El miembro fantasma, 9 (El accidente)

Matt sacudió la cabeza y miró de un lado a otro, asustando a sus amigos. Aunque, si alguien le hubiese preguntado a Kirby, habría confesado que Matt parecía un cachorrito desconcertado.

–¿Estás bien, tío?

–Sí, sí. Es que he notado algo en el brazo –contestó Matt.

–Te habrás dado un golpe –explicó Samia.

–No, no he notado nada en el brazo derecho –continuó Matt–. Estoy hablando del brazo izquierdo.

–Los médicos nos dijeron que podría pasar. Al parecer suele pasar con los amputados –explicó Kirby–. Dijo que seguramente te pasaría. De hecho, dijo que le sorprendería si no te pasaba.

–No, no estoy hablando de notar un hormigueo –replicó Matt–. Lo que quiero decir es que alguien me ha estrechado la muñeca.

–Te lo estarás imaginando, tío. No te preocupes.

–Sí, relájate –continuó Samia, abrazando al isleño.

Matt agradeció el cariño de sus amigos e intentó olvidarse del estrechón de muñeca. Les siguió por la calle, escuchándoles mientras hablaban del estado de la ciudad, cómo los liberalistas abogaban por menos control sobre la magia y, en los últimos días, sus trabajos se habían visto afectados por algunos manifestantes liberalistas.

Matt asintió haciendo ver que seguía la conversación de sus amigos, aunque, si le hubiesen preguntado de qué estaban hablando, Matt habría dicho que estaban hablando de algo relacionado a movimientos políticos.

–A ver, yo no me opongo, pero… –oyó Matt e, inmediatamente, desconectó.

–… si los periódicos contasen… –oyó de nuevo cuando quiso verificar, cinco minutos más tarde, si podía volver a la conversación.

Entraron al restaurante y Matt se sentó en su mesa favorita. No la tenía exactamente reservada, pero si estaba libre, siempre se sentaba ahí.

El camarero se acercó al grupo de amigos y les dejó los menús delante, aunque ya sabía, al menos, lo que el isleño iba a pedir.

–¡Señor! –dijo el camarero al ver a Matt, intentando marcar su acento extranjero y fracasando estrepitosamente– ¿Qué ha pasado?

–Un accidente –replicó el exbajista, devolviendo el menú al camarero.

–¡Hombre, supongo que no sería a propósito! ¿Estás bien?

–Sí, sí. Gracias.

El camarero se retiró a la cocina algo trastocado y empezó a hablar con el cocinero en zhuyinés, su idioma natal. A Matt siempre le había sonado muy agresivo y rápido, como un caniche chillando a su amo, pero con muchas más vocales. El idioma siempre le sonaba algo triste, pero no mucho.

–¡Oye! ¡No nos ha preguntado qué queríamos beber! –exclamó Kirby.

Matt se encogió de hombros lo mejor que pudo y empezó a trastear con los palillos. Al verlos había determinado que aprendería a separarlos con una sola mano. Cuando Samia hizo amago de ayudarle, el chico miró a su amiga.

–¿Quieres hacerlo solo? –preguntó la chica, un poco asustada en cuanto descifró la mirada.

Matt asintió.

–Vale –sonrió la batería–. Si quieres ayuda, avisa.

El chico asintió de nuevo y dejó que sus amigos decidiesen lo que iban a cenar. Cogió los palillos e introdujo el corazón entre ambos palillos. Comenzó a deslizar el dedo hacia la unión entre los palillos hasta oír el “clack” que marcaba la separación. Una vez lo oyó, sonrió. Lo único que tenía que hacer ahora era cogerlos y practicar un poco.

Acarició la madera de los palillos y notó las vetas.

–Disculpen, se me ha olvidado preguntarles si querían algo de beber –sonrió el camarero, claramente tenso. El hombre estaba, de hecho, tan nervioso que se había olvidado de enmascarar su ausencia de acento zhuyinés.

En realidad, no era tanto un acento como olvidarse de usar los fonemas correctos de vez en cuando.

–Gracias, Al –replicó Matt–. Yo, excepcionalmente, tomaré un vaso de agua esta noche.

Al, que se hacía llamar así porque era la primera sílaba de su nombre real, asintió y miró a los amigos de Matt. Tanto para Al como para Matt, todo lo de que el camarero tutease a todos era un peñazo. Al y Matt eran, a falta de mejor palabra, amigos y, cuando el isleño comía ahí, Al solía acompañarle en la mesa.

–Yo tomaré una cerveza y la señorita una limonada rosa –pidió Kirby.

–Excelente –terminó Al–. Cuando sepan lo que van a comer, hagan un gesto y vendré.

–Muchas gracias –corearon los miembros de Soul Chicken.

El restaurante estaba en silencio, lo que permitía a los miembros hablar a un nivel razonable.

–Da un poco de pena todo esto, ¿no? –dijo el guitarrista.

–¿El qué? –preguntó el isleño.

–Como está –explicó Kirby.

–¡Ah! –contestó Matt– Hombre, la semana acaba de empezar y es bastante temprano, es lógico que esté vacío.

–No, si no es eso. Digo el aspecto –continuó Kirby, leyendo la carta y decidiendo si tomar un número 37 o un número 73.

Matt echó un vistazo al local. Kirby tenía un poco de razón. El restaurante era oscuro y no parecía muy limpio. Daba igual que lo estuviese. Parecía que alguien había cogido una discoteca y había distribuido mesas por toda la pista sin tener en cuenta si era fácil o no moverse por el lugar. A pesar de ello, cuando uno veía a Al desplazarse entre las mesas, todas esas preocupaciones abandonaban la mente.

­–Bueno, supongo que como la comida es buena, no se molestarán en la imagen –intentó Matt. En realidad, todo era parte del juego al que Al y su familia jugaban. Tenían que dar una imagen y ¡por Dios la iban a dar!

–Ya, pero la imagen es fundamental. Piensa en Sect, el grupo ese de “rock” duro que nos teloneó el año pasado. Consiguieron un contrato rapidísimo porque tenían una imagen que volvía loco al público.

Matt resopló y decidió conceder la batalla y no explicar todo lo que Al le había contado tiempo atrás.

–Supongo. Bueno, ¿sabéis lo que vais a tomar? –continuó Matt, preparándose para avisar a Al.

Kirby se encogió de hombros y Samia murmuró un “sí”.

–Genial.

El camarero se acercó a la mesa y sacó un cuadernito y bolígrafo. Sonrió y miró a sus únicos clientes.

–Tomaré lo de siempre –comenzó Matt.

–Excelente –replicó Al.

–Yo… yo tomaré un 20 y un 73. La señorita tomará… –dijo Kirby, mirando a su novia.

–Un 6 y un 66 –sonrió Samia, tendiendo la carta al camarero.

Al sonrió, cogió los menús de Kirby y Samia y volvió a la cocina.

–Vienes demasiado aquí –observó Kirby, mirando a Matt.

–No tanto –se defendió Matt, mintiendo descaradamente–. Lo que pasa es que Al tiene muy buena memoria.

Kirby intentó arquear la ceja y fracasó estrepitosamente.

–Venga ya, no mientas –rio Samia–. El camarero no te ha hecho la ola cuando has entrado porque solo estaba él.

Matt se retrajo un poco y agradeció la distracción que supuso la vuelta de Al con las bebidas y los entrantes.

–Perdonen el retraso con las bebidas –dijo el camarero, vaciando la bandeja a una velocidad sobrehumana. Los  platos y vasos tintinearon sobre la mesa al colocarse. El último sonido fue la cuchara para la sopa de Matt al golpear el bajo-plato del bol.

–Que aproveche –continuó Al antes de retirarse a la cocina una vez más. En cuanto llegó, la conversación que, cinco minutos atrás había parado, se reanudó.

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