El miembro fantasma, 12 (La chica)

El exbajista cerró los ojos otra vez, esperando poder volver a su mundo personal. La primera vez no tuvo éxito. La segunda y la tercera tampoco. A la décima se rindió y decidió levantarse.

Echó un vistazo a su alrededor y localizó uno de sus relojes de pared. Miró la hora. Las manecillas se burlaban de él y no las podía colocar como era debido. Podían ser las cinco y media de la mañana o las seis y media. Tanto una hora como la otra le parecían igual de probables. Y ambas, a decir verdad, le parecían ridículamente tempranas.

Se volvió a tumbar y esperó poder volver a dormirse. Se frotó las sienes y cerró los ojos. No había nada ahí salvo oscuridad. Al cabo de unos minutos, supo que no podría volver a dormirse durante lo que quedaba de noche.

El chico se incorporó y resopló. Pensó un poco y se dio cuenta de que no le importaba demasiado. La semana pasada, si esto le hubiese pasado, habría estado acojonado. Su cabeza estaría llena de pensamientos como: “Joder, no voy a rendir hoy en el curro”, “Me va a doler la cabeza todo el día”.

Sin embargo, le resbalaba. Sus pensamientos acerca del trabajo eran irrelevantes; después de todo, no tendría que volver hasta dentro de una semana. Los pensamientos acerca de su estado físico le parecían irrelevantes por razones obvias.

Matt respiró hondo y se levantó. Alcanzó la bolsa de su bajo y sacó el cuerpo de dentro. En la oscuridad de su habitación, el pedazo de madera se veía negro. Si el isleño se hubiese esforzado mucho, quizás podría haber entrevisto el morado real del cuerpo, pero tampoco le molestaba demasiado no ver el color de su bajo. Volvió a sentarse en su sofá y abrazó la madera. Acarició la superficie y agradeció que el esmalte se hubiese aplicado mal. No solo hacía especial y único a su bajo. Lo hacía suyo. Con rozar la madera sabía que estaba a salvo.

Tocó rítmicamente el bajo, como si estuviese pulsando las cuerdas que no volvería a pulsar. Una parte de él lo echaba de menos. La otra estaba resignada e intentando hacerse a la idea de que ya no podría hacer casi nada relacionado con su pasión.

La primera parte estaba viendo cómo su miedo a quedarse atrapado en un trabajo que no le gustaba, bueno, cómo se estaba haciendo realidad. La otra estaba diciéndole que no pasaba nada, que seguramente habría pasado igualmente. Lo único que había pasado es que se había acelerado el proceso y poco más, explicó la segunda parte. Por alguna razón, Matt se imaginaba a esa segunda parte… sonriendo mientras lo decía. Una sonrisa… ¿orgullosa? Sí, seguramente.

Un tiempo después de estar escuchando a sus voces durante suficiente, Matt empezó a intentar vaciar su mente. No quería escuchar a sus voces.

Sin embargo, el intentar vaciar su mente solo le llevó a pensar más en la ausencia de música en su vida. Una mente vacía pedía a gritos ser llenada y lo que la estaba llenando era el hormigueo que Matt notaba en su muñón y pasado él, donde una vez estuvo su mano.

El chico intentó olvidarse del hormigueo poniendo algo de música. Trató de que no estuviese muy alta para no molestar a sus vecinos.

Echó un vistazo a sus opciones. Tenía clásicos y algo de música moderna, pero pensó que, quizás, podía poner algunas de sus grabaciones con Soul Chicken.

Puso el CD en el reproductor y se volvió a sentar en el sofá, con el cuerpo de su bajo sobre el pecho. Como siempre, el bajo abrió la pieza, retumbando como un terremoto contenido en un trozo de madera. Por alguna razón, todas las canciones de Soul Chicken siempre empezaban con el bajo. No era una elección estilística, pero siempre había sido así. Por alguna razón, siempre empezaba Matt.

El isleño sonrió y se escuchó a sí mismo. Recordaba su primera sesión de grabación con Kirby y Samia. Habían decidido grabar una canción que, excepcionalmente, Matt cantaría. La había escrito y compuesto él entera, algo no muy frecuente. Normalmente, Matt se limitaba a componer, no escribir letras. La grabación había sido un infierno. Habían pasado horas intentando grabar, pero todos los cacharros habían estado rotos. El grupo había tenido que esperar hasta la vuelta del técnico y, para cuando llegó ya era de noche. Solo pudieron grabar una de las tres que tenían planeadas.

Lo peor de todo no fue que solo pudiesen grabar Trip, sino que los aparatos no reprodujeron correctamente el bajo de manera que Matt no tenía ningún punto de referencia cuando cantó.

El estrés, recordó el chico, arropó a Matt en cuanto se dio cuenta. Recordó como inspiró, nervioso y desconcertado. Cuando creyó oír su bajo temblar un poco por debajo de su oído, empezó a cantar. Siguió, poco a poco, recitando la letra cuando creía que encajaba. A medida que las notas de Kirby iban acelerando, Matt se iba quedando sin cosas que cantar. Lentamente, la batería frenó y la guitarra se apagó. El isleño resopló y empezó a decirse cosas. “¿Y si ha salido mal? ¿Y si la he cagado? Joder, un día de estudio tirado por el retrete…”

El chico abandonó la sala aislada y pasó al estudio donde estaba el resto del grupo. Todos tenían las caras iluminadas.

“¡Genial, capullo!” chilló Kirby, saltando al cuello de Matt.

“¡Increíble, Matt! ¡Eres un fuera de serie!” añadió Samia, dando un beso al bajista.

Matt sonrió y canturreó la letra por lo bajini.

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