El miembro fantasma, 14 (La chica)

Tres llamadas más tarde, el isleño se desplomó sobre el sofá. Todas las opciones costaban más o menos lo mismo y, aunque tuviesen planes de pago, daba igual. Matt no se lo podía permitir. Al menos no se lo podía permitir si quería seguir con su vida tal y cómo la había vivido hasta ahora.

Irónicamente, si tuviese su brazo y pudiese tocar conciertos, sí podría permitirse pagar por algo como un brazo.

Echó un vistazo a su alrededor. ¿Qué podría vender?

Su batería no. De entrada, estaba rota y arreglarla no era rentable. Para seguir, era como deshacerse de su mejor amigo.

¿El televisor? Quizás. Dependía de cuánto pagasen los museos. Y de si alguien le ayudaba a moverla. En cualquier caso, veía esa opción como poco probable.

Su sofá… Quizás se lo podía vender a algún laboratorio. O al ejército. Seguro que querían desarrollar algún arma biológica. Aunque no pudiesen usarla, seguro que les hacía gracia diseñar una nueva bacteria. Si no, a alguna farmacéutica. Nunca estaba de más tener una nueva enfermedad para vender medicamentos con precios exorbitados.

La mesita de café… La mesita de café era una buena opción, de hecho. Era una mesa de diseño de mediados del siglo pasado. Si encontraba un coleccionista, quizás se la podía vender por diez mil o, con suerte, incluso veinte mil… El chico tomó un apunte y puso la mesita en la lista de “Quizás”.

Bueno, la mesita era una opción. El chico echó un vistazo al resto de la habitación, calculando los precios de todos sus objetos. Los pocos libros que tenía ahora valían menos que el papel sobre el que estaban impresos. Algunos de los cómics que tenía, a lo mejor, tenían algo de valor, pero las condiciones en las que estaban cortaban el precio por la mitad.

–Joder, como no venda mi cama… –murmuró Matt, rascándose el muñón.

La idea de dedicarse al crimen no parecía tan mala, la verdad. Podría ser el… El Manco al Mando, el azote de Nuevo Edén. Matt se rio un poco y se acomodó en el sofá.

Eran casi las diez y media. Quizás debía desayunar algo y no desfallecer en el sofá. Mucho menos en calzoncillos. Sin embargo, el esfuerzo que suponía levantarse, ir a la cocina, preparar algo, ponerlo en un plato y comer lo que fuese… No le resultaba rentable.

Por otro lado, el restaurante de Al no cerraba. Después de todo, muchos de los convecinos de Matt trabajaban a cualquier hora y tenían que comer o, en el caso de los que compraban comida zhuyinesa a eso de las ocho – que era el momento con más movimiento de dinero –, cenar.

–¡Qué carajo! –murmuró Matt, cogiendo el teléfono.

Tecleó el número de “Diguó Palacio”, que había memorizado nada más mudarse al barrio. Lo hizo por varias razones. La primera fue que, al mudarse, durante un mes, su cocina no funcionaba. Para seguir, el número era fácil de recordar. Así, Matt conoció a su primer amigo en la ciudad: Al.  No eran grandes amigos, pero se llevaban bien. Charlaban.

–Diguó, dígame –respondió una voz aburrida al otro lado de la línea. El acento estaba forzado, y esto lo sabría hasta un niño pequeño.

–Buenos días, querría encargar un número 12, un número 59 y un refresco de esos de fresa que tenéis –pidió Matt.

–Excelente elección –si la voz hubiese sido más monótona, Matt se habría quedado dormido–. ¿Cuál es su dirección?

Matt se la recitó al aburrido telefonista.

–Espera, espera –añadió Matt antes de que le colgasen–. ¿Puede traérmelo Al?

–Sí, claro. Vamos, creo que debiera.

–Muchas gracias.

Oyó el “beep” del teléfono y lo lanzó contra el sofá. Al cabo de un par de minutos, derrotado, se levantó y cogió su albornoz. Se lo tiró por encima y esperó. El albornoz no se lo puso tanto por Al como por si al abrir la puerta le veía un vecino. Ya había tenido problemas con eso antes.

Echó un vistazo a su albornoz y, luego, a la carátula de su peli favorita. Eran idénticos. Matt sonrió y buscó unas gafas de sol viejas. Se las puso. Descontando el tono de piel y la longitud del pelo, Matt era idéntico a su ídolo cinematográfico.

Se rio un poco y se volvió a sentar. Cerró los ojos un momento.

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