Pared pintada, parte 1

–Sí, no te preocupes, cariño. Saldré en unos quince minutos, poco más –dije antes de colgar–. Yo también te quiero, claro que sí.

Colgué el aparato y me recosté en mi sillón giratorio.

Llevaba un tiempo con casos aburridos y, la verdad sea dicha, tenía bastantes ganas de irme a casa a pasar la noche con mi pareja. Los casos de los últimos meses habían sido lo normal: destapar infidelidades, fugas de casa, matar demonios descontrolados… Lo normal en mi línea de trabajo. Bueno, la verdad, mi duda era si lo mío era una línea de trabajo o no. Después de todo, pocos investigadores privados sabían tanto de magia como yo. Poco a poco, todos los pocos investigadores privados como yo habían dejado su trabajo para dedicarse a ser testigos de cargo. Pagaba bien y, sobre todo, implicaba menos horas de vigilancia en coches viejos y pequeños.

Y, como cada vez había más crímenes mágicos, tenían más y más trabajo, así que se recibía más dinero. Yo seguía aquí, más que por otra cosa, por hobby. Y porque mis casos cada vez eran más caros. Menos oferta significaba más ukus en mi cartera.

Eso sí, más casos, significaba que me llegaban casos más aburridos o sencillos, así que estaba un poco indeciso acerca de si era bueno o no.

Me guardé el Auto – mi revólver trucado – en la sobaquera y, cuando me estaba preparando a salir, un muchacho me interrumpió. Era un poco tarde para coger un caso, pero podría empezar al día siguiente.

–Em… Perdón, ¿es usted Tracer Bullitt? – preguntó el chico.

–Sí, ¿Qué quieres? ¿Y quién eres?

El muchacho era alto. No solo comparado conmigo, sino comparado con una persona normal. Parecía estar en muy buena forma. Tenía las manos manchadas de tinta y una bolsa de deportes colgada al hombro que hacía un ruido metálico.

–Soy Bomb-hugger. Bueno, ese es mi pseudónimo artístico. Pero da igual. Lo que debiera importar es por qué estoy aquí.

–Vale, lo que sea. Pero dímelo mañana, ¿vale? A las ocho de la mañana o así abro, ¿entendido? –dije, metiéndome un pitillo en la boca y encendiéndolo de un único movimiento. La gente no entendía cómo lo podía hacer y, siendo totalmente honestos, yo tampoco. Suzette, mi novia, decía que era la única magia que yo podía seguir haciendo.

–Necesito que lo haga ahora. Esto… esto me corre prisa.

–Hay que pagar un bonus por eso.

–Me da igual, estoy dispuesto a pagar. ¡Necesito que haga esto ahora! ¡Ya! ¡Joder! Si lo hubiese sabido, le habría dicho que empezase ayer.

–Mira, el extra es de doscientos ukus y los días cuestan más–dije, eligiendo un número al azar para el dinero.

Bomb-hugger suspiró y se sacó la cartera del bolsillo.

–Y serán doscientos cincuenta al día –continué–. Y si empiezo esta noche, en cuanto den las doce de la noche, empieza otro.

Si podía ordeñar al idiota este, lo haría. ¿A quién iba a ir ahora? Solo quedaban dos tíos como yo en toda Noctua y ninguno era comparable a mí. Ellos eran tíos con títulos de academias de pueblucho. Yo tenía un título de Graduado de la Universidad.

Y no había ningún investigador privado con título de Rechicero. Cuando terminaban esa parte de sus estudios eran demasiado pretenciosos como para “denigrarse” para poder ayudar a los demás.

–De acuerdo –resopló Bomb-hugger, sacando billetes–. Le pagaré tres días por adelantado, ¿le parece? –dijo, sacando billetes de la cartera.

–Depende del caso –sonreí. Le había distraído demasiado, quizás.

–Sí, bueno, creo que me han robado mi único talento –explicó.

–¿Y qué talento es ese?

El muchacho no tenía ni idea. Los talentos no se pueden robar. Uno puede renunciar a un talento y entregárselo a un demonio, pero robar un talento mataría tanto al ladrón como al robado. De hecho, ni siquiera un demonio podía robar un talento. Moriría de una manera particularmente lenta y dolorosa.

Ahora bien, las habilidades… Eso era distinto. Uno puede aprender a hacer algo y, teóricamente, alguien podría robarle toda esa experiencia. Sin embargo, yo nunca había oído hablar de algo así. Era lo típico acerca de lo que escribiría un Rechicero. Un artículo acerca de cómo, hipotéticamente, se podía robar la experiencia de alguien sin destrozarles la mente sin acabar con su cordura.

Que yo supiese, nadie lo había hecho, pero para todo hay una primera vez.

–Pinto, dibujo y, bueno, hago grafitis. A lo mejor ha visto uno de los míos por la calle.

–Puede, puede –admití entre bocanadas y caladas–. En cualquier caso, ahora me pongo a ello. Tres días serán suficiente. Lo que sí necesitaré será que me lleves al último grafiti que hiciste. Si no lo veo, no creo que pueda hacer nada, lo siento.

–Vale, pues vamos allá –replicó Bomb-hugger, tendiéndome el dinero.

Lo cogí y guardé inmediatamente en el bolsillo interior de mi gabardina.

Seguí al hombre por la calle y, para mi frustración, no le tuve que seguir demasiado. El muy gilipollas había decidido que su nueva pintada iba a estar en mi edificio.

–¡Manda huevos! –mascullé, apretando el filtro de mi pitillo con los dientes.

–Perdón –respondió Bomb-hugger, encogiéndose de hombros y sonriendo forzadamente.

El imbécil había venido a por mí por comodidad, no por otra razón. Pero bueno, eso no significaba que fuese a ignorarle. Me había pagado ya, así que tenía que trabajar.

Eché un vistazo al grafiti. Debajo de la pintura podía apreciar el morado de la magia. Yo, como daltónico que era (es lo que tiene hacer un pacto con un demoníaco demonio) no podía ver los colores. Sin embargo, algo quedaba de mi ya perdido talento mágico (pérdida relacionada al ya mencionado demonio), de manera que podía ver restos y trazas de magia. Cuando tomaba Neblinas (mi sustancia psicotrópica favorita), era todavía más obvio y podía ver encantamientos viejos o latentes.

En cualquier caso, el círculo con el que le habían robado a este hombre su experiencia había sido activado muy recientemente. Podría haberlo deducido solo por el intenso brillo morado, que desaparecería en unas horas. Pero la señal más clara era que la pintura del estúpido grafiti seguía húmeda.

Asumí que debía ser crítica social o algo así, pero a saber. Era una rata saltando en paracaídas con un gato abajo esperándole. El gato, obviamente, tenía la boca abierta y cuchillo y tenedor.

–¿Y qué significa? –pregunté más que nada para que Bomb-hugger se distrajese. Mientras tanto, eché un vistazo al círculo que estaba debajo de la pintura. Lo tenían que haber pintado mientras yo estaba en la oficina, porque no había visto nada esta mañana al llegar.

–Pues es un análisis… –comenzó el chico un poco dubitativo.

Sep. Pretencioso como él solito.

Para seguir este encantamiento iba a necesitar una Neblina roja o azul. Una morada sería demasiado. Las Neblinas moradas me dejaban casi muerto, de manera que podía proyectarme astralmente para ver las cosas. Las rojas y azules simplemente potenciaban mis sentidos. Es cierto que, si trituraba una morada y me la aplicaba correctamente sobre la piel, conseguía el mismo efecto, pero las Neblinas moradas eran bastante más caras que las rojas y azules.

–… el verde del paracaídas representa… –continuó Bomb-hugger mientras yo sacaba mi pastillero.

–… mientras que los cubiertos del gato simbolizan… –prosiguió mientras yo me tomaba una Neblina. El chico parecía haber memorizado la explicación, como si eso lo hiciese más sencillo.

–Sí, claro. Te das cuenta de que a mí solo me parece una curiosidad, ¿no? O sea, no está mal, pero no lo entiendo. Lo siento. Puede que sea algo enrevesado para la gente.

–Pe… pero… –murmuró el artista.

–No te digo que sea malo, chico. Lo que pasa es que no se entiende fácilmente –respondí intentando calmarle al tiempo que le daba una última calada a mi pitillo.

La Neblina tardaría un poco en tener efecto, de manera que intenté calmar a Bomb-hugger, que estaba sollozando. Lo estaba forzando un poco, pero los artistas son especiales.

–Mira, muchacho, es una chulada, ¿sabes? Pero no tienes control sobre el significado. Puedes explicarlo, y tu opinión es importante, innegablemente, pero no puedes controlar lo que la gente entiende. Lo siento, chico. Si lo haces más específico, el resultado será más cercano a lo que quieres, pero si es así de vago y difuso, no hay mucho que hacer.

–¿Y cómo lo sabe? –por alguna razón, el muchacho me seguía tratando con respeto, a pesar de su cabreo y frustración.

–Porque yo pintaba. Y a mí sí que me quitaron el talento. De verdad. Al menos le arranqué la cara al cabrón que lo hizo. En cualquier caso, a ti parece que te han quitado la experiencia.

–¿Y puede hacer algo?

–Obviamente, pero no va a ser algo rápido. De entrada, tenemos que esperar a que pueda ver bien el círculo que han usado para robarte. También, ¿hay alguien que te quiera hacer daño?

–No. No que yo sepa, al menos.

–Y cuando trabajas en esto, ¿hay alguien que te ayuda?

–Bueno, un amigo mío me ayuda de vez en cuando, pero poco más –respondió, no muy convencido.

–Vale. Pues quiero que me lo traigas mañana a las doce aquí, ¿entendido?

–¿Por qué?

Arqueé la ceja en respuesta y subí a mi oficina. Tenía que avisar a Suzette de que no podría ir hoy. No iba a ser una conversación agradable.

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