El miembro fantasma, 18 (La chica)

Matt despertó. Aún sentía el cariño de Jane en la mano izquierda. En la mano izquierda que ya no tenía.

El chico se miró al hombro izquierdo y suspiró.

Echó un vistazo al teléfono. El pilotito rojo parpadeaba furiosamente.

–¿Quién me habrá llamado? –murmuró incorporándose.

Cogió el aparato y miró a la pantalla. Había dos llamadas. Una era de Kirby. La otra era de su jefe.

–¿Pasa algo? –preguntó Matt en cuanto Kirby cogió el aparato.

–No, nada. Quería saber qué tal estabas.

–Bien, bien –replicó Matt–. He estado con Al un rato esta mañana. Y me he informado acerca de prótesis.

–Eso está muy bien, tío. Pero en serio, comes demasiada comida zhuyinesa. Al es una mala influencia –rio Kirby.

–Eso dice él de ti –respondió Matt–. Y Samia dice que no toda la comida zhuyinesa es mala.

–Cierto, cierto. Pero tú solo comes la mala y lo sabemos todos.

Matt se encogió de hombros. Dejó que Kirby charlase un poco y, mientras lo hacía, el isleño pensó en Jane.

–Oye, perdona que interrumpa –cortó Matt, dejando a su amigo un poco de tiempo para que respirase–, ¿conoces a algún Graduado? Es que en mi trabajo no hay nadie que yo sepa.

–Pues sí, a alguno conozco, ¿por?

–Para ver si me haría el brazo más barato –explicó el isleño, no siendo del todo deshonesto.

–Bueno, el hermano de mi jefa es un Rechicero. Si quieres, hablo con ella y hago que él se ponga en contacto contigo. Creo que vive en Noctua, eso sí.

–No pasa nada. Tío, un par de horas en tren es bastante mejor que una vida sin brazo.

–Sí –sonrió Kirby al otro lado de la línea–. Bueno, tío, que tengo que volver al trabajo, ¿vale? Cuídate. Este viernes vamos Samia y yo a visitarte, ¿va? Y no vamos a ir a cenar al Duguó o como demonios se llame ese sitio.

–Vale, venga, un abrazo.

–Ni te vamos a dejar encargar la cena de ahí –añadió Kirby antes de que Matt pudiese colgar. Tanto uno como el otro soltaron una pequeña carcajada.

El chico tomó aire y se rascó el cráneo. Ahora tenía que llamar a su jefe. No era tanto que le desagradase como que no le hacía gracia.

Lenta pero seguramente, tecleó con sus gruesos dedos el número del trabajo. Quería coger un par de días extra para aclararse la cabeza.

–¿Diga? –ladró una voz nada más descolgar.

El jefe de Matt era un hombre malhumorado pero agradable. Físicamente era un poco rechoncho, de muy mediana edad, medio calvo, tirando a del todo, y, también, era una de las pocas personas que seguía fumando. Siempre tenía un puro a medio fumar colgando del labio. Matt había hipotetizado que el puro era mágico, porque siempre, invariablemente, medía lo mismo. De hecho, Matt se pasó un día entero mirando a su jefe y, tras horas viendo cómo el hombre tomaba caladas, podía estar seguro de que el tamaño no cambiaba.

–Buenos días, señor, soy Matt.

–¡Ah, Matt! ¿Qué tal estás? ¿Mejor?

El joven se mordió la lengua. No podía ser sarcástico con su jefe porque no sabía qué le había pasado exactamente. También, tenía que ser decente porque, bueno, era su jefe.

–Estoy todo lo bien que voy a poder estar durante un tiempo –replicó, midiendo sus palabras. No quería decir qué le había pasado exactamente. No sabía qué haría cuando llegase al trabajo. Alguna manera encontraría de ocultarlo. Por eso quería huir un poco.

–Me alegro, chaval. Pues mira, vamos a necesitar que vuelvas en cuanto puedas. ¿Mañana?

Matt se quedó en silencio un momento. Como era frecuente, ganó la cobardía del chico.

–De acuerdo –resopló el isleño.

“No puedes arriesgarte a perder el trabajo, sobre todo ahora que el estrellato está fuera de tu alcance”, le recordó su cobardía.

–Mañana estaré a primera hora –continuó, sintiendo como sus tripas se retorcían.

–Muchas gracias, Matt.

–De nada, señor.

Matt pudo oír la ira de su jefe al colgar el aparato. No es que estuviese enfadado con él, ni mucho menos. El señor Gray estaba cabreado con todo el mundo, no alguien en concreto. Bueno, de vez en cuando se rebotaba con algún empleado, pero solía haber razones para ello.

Matt pensó un tiempo en el trabajo y decidió olvidarse de él durante un rato bien largo. Cogió un libro y se sentó con él.

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