El miembro fantasma, 19 (La chica)

Matt se despertó y duchó.

La noche anterior, Al había venido, tal y como prometió. Se habían sentado delante del televisor y cenado. No habían hablado mucho. El isleño había explicado al zhuyinés que había hablado con su jefe. Al le preguntó a Matt si creía que era buena idea ir. Matt se limitó a encogerse de hombros. Lo que Matt no hizo, sin embargo, fue mencionar a Jane, la chica fantástica.

Se preparó para ir al trabajo y desayunó media tostada con aceite. Se puso la americana por encima de un polo como bien pudo y resopló. Se miró a la manga vacía. ¿Qué hacer con ella?

El chico se frotó los ojos y puso todo en bolsillos a los que podía acceder fácilmente con su mano derecha. Al ver que su bolsillo derecho estaba imprácticamente lleno de cosas, decidió rendirse y coger una mochila sin más. Tiró todo dentro y se la colgó del hombro.

El metro, como todos los días que iba al trabajo, estaba lleno de gente. Todos iban callados, mirándose al ombligo. Algunos mandaban mensajes de texto con los teléfonos, pero eran pocos los que tenían los aparatos encima.

Matt tendría que comprarse uno tarde o temprano. Pero bueno, de momento no le corría prisa. No muchas personas tenían uno. De hecho, Matt solo conocía a una persona que lo tuviese: a su jefe. Y solo lo usaba para chillar a sus subordinados y para ser chillado por sus superiores.

Matt se sentó al lado de la puerta y se puso los cascos. El reproductor de minidisc que tenía ya empezaba a ser viejecito. Tendría que cambiarlo pronto, lo que significaba localizar una tienda que manejase cacharros de importación. No es que estuviese roto, pero una caída más…

No le quedaba otra más que tratarlo con cuidado. Al menos hasta que encontrase una de esas dichosas tiendas.

El trayecto pasó relativamente rápido. No fue divertido, pero podría haber sido peor.

Aunque el chico había atraído suficientes miradas durante el trayecto en metro, Matt no quería pensar en cómo le iba a mirar la gente en el trabajo. Estaría notando los ojos de todos sobre su nuca. Todo el día. Les oiría susurrar al pasar al lado de su mesa y, honestamente, no sabía si estaba preparado. Pensó en cómo entrar al edificio sin que le viesen al tiempo que el metro salía de la estación chirriando y resoplando.

¿Quizás si se colgaba la americana del hombro izquierdo así?

No, no quedaba bien llevarla solo de un brazo. Quedaba como un noble antiguo y, aunque no era malo, no quería dar esa imagen. El chico torció el labio y dejó la mochila sobre el andén. Se colgó la americana de los hombros, pero no metió el brazo por la manga. Levantó la mochila y se puso en marcha. Al salir a la calle, se paró delante de un escaparate. Casi parecía normal. La ilusión no soportaría un atento escrutinio, pero sí pasaría desapercibido a los ojos de gente despistada o cansada. Es decir: estaba a salvo de sus compañeros.

Entró al bloque de oficinas. Todo era gris: la fachada, las ventanas, las puertas… Hasta los pomos eran grises. Estaban hechos de metal y se habían tratado para que fuesen mate. Según el jefe de Matt, lo habían diseñado para que los empleados no se distrajesen. Según Matt, todo había sido diseñado para aplastar el espíritu de los empleados. Según Kirby y Samia, había sido diseñado así porque era un color neutro que no decía nada, así pues, la gente no se sentía amenazada al entrar.

A Matt, realmente, le daba igual el aspecto del edificio. Él, en realidad, lo único que miraba mientras trabajaba, era a la pantalla de su ordenador. Cuando trabajaba, era vagamente consciente de que había algo a su alrededor, pero poco más. Para él, era lo mismo trabajar en su casa que en la oficina. La única diferencia era que, en la oficina, no tenía acceso a toda su música mientras que, en casa, tenía discografías enteras.

Tomó aire y se adentró en el monstruoso montón de hormigón gris. El segurata estaba viendo una película en un televisor portátil. La idea había sido de uno de los de Recursos Humanos, pero la compra la habían realizado los empleados, no la compañía. Sin embargo, desde entonces, los de seguridad estaban más contentos. Veían películas todo el día. Si algo pasaba, se movían. Si no, pues nada. Seguían con la baba colgando y mirando a la caja tonta.

El hombre – un isleño como Matt – sacudió la cabeza a modo de saludo sin despegar los ojos de la pantalla.

Echó un vistazo alrededor. Había un grupillo de personas delante del ascensor. La mitad eran compañeros de planta de Matt. Casi todos estaban de cháchara, esperando que las cuchillas gris mate se separasen.

El ascensor hizo “ding” y todos entraron como ovejas. El isleño se aseguró de ponerse de tal manera que su brazo izquierdo no se viese de ninguna manera. Mientras subían, uno de sus compañeros de planta le contó todo lo que había pasado mientras él había estad. Si Matt tuviese que describirlo en una palabra, habría sido la siguiente: aburrido. Algunos de otras plantas habían dejado la compañía, había algunos novatitos… Poco más. La misma mierda de siempre.

Con un segundo “ding”, Matt y su compañero de planta salieron a su piso, el 12. Un mar de mesas les saludó y recibió con brazos abiertos. Gran parte de las mesas aún estaban vacías. Las pocas que daban signos de tener a alguien delante del ordenador estaban desiertas. Casi todos estaban hablando con los novatos. Dándoles miedo. Si los novatos se marchaban, los puestos de los que tenían experiencia estaban asegurados. Sin embargo, la mitad de estas personas eran los primeros en quejarse de lo mucho que odiaban su trabajo.

Matt evitó al grupo de trabajadores y se sentó delante de su ordenador. Trasteó con la cadena que anclaba el monitor a la mesa y la apartó. Una vez hizo eso, acomodó la pantalla. Por alguna razón, todas las noches, el equipo de limpieza movía todo. No era una tragedia, pero no era algo que a Matt le hiciese gracia.

Se acomodó y miró a la pantalla. De vez en cuando, una franja oscura recorría el monitor de arriba abajo. A veces pasaba. Al que no le pasaba era al jefe de Matt. Él tenía un ordenador modernísimo. El monitor no era un tubo de rayos catódicos, sino una pantalla de plasma.

Algún día se los darían a todos. Con suerte, a Matt le habrían ascendido antes de ello. De hecho, originalmente, el isleño había creído que antes de que eso pasase sería famoso. Ahora… ahora ya no tanto.

Matt se puso a teclear un poco y a mirar documentos. Tenía que asegurarse de que todo estaba bien. Si un dato fallaba, toda la compañía se podía ir al carajo. Al menos, eso les habían dicho a él y a sus colegas cuando los contrataron. Era como una historia de terror. Lo único que había faltado es que el de recursos humanos hubiese cogido una linterna, se la hubiese enchufado debajo de la cara y hubiese dicho “… y al introducir el número equivocado, las acciones de la empresa cayeron en barrena. ¡UHHHHH!”

Tecleó.

Tecleó.

Tecleó.

Tecleó.

Y tecleó.

Al cabo de una hora, se dio cuenta de que no podía mantener el ritmo que antes había seguido a la hora de trabajar. Inspiró y pensó. No sabía qué hacer.

Podía seguir trabajando, que era lo que su jefe quería que hiciese o, a juzgar por la hora, escaquearse e ir a comer.

O, en lugar de ir a comer, podía pedir que le trajesen la comida al cubículo. Quedaba bien y parecía que estaba trabajando mucho más. Era una jugada interesante. Matt se mordió el labio y, conceptualmente, se mesó su inexistente barba.

Alcanzó el teléfono y pulsó las teclas tranquilamente. Sin embargo, antes de presionar el último número, dejó el teléfono en su lugar. No quería llamar al Diguó. No porque no quisiese comida zhuyinesa, sino porque la idea de tratar con Al no le resultaba nada alentadora.

Se incorporó y echó un vistazo al espacio entre su cubículo y la cocina. No parecía haber nadie. El chico se arriesgó y cruzó la planta a paso ligero, pegado a la pared de la izquierda. Con suerte, nadie se fijaría demasiado en él.

El chico anduvo hasta la cocinilla y se paró delante de la nevera. Colgada debajo de un imán, había una colección de folletitos de distintos restaurantes. Matt seleccionó uno de un zhuyines (fácilmente localizable gracias a los caracteres tradicionales) y se lo metió en el bolsillo. Daba igual que se lo quedase. Todos los días aparecían doscientos nuevos.

Volvió a su mesa sin problemas y llamó al restaurante.

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