El miembro fantasma, 16 (La chica)

Matt se levantó y se cerró el albornoz. No quería ofender a nadie. “O impresionar”, pensó al tiempo que se tragaba una risa floja y tonta. Era la clase de chiste que su hermano mayor hacía cuando era un adolescente. Y, seguramente, lo seguía haciendo hoy por hoy con su esposa. También, con la misma seguridad, su esposa se reía tanto como lo hacía su madre: nada. Sin embargo, Matt y su padre siempre habían soltado una solitaria carcajada en respuesta.

El chico abrió la puerta y, delante de él, estaba Al.

–¿Qué cojones pasó, tío? –preguntó el zhuyinés, sin rastro del acento que utilizaba en el restaurante– ¿Qué clase de accidente? ¿Te pilló un puto mercancías?

–No, reventó mi ampli.

–¿Y qué hizo? ¿Detonar la ojiva de un misil?

–No, no. De hecho, no sé qué pasó exactamente. Reventó y, de pronto, yo no tenía brazo.

–¿Y no avisaste?

–No quería distraerte –mintió Matt. En realidad, no había pensado en nadie salvo él mismo.

–Ya, ya –resopló Al, claramente molesto.

–Lo siento.

–No pasa nada –mintió de vuelta el camarero.

–Siéntate, hombre –continuó Matt, gesticulando hacia el sofá pobremente. Tampoco le apetecía demasiado estar con nadie, pero era mejor que estar solo.

–Tengo que volver al restaurante.

Más de una vez la pareja había pasado días enteros comiendo, charlando y viendo películas en el sofá cuando se suponía que Al tenía que estar trabajando. Casi siempre era la misma obrita de teatro: Al decía que no podía, Matt arqueaba la ceja, Al se sentaba en el sofá y los dos empezaban a comer. Mientras tanto, el móvil de Al sonaba de fondo y, en el Diguó Palacio, el jefe de Al berreaba desesperado.

Y, sin embargo, Al se quedaba en casa de Matt. A pesar de su comportamiento, también, su jefe seguía sin despedirlo.

“Las ventajas del nepotismo,” había observado tiempo atrás el camarero. Obviamente, era algo que jamás le habría dicho a su tío.

Hoy, sin embargo, Matt no había hecho nada y Al sabía que tenía que quedarse. Su amigo no podía estar solo.

Matt y Al se quedaron un tiempo en silencio. Uno no quería decir nada. El otro no sabía qué decir. Antes de que el silencio se hiciese incómodo, el isleño encendió el televisor.

–¿La teletienda? ¿En serio? –preguntó el zhuyinés al definirse la imagen.

–No había mucho más que ver – se defendió Matt.

–No te habrás comprado nada, espero.

–A ver, no soy imbécil.

Al miró a su amigo y trató de arquear la ceja. Fracasó cómica y estrepitosamente.

Matt se recostó e ignoró a su amigo. Se concentró en el televisor y empezó a comer de una de las cajas que Al le tendió. Los fideos con ternera todavía estaban hirviendo. Matt resopló y trató de coger un vaso de agua. Tristemente, terminó lanzando su comida por toda la habitación y llenando todo de carne, salsa y fideos.

–¡Joder! – masculló.

–No te preocupes, tío –replicó el camarero, levantándose de golpe, como un resorte–. Ya lo hago yo.

Rápidamente, el amigo de Matt recorrió toda la habitación, cogiendo todo y dejándolo en la caja que Matt había lanzado contra la mesilla. Matt resopló y miró al suelo. Tensó la mandíbula y rechinó los dientes con poco menos que odio.

El chico se recostó derrotado y miró a su amigo recoger el estropicio. Al poco desvió la vista hacia el televisor y desconectó.

–Bueno, ¿qué has hecho hoy? –preguntó el amigo de Matt, levantándose.

–Nada. Dormir y llamar a la MetaCorp y compañías de esas.

–Asumo que has llamado a los de prótesis.

–No, he llamado a sus asesores de marketing.

–¿No has considerado hablar con un Graduado? –replicó Al, ignorando el sarcasmo de Matt– Sería lo mejor. Si no, a lo mejor, yo podría echarte un cable.

Al, según su tío, era descendiente de un gran mago oriental y era el único que podía hacer algo de magia. Lo único que Al podía hacer era levitar un alfiler y poco más, pero era algo más que su tío, que envidiaba a su sobrino sobremanera.

–Meh –dijo el isleño, encogiéndose de hombros–. No sé, dicen que la rehabilitación es terrible.

–Ya, pero merecería la pena, ¿no?

Matt se encogió de hombros de nuevo y desconectó. Al comentó cosas y su amigo respondió con gruñidos y sonidos vagamente humanos.

Al cabo de una hora, cuando los amigos habían terminado la comida, Al se disculpó y volvió al trabajo. Prometió volver por la noche con comida.

Matt levantó el brazo a modo de despedida y se quedó mirando al televisor. Oyó cómo se cerraba la puerta y volvió a poner la teletienda, canal que Al había cambiado. Ver a gente más inútil que él le animaba un poco.

A la hora de comer, el isleño fue a la cocina y sacó un plato de sobras de la nevera. Eligió un plato de pasta con jamón. Metió la comida en el microondas y se sentó en el sofá mientras el plato se calentaba.

Antes de darse cuenta, había cerrado los ojos y estaba en su escenario de nuevo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s