El miembro fantasma, 10 (El accidente)

Matt volvió a su apartamento en cuanto terminó de cenar. Ni Kirby ni Samia se opusieron a ello. Tenía que descansar y, francamente, no había sido tan divertido estar con Matt como lo era antes.

Obviamente, ni Kirby ni Samia le dirían a Matt que se había vuelto aburrido, pero lo estaban pensando. Matt lo sabía. Conocía a sus amigos. Se habían aburrido. Le seguían queriendo, pero no querían estar con él tanto como antes.

La verdad, Matt no podía culparles. Era verdad que ahora era más aburrido, pero nadie podía echárselo en cara, ¿no? Y aunque alguien lo fuese a hacer, daba igual. ¿Qué sabrían esas personas?

El trayecto de vuelta a su apartamento fue más corto que el de ida al restaurante. La calle estaba un poco más llena de gente. Personas que, por fin, salían de trabajar y se iban a sus casas a cenar o a alguno de los restaurantes de la zona. Ciertas personas, distinguibles por ir en grupos que reían, iban a algún bareto de los que estaban escondidos en las callejuelas de Nuevo Edén. Todos los que había por la casa de Matt eran locales de música en directo. De hecho, fue en uno de ellos donde Matt conoció a Kirby y Samia.

La pareja, que todavía no era una pareja, estaba tocando un “rythm’n blues” cuando Matt entró. Era una versión de los “Mossy Pebbles”. Los Pebbles, como les llamaba Matt, no eran un gran grupo, pero habían tenido mucho éxito porque habían sido los primeros en tocar música pop. Matt recordaba que de niño le encantaban. Y seguían gustándole, pero no eran lo que una vez fueron en su cabeza.

Matt abrió la puerta y dio la luz. Encima de la mesita, rodeado de las chapas que no había tirado unas horas antes, estaba el cuerpo de su bajo. El isleño lo cogió y lanzó sobre el sillón. Se tumbó en el sofá y cerró los ojos. Sin embargo, tardó un rato en poder dormirse, cosa que le molestó. Quería volver a la chica. No quería tocar delante de su público.

La quería a ella.

Quería a la chica con la sonrisa salvadora.

Sin embargo, no fue a su mundo feliz. Se quedó en los bordes. Se quedó al límite. Matt lo sabía. Detrás de una sombra estaba su mundo y, en él, estaba ella. Pero él no estaba ahí. El bajista estaba en un sitio entre el mundo de la música y su propio reino onírico.

La frontera entre mundos era rara. Matt no había estado ahí antes. No había normas. Todas las normas que Matt siempre seguía no se aplicaban. Si iba hacia delante, iba hacia abajo. Si se movía a la derecha, también iba hacia abajo, pero si daba un paso a la izquierda (arriba) y luego a la derecha, iba hacia atrás en el tiempo.

Matt pasó unos cuantos minutos intentando averiguar cómo funcionaba la frontera. Una vez lo determinó, empezó a intentar salir de ella para volver a su mundo y a la salvadora. O, por lo menos, al mundo de la música. Tenía que salir de la frontera. No era un lugar agradable en el que estar. No tanto por las normas inconexas que lo regían – que no ayudaban–, como por la falta de control que Matt sentía.

Se acercó a su lado de la frontera. Al otro lado de la sombra, veía la verja que delimitaba su sueño. Matt pensó. Su mente era un concierto, ¿verdad? Si era un concierto, entonces, lógicamente, tenía que haber una manera de entrar ahí. O, al menos, una manera de colarse. ¿Cuántas veces se había colado él en conciertos? Más de las que podía contar.

–De acuerdo –se dijo–, saltaré por encima de la verja.

El bajista se dio una voltereta y se encontró, como debía ser, a punto de golpearse contra la valla. Tendió las manos hacia los lados y se aferró a la rejilla.

Sonrió cuando estaba seguro de que, en efecto, estaba colgado de la verja y que podía treparla.

–Perfecto –dijo, sonriendo.

Miró hacia arriba y perdió su optimismo. La reja de alambre no tenía fin. Se extendía infinitamente tanto hacia arriba como hacia abajo.

El bajista consideró las opciones. Podía empezar a trepar hacia arriba, hacia abajo o hacia los lados. Sin embargo, no le hacía particular gracia trepar infinitamente.

Pensó un poco y determinó que la mejor manera de escapar de su predicamento era despertarse, pero, como todo, era más fácil decirlo que hacerlo.

Matt resopló.

Estaba atrapado y sus brazos estaban empezando a dormirse. Por qué se estaban durmiendo si él estaba dormido no lo sabía, pero daba igual.

Al cabo de un tiempo, demasiado como para haber llevado lo cuenta, pero no lo suficiente como para desesperarse, los brazos de Matt dejaron de responder a las órdenes de su cerebro.

Cayó y, al hacerlo, supo que una vez llegase al suelo (que estaba ahí, en alguna parte), todo daría igual.

La caída era una sentencia.

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