Pared pintada, parte 4

No, no me desperté en un psiquiátrico sin recordar quién era, a pesar de que parecía que era lo que iba a pasar.

No, me desperté en el sofá del apartamento que compartía con Suzette. Lo que sí que no recordaba era que ella se hubiese marchado a trabajar aunque, habiéndome gritado como me gritó la noche anterior, agradecí no haberme topado con ella al despertarse.

Obviamente, ella tenía razón; tendría que haber llegado cuando le prometí, pero yo también tenía razón al explicarle que el caso que tenía entre manos era una de las pagas más fáciles y, proporcionalmente hablando, la más jugosa que había conseguido.

Me levanté de mala manera del sofá e, inmediatamente, me caí de bruces.

–¡Hoder! –mascullé.

Me reincorporé de nuevo y me dirigí a la cocina a trompicones.

–Bendida seas, Suzede –clamé a los cielos.

Por enfadada que estuviese conmigo, mi novia siempre se preocupaba por mí. Anoche debió de haberme visto la nariz y lo destrozada que estaba, de manera que me había dejado un trozo de papel con un encantamiento apuntado. Si lo aplicaba correctamente contra mi nariz, me la repararía. Era la clase de encantamiento que dolía horrores. Sin embargo, yo, gracias a mi pitillera, podía sufrirlos a diario sin, bueno, sufrirlos.

Un “clack” después, podía respirar como era debido y sin sonar como un cornetín.

–¡Vamos allá! –sonreí en cuanto terminé de desayunar.

Mientras iba paseando al trabajo, pensé en la paga extra que, seguramente, no podría cobrar.

Normalmente, por cualquier golpe que me pegaban, cobraba un bonus de entre cincuenta y ciento cincuenta ukus. Sin embargo, si no avisaba, rara vez conseguía cobrarlo a posteriori. Especialmente si no conseguía demostrar que me habían zurrado.

Eso no significaba que no lo fuese a intentar, eso sí.

Crucé Noctua de lado a lado desde el piso de Suzette a mi despacho. Y pensar que un año antes estaba viviendo en lo que, a efectos prácticos, era el armario de mi despacho… ¡Cómo cambian las cosas! Ahora mi viejo apartamento era una oficina de verdad y tenía otro sitio donde pasar las noches.

Subí a mi oficina y me senté detrás de la mesa. Tranquila y pausadamente, puse los zapatos sobre la mesa mientras prendía un pitillo entre mis labios. Eran las once y media. Aún tenía tiempo para prepararme.

Aproveché el silencio para echar un vistazo a lo que me había dado Rocker la noche anterior. Una vez me acostumbré al brillo, pude ver lo que había dentro: una esfera brillante de mil colores a la vez (de los cuales yo no podía ver ninguno) y un librito. El librito, claramente, era las instrucciones para asimilar la experiencia de Bomb-hugger.

Yo aún podía pintar pero, si no podía ver los colores, no tenía sentido. Ese era uno de los precios que había tenido que pagar por mi inmortalidad. No tanto no ver los colores (que también), sino el joie-de-vivre que me había caracterizado pintar tantos años atrás.

Esa alegría estaba en la esfera. La podía sentir. Tiraba de mí. Si hacía lo que el libro decía, lo podría recapturar. Podría volver a disfrutar al coger un pincel.

Era tentador.

Muy tentador.

Me lamí los labios.

Tenía que distraerme.

El problema era que lo único que me podía distraer era el manual de uso de la esfera. Y, conociéndome, si lo leía, intentaría “verificar” si funcionaba realmente.

¿Pago o alegría?

¿Pago o alegría?

–Voy al baño –anuncié para beneficio de ninguno salvo mí.

Me senté en el retrete y leí la única revista que tenía ahí para mis clientes. Algún día debiera cambiarlo. Llevaba unos diez años en el revistero. De hecho, el revistero en el que estaba era más joven que la misma revista. Claramente, tenía que reevaluar mis prioridades profesionales.

Mientras me releía por quinta vez el reportaje de portada (acerca de robo de identidad), oí cómo alguien aporreaba a mi puerta.

–¡Señor Bullitt! –chilló Bomb-hugger desde fuera–¿Puede abrirme?

Me incorporé del retrete y fui hacia la puerta. Sin embargo, antes de levantarme, decidí echar un vistazo al manual de instrucciones.

“La esfera buscará a su dueño original cuando esté cerca de él, así que cuidado con ello” rezaba la primera página.

La esfera, sin embargo, estaba conspicuamente quieta en su caja. ¿Quizás la definición de cerca de Rocker era distinta a la mía?

Por alguna razón, lo dudaba.

–¿Has traído a tu compañero? –pregunté desde mi mesa sin abrir la puerta.

–No. Se ha negado a venir.

–Seguramente porque se sepa culpable –respondí–. Sin embargo, siento decirte que no he encontrado la experiencia que te han robado, chico. Vuelve mañana con tu compañero.

Algún día tendría que empezar a investigar a mis propios clientes. Mi actitud de confianza era algo insana e impráctica.

–¡Joder! –masculló el impostor anteriormente conocido como Bomb-hugger– ¡A tomar por culo!

El imbécil intentó echar mi puerta abajo. Tristemente, lo consiguió. Tristemente para él, No sabía que tenía licencia de armas, de manera que le recibí con una amplísima sonrisa, el índice en el gatillo y el pulgar tirando del martillo.

–Sal de aquí. ¡Ahora! –mascullé, dejando que un poco de ceniza de mi cigarrillo cayese al suelo– En serio, muchacho, no hagas de hoy un día memorable.

Si el mentiroso no había entendido mis palabras, desde luego había entendido al Auto. El lenguaje del plomo es universal.

El chico se tropezó con la puerta al salir.

Mientras el chico corría escaleras abajo, abrí mi armario empotrado. Tenía un par de puertas extra para sustituir rápidamente las que me echaban abajo. Tendría que comprarme unas pocas más en un par de semanas.

Ahora tenía que esperar al verdadero Bomb-hugger. Seguramente vendría a por mí. O a por alguno de mis compañeros de oficio. Así pues, para conseguir que el caso se resolviese rápidamente, llamé a los dos que aún trabajaban y avisé a Suzette. Ella se lo explicaría a la policía y, quien fuese, me reenviaría al artista a mí en cuanto supiese lo que pasaba.

Guardé en mi caja fuerte la experiencia del muchacho en cuanto todos estaban bajo aviso.

No pasó más de media hora cuando llamaron a mi puerta. Esta vez, de manera civilizada y agradable. Lo que hizo mucho ruido fueron los contenidos de la caja fuerte.

–Buenos días, es… ¿es usted Tracer Bullitt? –preguntó un muchacho de mi estatura, rubio y rechoncho.

–Así es. Tú eres Bomb-hugger, ¿verdad?

–¿Cómo lo sabe?

–Soy un investigador privado especializado en magia. Sabía que ibas a venir. Y porque me aseguré de que vinieses aquí.

–Ah, vale, vale –replicó el chico, no particularmente convencido.

–¿Quieres tu experiencia? –sonreí.

La cara del chico era un cuadro precioso. Me arrepentí de no tener una instantánea en mi mesa, como había tenido al empezar a trabajar como investigador.

–Está en esa caja fuerte. Déjame que te la abra e irá a ti –continué, incorporándome.

–Muchas gracias.

–Oye, ¿qué significa la pintada que tengo ahí abajo?

El chico me lo explicó mientras yo metía la combinación en la caja. En cuanto abrí la puerta, sin embargo, como un relámpago, la esfera multicolor salió e impactó contra la cabeza del grafitero, tirándole al suelo y dejándole un poco inconsciente.

La experiencia entró en el muchacho, drenándole de toda la energía que podía tener a las cuatro de la tarde, que no creía que fuese demasiada.

Cuando el muchacho despertó, le expliqué rápidamente lo que había pasado. No en mi lado de la investigación, sino en el suyo, es decir: la única persona en la que confiaba para que le ayudase con su arte le había traicionado. No solo el verdadero Bomb-hugger no se lo tomó bien, sino que no me creyó.

Pero eso no era de mi incumbencia. Lo único que lo era, era que el muchacho me pagase por mis servicios.

–Entonces, ¿cómo lo consiguió? –preguntó el muchacho al terminar de contarle todo lo que sabía.

–Ya te lo he dicho, chaval. Tu colega me pidió que se lo robase al mismo tío al que se lo había comprado.

–¿Y se lo robó?

–No. Se lo pedí educadamente después de que uno de sus hombres me partiese la nariz.

–Ya, claro –replicó Bomb-hugger, chasqueando la lengua.

–Mira, chico, sé hacer magia y soy investigador. Que me partan la nariz y que me la repare mágicamente es el pan mío de cada día. Ahora bien, puedes creerme o no, pero en cualquier caso, yo agradecería un poco de reconocimiento monetario. Si prefieres no pagarme, estás en tu derecho. Ahora bien –añadí–, si no me pagases, yo también estaría en mi derecho de decirle a la policía de Noctua quién es el vándalo grafitero de desvirtúa las paredes de esta nuestra ciudad. Y creo que la multa de una sola de tus pintadas es bastante más cara de lo que yo tengo en mente –sonreí ampliamente.

Sonreí aún más ampliamente cuando el chico sacó cinco billetes de cien de la cartera.

La paga más fácil del último año. Casi compensaba el haber tenido que reponer la puerta y todo.

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