Pared pintada, parte 3

Entré al complejo de apartamentos y seguí las indicaciones de Tyke, que se quedó en la puerta. Me monté en el ascensor y pulsé la tecla apropiada. Con una sacudida, el ascensor chirrió en marcha.

Mientras el ascensor traqueteaba hacia arriba, verifiqué el estado del Auto, asegurándome de que podría disparar si era necesario. Primero tendría que disparar al demonio y después contra su amo. Eso significaba que, seguramente, descuajeringaría a Rocker, pero el demonio estaría quieto durante suficiente tiempo como para que yo pudiese ir a por el As, mi carabina de palanca para lidiar con demonios.

Las puertas de la cabina se abrieron. Lo primero que vi al abrirse éstas fue una mano sujetando dos pitillos. Lo siguiente, la cara de un sonriente Rocker.

–Buenas noches, señor Bullitt. ¿O puedo llamarle por su nombre?

–Haga lo gue guiera –repliqué, guardando ambos cigarros en mi pitillera.

–De, acuerdo. Seamos amigos, Calvin.

Le miré a los ojos y desenfundé.

–No, no, no –sonrió el hombre ampliamente.

Había conocido a Rocker hacía algo más de un año.  La experiencia podría haber sido mejor.

–¿Crees que era el único que tenía mi bar vigilado? ¡Por el amor del Anfitrión! ¡Te dije abiertamente que tenía cámaras! Pero no hablemos de eso. ¿Qué pasa? ¿Qué quieres de mí? Y guarda el arma, por favor. Nuktuk te destrozaría aunque me matases. No tendrías tiempo de amartillar, apuntarle y dispararle antes de que se abalanzase contra ti.

A regañadientes, guardé mi arma y le entregué tanto mi fedora como mi gabardina.

–Sígueme –sonrió tras colgarlo en un armario calefactado.

El imbécil se creía que solo porque conocía mi nombre real, podía tutearme.

El tuteo tampoco me molestaba demasiado, la verdad. Lo que me cabreaba realmente era que supiese mi nombre real. Después de que, aparentemente, Rocker huyese de la ciudad, un demonio menor llamado Kor me había robado el nombre para dárselo a Mephisto – otro demonio, aunque órdenes de magnitud más poderoso, al que tanto Kor como Rocker como yo debíamos un par de favores. En cualquier caso, cualquier Rechicero o Graduado (aún con deshonor, como yo) sabe que un demonio no debiera conocer su nombre real. Para un demonio, la magia de nombres era algo tan natural como respirar lo era para mí. Aunque, con la nariz rota, me costaba bastante.

En cualquier caso, lo que Rocker quería decirme es que sabía algo de mí que no me interesaba que fuese compartido con demonios. Y, aunque no estaba seguro de que él siguiese o no (como dirían los imbéciles de la Universidad) en comunión con fuerzas demoníacas, prefería no arriesgarme a que lo soltase por ahí.

El hombre me guio hasta un salón con una barra y una espectacular colección de licores.

–La gabra siempre dira al monde, ¿no? –pregunté, machacando el cigarrillo que tenía entre los labios.

–¿Perdón? –respondió Rocker, sentándose en un sillón delante de mí.

–La bahra.

–¡Ah! Ya estaba aquí cuando me instalé.

–¿El ligor dambién?

–No, eso lo he ido comprando yo. Pero bueno, Calvin, ¿qué haces aquí? Porque te aseguro que esta vez no he orquestado yo todos los eventos para conseguirlo. Y, como supongo que sabrás, Mephisto no ha tenido nada que ver tampoco con ello.

–Si duviese algo gue ver, me daría miedo –confesé–. Bero no, gomo dices, no esdoy aguí porgue dú me guieras aguí. Esdoy aguí porgue guiero saber bor gué uno de dus… esbihros, subongo, le ha hrobado a un bobre shaval su exberiencia.

–¿Qué? –chilló una mujer desde fuera.

–Te lo explico después, JD –respondió Rocker sin dejar de mirarme–. Pero, básicamente, si te refieres a Bomb-hugger, lo hizo porque nos pagaron para ello. Estamos recaudando fondos. Calvin, vivimos tiempos interesantes y hay que prepararse para ello.

–¿Hrobando exberiencia y drabaho duro?

–No tengo que justificarme. Si lo que quieres es que te devuelva la experiencia que le quitamos al chico, lo haré. Al volarle la tapa de los sesos a Mephisto, me sacaste de un lío de la leche, así que te debo una. Sin embargo, a partir ahora estarías en mi deuda –sonrió el hombre.

–No –le corté–. La bolicía de Nogdua te sigue busgando. Esdamos en dablas, más bien. Yo sé dónde esdás. Bodría avisar.

Me molestaba tener que sacar eso a la luz solo para igualar a Rocker, pero no quería deberle un favor a él.

–De acuerdo, como prefieras, Calvin –replicó, saboreando mi nombre.

En teoría, él no lo podía usar para nada, pero hasta hacía menos de un lustro, este hombre no había tenido ni un ápice de poder mágico. Había conseguido mi talento para hacer encantamientos a través de Mephisto. Cómo lo podía usar, no lo sabía, pero me daba igual. Rocker no era alguien al que debiera tomarme a la ligera.

–¿Guién de bidió lo de Bomb-hugger?

–Su ayudante. Quiere sustituirle o algo así. Creo. Me da igual la motivación que tenga. Mientras se me pague lo suficiente para que pueda seguir organizándome, me basta. En cualquier caso –suspiró, incorporándose–, ahora lo traigo. Mientras tanto, sírvete algo de la barra. No tengo leche ni nata, eso sí, así que, si quieres uno de tus caucásicos, no va a poder ser. ¡JD! ¡Trae el número doce! –añadió, llamando a la mujer que nos había interrumpido antes.

–Gracias –sonreí, preparándome un caucásico sin leche: vodka y kahlúa a partes iguales. El desayuno de los campeones. O, a juzgar por la hora, la cena.

Rocker era un liberalista – un hombre que luchaba por la liberalización de la práctica de la magia – y, a juzgar por la operación que tenía montada, estaba metido en la parte que no iba a luchar por su causa en los tribunales. Tenía un apartamento en Reinas. Eso no era sinónimo de “contratemos un abogado para lidiar con nuestras penurias” sino, más bien, de “contratemos a un cabronazo grande para que le dé una lección a un cabronazo grande pero marginalmente menos que el que hemos contratado nosotros”. De hecho, parecía que Rocker y sus secuaces eran el cabronazo grande al que se contrataba.

–¿Bor gué haces gue lo hagan dus seguaces?

–Así aprenden.

–Y, asumo gue, si basa algo, los gue se meden en el lío son ellos, ¿me eguivogo?

–No, si les pilla la policía, yo doy la cara –mintió descaradamente.

–Me hrefería a las hrepergusiones metafísigas y mágigas –aclaré.

–Ah. Bueno. Sí, eso ayudó a mi decisión de ser solo el cerebro de la operación –respondió el liberalista con una amplísima sonrisa.

Antes de que Rocker terminase la frase una chica, la muchacha que había chillado antes, entró a la sala. Entre las manos, llevaba una caja que brillaba como mil soles.

–JD. Cúbrelo –pidió Rocker al ver cómo me tapaba los ojos–. Bueno, aquí lo tienes, Calvin. Espero que, si volvemos a cruzarnos, no sea en una situación como esta y que podamos hablar de lo que se acerca.

–Sí, sí –repliqué, machacando la copa que me había preparado–. Sagrificios humanos, behros y gados viviendo huntos, hisderia en masa… Lo normal, ¿no?

–Haces bien riéndote ahora, porque de aquí a unos años, todo se va a ir al garete y habrás apreciado tener tu sentido humor. Pero no va a durar mucho más.

–En gualguier gaso, mushas gracias por esdo –respondí, cogiendo el paquete envuelto.

–Nada, Calvin. Pero ten cuidado, no se vaya a enterar alguien más de tu nombre real –replicó Rocker, queriéndolo decir de verdad.

–Me aseguraré de eso. Bor guriosidad, ¿guándo te bagaron bor hrobarle la egsberiencia a Bomb-hugger? –añadí, yendo hacia el armario donde Calvin había guardado mis prendas.

–Cuatro mil. Bueno, me van a pagar. Si no entrego los bienes, no hay pago. Así que, enhorabuena, eres la primera y única persona que me ha costado dinero.

Silbé mientras descolgaba mi calentita y agradable gabardina y me calaba el sombrero.

–Hoder.

–Así es.

Me metí en el ascensor y pensé en si había elegido el lado correcto de la ley cuando me echaron de la Universidad hace tantos años. Era un “y si” distinto al que me solía hacer. Normalmente, consideraba mi vida si hubiese terminado los estudios de la Universidad en lugar de haber obtenido mi bastardización de la inmortalidad. Esta vez, estaba reflexionando acerca del antiguo dicho de “el crimen no paga”. A Rocker, desde luego, sí que le estaba compensando.

Todo sea dicho, yo, como investigador privado, sacaba una cantidad decente de dinero al día. Y aún con todo, estaba considerando subir mis tarifas. Ahora que no había competencia, podría hacerlo. Lo debiera consultar con la almohada y, más importante, con Suzette.

Seguramente, ella no se opondría a que yo ganase más dinero. Ella, desde luego, como agente de la ley, no ganaba demasiado. Lo justo para vivir por su cuenta.

El problema de mi trabajo al que ella más objetaba eran las impredecibles horas de mi vida. Los días de trabajo duro, solía terminar tarde. Entre las dos o las tres de la mañana como temprano. De hecho, lo del talento de Bomb-hugger me había llevado menos de lo que esperaba. Si no lo hubiese tenido Rocker, seguramente habría terminado cosiendo a alguien a tiros. O me habrían partido alguna extremidad.

Afortunadamente, esta no era la clase de caso que terminaba conmigo en un psiquiátrico.

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