El miembro fantasma, 13 (La chica)

A las ocho de la mañana, el disco terminó. Matt no solo seguía despierto, sino que no podría dormirse en años, a juzgar por cómo se sentía. Sin embargo, no le hacía mucha gracia levantarse a abrir las contraventanas y poner otro álbum. Moverse le parecía inútil.

Al cabo de un rato, se rascó el muñón y se quitó la camiseta para poder rascárselo mejor. Como siempre, una vez se quitaba la camiseta, dejaba de tener sentido llevar pantalones. Eran más cómodos los calzoncillos.

El isleño empezó a resoplar y tamborilear sobre una mesita.

Cuando el tamborileo dejó de suponer un reto, se acercó a su ordenador y lo encendió. En el hospital le habían dado panfletos acerca de prótesis tanto mecánicas como mágicas. Sin embargo, Matt había perdido el panfleto inmediatamente y no quería volver al hospital otra vez. No era una idea que le animase particularmente.

El ordenador entonó unas notas al encenderse. Al oírlas, Matt supo que todavía tenía, al menos, cinco minutos antes de que el ordenador pudiese funcionar de verdad. El isleño se sentó de nuevo en el sofá y buscó una cadena decente en el televisor. No tuvo éxito, de manera que decidió conformarse y ver la teletienda. Siempre era cómicamente estúpida. Se solía reír cuando la veía.

Cinco anuncios después, el chico recordó que tenía el ordenador encendido y esperándole. Se levantó con la misma energía que un perezoso borracho y, a trompicones, cruzó la habitación. El brillo azul de la pantalla le saludó.

Poco a poco, Matt desplazó el cursor del ratón hasta el icono del navegador y cliqueó. Inmediatamente, la pantalla cambió de color; la foto del primer concierto en el que Matt tocó fue sustituida por una pantalla blanca con una barra en el centro y el logo de un motor de búsqueda inmediatamente encima. Según le habían contado, el nombre del motor era un chiste matemático, pero él nunca lo había pillado, pero tampoco es que le hubiese importado en extremo.

Tecleó de mala manera “prótesis”. Cinco enlaces patrocinados aparecieron en lo más alto de la pantalla. Matt apuntó los números de teléfono de cada compañía. Una vez los tenía a mano, llamó al primer número.

–Buenos días –dijo una voz femenina y alegre al otro lado de la línea. Aun así, Matt podía oír el cansancio en la voz de la joven–, Prótesis MetaCorp y Cía. ¿En qué puedo ayudarle?

–Verá, querría saber cuánto, más o menos, costaría un brazo porque…

–Le paso en seguida con el encargado. Él sabrá decirle –sonrió la vocecita.

Matt se calló y miró al aparato molesto.

“¿Qué sentido tiene que ella no me pueda dar un precio aproximado? Debiera saberlo,” se dijo a sí mismo el chico, algo irritado.

Dejó el teléfono sobre la mesa y lo puso en manos libres. El hilo musical llenó alrededor de un cinco por ciento del volumen de la habitación. Si Matt no se confundía, la pieza en concreto era una versión del primer gran hit de los Pebbles. No era una de sus favoritas, pero no era mala. “Let me be” había sido una canción curiosa al salir: una canción acerca del pasotismo.

De pronto, empezó a oír la canción por duplicado.

“Let me be no tiene dos líneas musicales, ¿no?”, pensó el chico, todavía escuchando la música. Al cabo de un par de minutos, la segunda voz – una mujer – no solo se limitaba a seguir la melodía, sino que estaba empezando a cantar. La voz era de cabaret, potente y melodiosa, llenó la cabeza del chico. Resultaba hipnótica. Lentamente, la voz empezó a crecer sin aumentar su volumen. Encontró el centro del cerebro de Matt, instaló un trono y se sentó, ocupando el centro del chico.

–¿…ahí? – preguntó el teléfono.

El isleño sacudió la cabeza y parpadeó. Abofeteó a la voz que dominaba su cabeza y la echó lo mejor que pudo de su cabeza. La voz, sin embargo, no quería marcharse, se aferró al oído del exbajista. Daba igual que Matt hiciese un esfuerzo activo en olvidarse de la melodía, la vocecilla seguía ahí, haciendo lo que quería, tarareando y distrayendo al chico.

–Perdón, perdón –replicó Matt–. Estaba en otro sitio.

–No pasa nada –respondió el encargado. Tenía una voz nasal e ingenieril–. Quería saber algo de precios, ¿verdad?

–Sí, justo –sonrió Matt.

–Pues a ver, ¿qué precios quería conocer? –continuó. Matt podía imaginarse al hombre desplegando una lista en el ordenador que tenía delante. Una maravillosa plantilla con todo organizado, nombres, planes de pago…

–Brazos. Verá, perdí el brazo izquierdo hace un par de semanas y…

–Hmm –murmuró el chico, claramente no escuchando a su cliente y navegando por su pantalla–. ¿Qué brazo sería?

–El izquierdo –dijo Matt, frotándose el hombro izquierdo.

–De acuerdo, vamos a ver. El precio oscila entre… quince mil y ciento cincuenta mil ukus.

El isleño sintió cómo alguien disparaba contra su estómago. Y, un poco, su cuenta bancaria.

–También podemos ponerle en contacto con alguno de los Graduados que trabaja en nuestras clínicas. Cuesta lo mismo que uno de nuestros brazos de rango medio, pero la instalación lleva mucho más tiempo. Y duele más.

–Me han dicho que los brazos mágicos pueden ser peligrosos.

–Solo si se hace mal –explicó el chico, con una voz que intentaba decir “no se preocupe, los nuestros no lo hacen mal”–. ¿Le interesa?

–Déjeme que lo piense –respondió Matt–. Muchas gracias por la información.

Antes de que el empleado pudiese despedirse del isleño, Matt colgó y dejó el aparato sobre la mesa.

El exbajista se sentó, derrotado y pensó en cómo conseguir que la compañía le pagase el brazo nuevo. Si no, siempre podría dedicarse a una vida llena de crimen, emoción y persecuciones para pagarse el brazo.

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