso el cuerno sobre la oreja.

–Tiene un mensajes nuevos–explicó la robótica voz al otro lado de la línea.

“¿Cuánto les costaría grabar otra pieza de voz para que dijese “un mensaje nuevo”?” pensó Matt, torciendo el gesto.

–¡Matt, soy Kirby! –exclamó el aparato, descarrilando el pensamiento del isleño–. He hablado con mi jefa hoy. Su hermano, seguramente, podría ayudarte, pero tendrías que ir a verle a Noctua porque no puede salir de la ciudad. Si quieres ir a hablar con él, avísame y se lo digo a mi jefa. Una vez confirmes, le doy tu número y ella se pondrá en contacto contigo.

Matt se rascó el cuello y pensó.

Dejó que su cabeza se vaciase. Poco a poco, las voces de la serie dejaron de dominar los oídos de Matt y empezaron a bajar de tono, como si hubiese una pared de algodón entre él y el televisor. Al cabo de unos minutos pensando ni siquiera parecía haber una pared de algodón, las voces ya no eran reconocibles como tal, eran un crujido estático, como un televisor mal sintonizado. No eran más que una tormenta de sonidos irreconocibles, rotos y partidos.

Era tentador hablar con el hermano de la jefa de su amigo, pero no sabía si iba a poder cogerse un día libre. Supuestamente, según recursos humanos, tenían días personales. Sin embargo, según algunos compañeros, daba igual, porque normalmente los de RR.HH. ignoraban muchas de las peticiones.

De hecho, uno de los compañeros que Matt había conocido al empezar el entrenamiento dejó el trabajo por problemas con la cabeza del departamento. Había querido usar dos de sus días de libre disposición para quedar con su futura esposa. Sin embargo, por problemas internos, no se los habían podido dar. Pero eso había dado igual. Como su compañero había dicho, no era que no le hubiesen querido dar el día libre, sino la manera de decírselo.

El jefe de RR.HH., con sus ojos saltones y sonrisa de asesino, le había explicado que no podía cogerse ese día libre. El compañero de Matt le había dicho que el primero era irrelevante, pero que necesitaba el segundo, un lunes. No le quedaba otra. Necesitaba ese día libre.

La respuesta del jefe había sido digna de apuntar, imprimir a gran tamaño y enmarcar:

“¿Ah, sí? ¡¡Para eso, por qué no te coges toda la PUTA SEMANA!!”

A partir de ahí, según su compañero, todo había ido de culo, cuesta abajo y sin frenos. No había sido una reunión agradable para nadie, ni siquiera para los que la habían oído de segunda mano… O lo que era lo mismo, toda la planta.

Matt suspiró y notó cómo un escalofrío recorría su no-brazo de arriba abajo. Sí, iba a tener que cogerse un día por motivos personales. No le cabía la menor duda.

Miró al teléfono y pulsó las teclas que tenía que pulsar. Se colocó el cacharro entre el hombro y la oreja izquierda y, con la derecha, se repeinó.

Al oír el pitido de su aparato, el estómago de Matt se vació, llevándose el aire de sus pulmones y todo el pecho en general. El chico intentó respirar hondo y, hasta cierto punto, lo consiguió. Notó como sus mejillas se calentaban y las esquinas de sus ojos se humedecían.

–Kirby, soy Matt –dijo el isleño antes de que su amigo pudiese decir “ho…” siquiera–. Llamaba para pedirte que, que sí, que hables con tu jefa.

–Ah, hola, tío. Sí, claro, mañana se lo digo y te mantengo informado. Aunque, bueno, seguramente ella te llame enseguida. Le daré tanto tu teléfono del trabajo como el de casa, ¿te parece?

–Vale, muchas gracias, por todo.

–No hay problema, tío. No te molesta que no vayamos a verte Samia y yo hasta el viernes, ¿verdad? –preguntó Kirby, sonando un poco culpable.

–No, no pasa nada –le tranquilizó Matt, rascándose la barbilla–. Tenéis vuestras cosas.

–Gracias por entenderlo, tío.

–Nada, ya te veo el viernes –respondió el exbajista, esperando a que Kirby colgase.

En realidad, al isleño le daba igual no ver a nadie durante un tiempo. No quería interactuar con nadie en concreto. Ni Al, ni Kirby, ni Samia, ni siquiera Jane, la chica maravillosa.

Lo que quería era revolcarse en su propia miseria un rato.

Una parte de él le decía que no tenía que hacer eso, que tenía que salir a la calle, respirar hondo (a pesar de la contaminación y las partículas mágicas) y hablar con la gente. Tenía que obligarse a ser una persona funcional, a pesar de que eso era imposible, un sueño del pasado.

La gente le había estado diciendo que no era el fin del mundo, que mucha gente vivía sin algún miembro y aprendía a ser feliz.

Sin embargo, era lo mismo que decirle que esas mismas personas habían hecho que las extremidades perdidas les creciesen por mera fuerza de voluntad.

Aunque fuese verdad, a Matt le sonaba como un cuento para dormir.

Era verdad que algún Graduado le podría devolver el brazo tarde o temprano, pero no sería lo mismo. Aunque el brazo se moviese igual, a la misma velocidad, sintiese lo mismo, de la misma manera; Matt sabía que, en su cabeza, el brazo sería raro. Sería como tener un polizón a bordo. Un polizón, encima, con inmunidad diplomática.

Lo que Matt quería era su brazo. El suyo, no una copia.

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