El miembro fantasma, 15 (La chica)

La chica estaba delante de él. Era tan hermosa como la última vez. Su sonrisa seguía siendo igual de maravillosa. Era perfecta. Esta vez, el pelo era más morado que rosa, aunque, quizás se debía a la luz.

La chica abrió la boca y dijo algo. Matt no podía oír nada. Le pidió que alzase la voz, pero ningún sonido salió de su garganta. Estaba bloqueada, hecha de plomo helado y le lastraba, mandándole al suelo. Cayó de golpe, golpeándose la mandíbula.

Matt intentó gemir sin éxito. Al levantarse, estaba en el campo. Le sonaba de algo, pero no estaba del todo seguro. Quizás había pasado los veranos ahí, quizás era el patio de su infancia. Podía ser cualquier cosa.

El campo era eterno y dorado. Era una extensión infinita de trigo, que se balanceaba al viento mientras el sol de la tarde brillaba cerca del horizonte. Matt se quedó hipnotizado, mirando todo lo que le rodaba. Detrás de él, había una casa grande, con un porche de madera y un columpio en él, como los pioneros del Valle de los Ángeles siglos atrás. La casa tenía el tejado negro, hecho de pizarra, las ventanas tenían contraventanas verdes. Toda la pared estaba encalada, pero Matt podía ver las vetas de madera desde donde estaba.

El interior de la casa brillaba, dentro alguien había encendido una lamparilla de aceite.

Era la chica. Ella había encendido la luz.

Matt se emocionó y empezó a correr hacia el edificio. El trigo le frenaba, pero no lo suficiente como para pararle. Nada podría pararle. Llegaría a la chica.

Cuando llegó al edificio, andar por el trigo era como andar por una pequeña piscina llena de natillas: podía moverse y llegar a donde quería, pero le dolían las piernas. Y, cuando saliese, estaría pegajoso. Eso, realmente era lo que le molestaba. La última vez que se manchó con natillas estuvo oliendo a vainilla todo el día y quedándose pegado a todo lo que tocaba.

No era una experiencia agradable.

Matt salió del trigo-natillas y subió al porche. Consideró trastear un poco con el columpio, pero prefirió encontrar a la chica con el pelo fantástico. Quería hablar con ella. Tenía que poder hablar con ella. Era… era un imperativo moral para el mundo.

Tomó aire y se frotó la cara. Cruzó el porche y acarició el pomo. Abrió la puerta y sonrió. Podía ver el interior. La luz de la lamparilla brillaba y vibraba.

Cruzó el umbral y se encontró casi a oscuras. Las ventanas no mostraban el campo dorado de trigo-natillas. Era una noche oscura, con una luna escondida detrás de nubes gruesas y ominosas. El campo ya no era tal. Era un desierto.

La habitación, por su parte, estaba abandonada. Abandonada desde hacía años. La mesa que estaba dentro tenía una capa de polvo gruesa encima. La lamparilla estaba en el suelo, destrozada y con cristales desperdigados por toda la habitación.

Matt pudo notar como una parte de él se enfadaba. Inspiró hondo y suprimió la sensación. Se acercó a los restos y la observó.

La chica del pelo fantástico – que era como había decidido llamarla – había estado ahí. Años atrás, quizás, pero había estado ahí. El exbajista se sentó, cansado y miró hacia la puerta.

La puerta, que por fuera había sido verde como la hierba, por dentro estaba de un color que nadie llamaría verde. Era un color muerto y desgastado, sobre todo alrededor del pomo. Los recovecos aún conservaban un poco el verde vivo que estaba al otro lado.

Sin embargo, había un desgaste poco natural en la puerta. Matt se acercó e indagó. Parecían letras. Parecían un mensaje. Matt se concentró. Eran letras, indudablemente.

Si se esforzaba, podría leer lo que ponía.

“Ayúdame”, rezaban los rayajos.

–¡Necesita mi ayuda! ¡La chica del pelo fantástico me necesita! –chilló Matt, incorporándose como si tuviese un pistón en la espalda– ¿Cómo puedo ayudarla? ¿Qué puedo hacer? –murmuró, nervioso.

Tenía que ayudar a la chica, esa era su misión en la vida, le decía su corazón. Tenía que ayudarla. No había vuelta de hoja. Era su deber.

El timbre sonó, descarrilando el pensamiento de Matt.

–¡Uh! El desayuno –sonrió el chico, apartando de su mente su deber.

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