Pared pintada, parte 2

Después de una intensa conversación con mi amada pareja, me preparé para salir. La Neblina estaba empezando a surtir efecto. Tenía que saber quién podía robar experiencia a la gente. De hecho, el resto del caso era obvio. Era, aparentemente, un grafitero con talento y puede que famoso, de manera que no decía abiertamente dónde iba a aparecer su siguiente obra de arte. Así pues, alguien tendría que haberle “traicionado” para que se pudiese poner el círculo bien.

Una de dos, o el traidor quería vender la experiencia de Bomb-hugger o la quería para sí.

El porqué era irrelevante en este caso. Lo importante era el cómo.

Bajé a la calle y eché un vistazo al círculo que estaba debajo del grafiti. Tal y como esperaba, había trazas mágicas que me guiarían al que llevó a cabo el encantamiento.

Esto era una práctica relativamente común para todos los investigadores mágicos como yo. Seguir trazas mágicas, no el consumo de sustancias psicotrópicas. Bueno, al menos, que yo supiese.

Empecé a pasear por toda Noctua, con el reconfortante peso del Auto, mi revólver, colgando de mi sobaco derecho. A medida que me acercaba a la persona que había llevado a cabo el hechizo, las trazas de magia eran más intensas.

Encontré al hombre en un bareto de mala muerte. La última vez que entré a un bar como este, a las dos semanas, le volé la cabeza a un demonio. Afortunadamente, este caso no terminaría con la muerte de alguien. O, al menos, no con la muerte de un ser sobrenatural.

Si la gente siguiese fumando como yo, el bareto habría estado lleno de humo. Sin embargo, de lo que si estaba lleno era del olor de la tristeza (la cerveza barata y el licor a las diez de la mañana tienen un olor especial que perdura. Generalmente, se mezcla con el hedor a vómito). En cuanto terminé de atravesar el umbral de la puerta, todas las cabezas se giraron hacia mí. A pesar de ser un bar deprimente, no podía combatir contra el tiempo. Era el último día de la semana y eran las doce de la noche. Era hora de salir de fiesta. O de pulverizar hígados. Y eso era algo que yo sabía hacer excelentemente bien.

Localicé al Graduado o Rechicero en la barra. Era un hombre de estatura media y parecía tener la complexión clásica de un investigador científico o mágico cruzado con una vieja gloria: piel blanca y pastosa y manchas de vómito en la pechera de la camisa.

Me senté en la barra al lado del hombre que dibujó el círculo y pedí un caucásico al barman.

–¿Qué tal? –sonreí, mirando al encantador encantador.

El hombre gruñó sin quitarle la vista a su vaso de, a juzgar por el olor, queroseno envenenado.

–¿Un día duro en el trabajo? –continué.

El hombre replicó con otro gruñido.

–Ah, no, perdón. ¿Un día duro pintando en la calle? – sonreí, dejando que el pitillo que estaba fumándome colgase de la comisura de mi labio, sosteniéndose a duras penas.

El puñetazo del hombre, sin embargo, consiguió que mi cigarrillo saliese volando y tumbarme. Como dice la gente: dos pájaros de un buco.

Caí al suelo y, gracias a mi pitillera, no sentí nada. El encanto de hacer encantamientos poco legales. O éticos.

Antes de que pudiese levantarme del todo para seguirlo, se tropezó con sus cordones y cayó al suelo. Aproveché y salté encima de él, aplastando su pecho. El sonido que hizo al resoplar fue particularmente satisfactorio. El dejarle sin aire me dio un par de segundos extra para poder sacar mi Auto y presionar el cañón contra la sien del imbécil. Si mi corto peso no le mantuvo en el suelo, su aversión al plomo lo hizo.

–Estamos un poco tensos, ¿no? ¡Supongo que arruinarme la jodida pared te hace gracia! – le susurré al oído.

–Eh… ¿Qué? ¡Si ni siquiera se ve nada! –exhaló.

Sonreí.

O solo se le daba bien la magia o le habían dicho que pintase memorizase el círculo para luego pintarlo, porque, desde luego, no era inteligente.

Le cogí del cuello de la camisa y le levanté como bien pude (afortunadamente, me ayudó), asegurándome de que mi Auto no era visible en ningún momento.

–Paga –siseé–. Y discúlpate por el jaleo, ¿entendido?

Lo maravilloso de encañonar a alguien es que hace lo que le dices. Y, si es imbécil, no intenta quitarte el revólver de las manos a pesar de que puede. Aunque, en mi caso, daría igual; si alguien me quitase el Auto sin mi permiso, dolor intolerable es una descripción que se queda increíblemente corta. De nuevo, los encantamientos poco éticos y moralmente cuestionables tienen sus alicientes.

Salimos del bareto. Desafortunadamente, estaba lloviendo. Afortunadamente para mí, yo llevaba la misma gabardina de siempre y la misma raída fedora que cogía todos los días por inercia.

El pintor, sin embargo, iba a pelo.

­–Vas a llevarme a tu jefe ahora mismo –le expliqué al hombre, poniéndome un cigarrillo entre los labios–. A cambio, yo voy a enfundar mi Auto, ¿vale?

El hombre, delante de mí, asintió. En cuanto pensó que había guardado el Auto, se giró e intentó tumbarme de otro puñetazo una vez más. Yo, sin embargo, había intuido que eso podía pasar, de manera que me había alejado de él.

Para mi desgracia, el hombre era deforme y tenía los brazos más largos de lo que parecía.

Aunque mi pitillera me permitiese no sentir dolor, mi cerebro reptil no pudo evitar encogerse al oír el sonoro “clack” que mi nariz hizo al romperse. No quería ni imaginarme lo que me habría pasado si hubiese estado algo más cerca del hombre y hubiese encajado el puñetazo donde él quería colocarlo. Lo peor del golpe es que me había tirado el pitillo al suelo.

Me quité la sangre del labio superior y miré al hombre.

–¿Gué gohones haces? –le dije, salpicándole de sangre.

Mientras su cara pasaba por las emociones de desconcierto, sorpresa, asimilación y cabreo, yo saqué el Auto y se lo apreté contra la frente.

–¿Me vas a llevar o de denho gue ahrangar la gabeza de un diro y busgarme la suerte?

Esta vez la sucesión fue cabreo, desconcierto, asimilación y miedo.

–Vale, vale.

–¿Gómo de llamas?

–Tyke –respondió el hombre, girándose y guiándome por las oscuras calles de Noctua.

–Y guando no estás hodiéndome la fashada, ¿a gué de dedigas?

–Estudio para entrar en la Universidad. Y peleo para sacar dinero. Pero lo que quiero es poder estudiar.

–La Universidad, ¿eh? Yo fui ahí.

–¿Y qué tal? –preguntó Tyke, dividido entre si quería asediarme a preguntas acerca del centro de estudios o si prefería arrancarme la cabeza de un puñetazo. Tendría que cobrarle a Bomb-hugger por estos golpes.

–Bueno. Si haces lo gue de dicen, no va mal. Bero en el momendo en gue de sales de lo gue guieren, esdás hodido.

–Vaya.

–Sí, bero si aguandas, drabaharás en lo gue guieras. Al menos dienes eso.

–Sí. Por eso quiero estudiar ahí.

–Musha suerde.

–Gracias.

Esta vez, cuando guardé el Auto, lo hice sin anunciarlo. Aunque Tyke se hubiese relajado, eso no significaba que no fuese a partirme la cara de nuevo.

–¿Guándo gueda bara llegar? –pregunté al cabo de diez minutos, encendiéndome un nuevo cigarrillo para superar la pérdida del que Tyke me había arrancado de la boca. El muy imbécil me había quitado dos pitillos ya. Uno en el bar, y otro al partirme la nariz. Se lo tendría que explicar–. Me debes dos bidillos, bor cierdo.

–¿Qué? –replicó el luchador.

–Bues eso. Me has ahrangado dos bidillos de la boga con dus buños. Me los debes. Es lo husdo. Bero bueno, da igual. ¿Guándo gueda?

–Ya casi estamos. Y mi jefe te dará los pitillos. Si no te mata antes.

–Lo dudo, mushasho. Madarme es más difícil de lo gue barece.

Otros diez minutos de incómodo silencio más y llegamos a un complejo de apartamentos brutalista.

El hormigón se alzaba hasta el mismo paraíso e, innegablemente, era tanto horrible, como precioso, como fascinante.

–Aquí estamos. El jefe está en la última planta. Le avisaré desde aquí abajo a través del telefonillo, pero yo no voy a subir ni de coña.

–¿Le dienes miedo a du hefe? –sonreí.

–No vas a sonreír cuando le veas. Su familiar y él te van a hacer pedazos.

–¿Por gué grees gue llevo esdo? –respondí, enseñándole el Auto.

–Con eso no matarás a un demonio –dijo Tyke.

–No me hace falda madarlo, shigo. Gon frenarle basda.

Mientras el luchador le explicaba a quien estuviese al otro lado del telefonillo quién era yo y por qué había venido, me paré a pensar.

Yo conocía a alguien que tenía un demonio como familiar. Conociéndome, seguramente, sería esa persona.

No habíamos terminado ni bien ni mal, pero tampoco me hacía demasiada gracia volver a verle.

Al menos, como había matado a Mephisto, el hombre, que respondía al nombre de Peter Rocker, me debía, por lo menos, un favor. Favor que le iba a cobrar sin dudarlo.

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