El miembro fantasma, 17 (La chica)

Hoy había menos gente que de costumbre en la arena que estaba delante de Matt.

No, de hecho, había la misma cantidad de gente, pero no estaban ahí. Parecía que se habían ido al fondo del descampado. O eso o un hueco había avanzado hacia él. Tanto una opción como la otra eran igualmente probables. Lo que sabía seguro era que, en el centro del hueco estaba la chica fantástica.

Sabiendo eso, Matt decidió que tenía que esmerarse y dar su mejor concierto para ella. Lo iría oyendo a medida que llegase y, para cuando estuviese delante de Matt, no tendría otra opción que caer rendida a sus pies.

A cada canción, el hueco se acertaba al batería. Matt lo ignoró. Si no lo hacía, el hueco se alejaría. O eso le decía la parte de atrás de su cabeza. Tenía que seguir tocando para la chica.

Tocó una pieza. Pasó a la siguiente. Cuando se cansó de repetir baterías de otras personas, empezó a golpear como le dio la gana. Al cabo de una hora improvisando, decidió cambiar de instrumento. Se levantó y cogió su bajo. Lo acarició con cariño y subió el volumen al máximo. Pulsó la primera cuerda y el suelo tembló. Arrastró el índice por el mástil, llevando el sonido del bajo del rango de los infrasonidos al de los sonidos audibles.

Matt sonrió e improvisó de nuevo, pasando de tonos graves a tonos agudos, alternando entre haciendo tímpanos vibrar y hacer estómagos temblar.

Quince minutos de trasteo después, la chica fantástica hizo su aparición. Apareció andando a lo lejos, rodeada por un vacío de gente. Anduvo poco a poco hacia Matt, dejando que la gente le abriese paso.

El chico siguió tocando el bajo durante los quince minutos que le llevó a la chica cruzar el descampado, pero en ningún momento apartó los ojos de ella. El pelo de ella era azul hoy, pero parecía que estaba cambiando poco a poco.

Cuando la chica estaba delante del escenario, el bajista dejó de tocar, apoyó el bajo sobre la batería y saltó al suelo. Sonrió lo mejor que pudo y se puso delante de la mujer. La estaba viendo. La tenía delante. No podía desaparecer. Matt no le iba a dejar hacerlo.

–Necesito ayuda –dijo la chica sin dudar–. Necesito tu ayuda.

Matt oyó a la chica, pero se centró en el “tu”. La chica necesitaba su ayuda. La suya en concreto.

–Tengo que salir de aquí –continuó.

–Hombre, no se está tan mal aquí –contestó Matt, mirándose el brazo.

–Tú estás bien aquí porque es tu mundo –explicó–. Yo no.

Matt torció el gesto, adoptando una cara de duda.

–Yo no tendría que estar aquí. Por eso ellos se alejan de mí –aclaró la chica, señalando a las personas que estaban alrededor de Matt y ella.

El isleño miró a la gente. Ninguno estaba mirando a la chica de frente. Era como alguien que llegaba a una fiesta a la que no habían invitado. No, más bien, era como si la hubiesen invitado, pero nadie esperaba que fuese a presentarse. Nadie sabía cómo abordarla y hablar con ella. Así pues, lo más sencillo era evitarla. Ya hablaría la chica con alguien. Y si no, no pasaba nada. Se marcharía y ya.

–¿Y qué puedo hacer? –sonrió Matt, desconcertado.

–Sacarme de aquí –replicó la chica, simple y llanamente.

–¿Cómo?

–Con magia, obviamente –explicó la mujer, sonriendo como un tiburón–. ¿Cómo si no?

–Sí, no, eso ya lo imaginaba, pero…

–Tienes que ir y hablar con un Rechicero o un Graduado.

Matt torció el gesto. Los Graduados no le caían bien. Al isleño le daba la sensación de que se sentían superiores al resto de los mortales. No era cierto en todos los casos. De hecho, como Matt creía que era así, de manera que, gracias al poder de la autosugestión, todas las personas con poderes mágicos le trataban como un ciudadano de segunda categoría.

Los Rechiceros, sin embargo… De hecho, Matt no había tratado con ninguno nunca. Pero estaba seguro de que sería así.

–¿Solo pueden ayudarte ellos?

–¿Tú qué crees? –preguntó la chica fantástica arqueando la ceja.

–Perdón, perdón.

–No pasa nada –sonrió la chica–. A mí tampoco me apasiona tratar con ellos.

–¿Y qué les digo?

–Que hay una persona en tu cabeza.

–No… ¿no me preguntaran cómo llegaste hasta aquí?

–Si lo hacen, basta con que les digas que fue un accidente.

Matt se quedó callado un momento.

–Soy Jane Doe, por cierto –sonrió la chica.

Matt la miró a los ojos, cosa que hizo que el corazón del bajista se derritiese un poquito. No sabía si era la sonrisa o los ojos morados. Hoy eran un poco menos grises que la primera vez que la vio, de hecho, parecía que brillaban. Brillaban como lámparas en una noche nublada y sin luna: artificial pero aseguradoramente. Las luces recalentaban el interior de Matt. Le hacían sentirse no como un titán, pero sí como un muro: estable, pero no sobrenaturalmente.

–Yo Matt –tartamudeó el bajista, esbozando una sonrisa.

–¿Me ayudarás?

Matt asintió enfáticamente.

Jane, la chica fantástica, cogió la mano izquierda del chico y la estrechó con el cariño de una amiga de la infancia.

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