El miembro fantasma, 6 (El accidente)

Matt abrió los ojos en su mundillo. Al contrario que los mundos oníricos que se veían en las series y las películas – desordenados, ilógicos e irracionales –, el paraíso de Matt era sencillo. Había una enorme batería en el centro de donde salían caminos. Cerca de ella, pero no tan centrado, se podía ver un gigantesco contrabajo como el que sustituyó por el bajo que perdió unos días atrás.

La batería, obviamente, también era un escenario donde Matt podía tocar la batería sin que la muñeca izquierda se resintiese. Era el único sitio donde podía seguir cogiendo baquetas y marcar el ritmo como el dios del parche que podría haber sido.

Matt se acercó al taburete delante de la batería que estaba en el escenario-batería. Lo miró de arriba abajo. Las patas estaban hechas de un metal del color del arcoíris. No era titanio. Era el metal de seguridad que usaban en la Universidad. Pero daba igual. El taburete de Matt no estaba hecho del metal de color arcoíris por su aspecto o su resistencia a la magia, sino porque había sido su primer taburete. Se había roto poco después de comprarlo, pero seguía siendo el taburete de Matt.

Cruzadas sobre la caja estaban apoyadas dos baquetas. No eran las primeras baquetas de Matt. Eran las mejores que había tenido nunca. La casa que las hacía quebró poco después de que Matt dejase de tocar la batería, de manera que éstas eran las únicas que Matt podía coger ahora.

El chico cogió las baquetas, se sentó delante del conjunto de cajas y parches y lanzó los trozos de madera al aire. Giraron un par de veces y cayeron en las manos de Matt. Para cuando cerró sus gruesos dedos sobre las baquetas, había un público que ocupaba todo su mundo.

Matt vio los miles de miles de ojos que le miraban. Todos le estaban mirando, pero, y de esto estaba seguro, había un par de ojos que no le miraban. Esa pareja le estaba observando, como una leona sopesando a una gacela y asegurándose de que tiene patitas frágiles, débiles y sin aguante.

Al ex-batería y, también, exbajista no le gustó esa sensación. Intentó creer que se la estaba imaginando, que su mundo perfecto no podía deshacerse. No cuando lo necesitaba más que nunca. Se concentró en las baquetas y la batería que tenía delante. Sin embargo, cuanto más se centraba en su música, más le distraía la sensación.

Terminó la pieza y se levantó. Saltó del escenario y el público le abrió paso. Localizó el origen de la atenta mirada lo mejor que pudo y fue hacia ella. Parecía estar al lado de las verjas, el borde de su mundo. Bueno, no. Había más cosas ahí fuera, pero no eran suyas. Lo que estaba ahí era el mundo de la música. Como siempre, esto era algo que Matt solo podía saber cuando soñaba. Una vez despertaba, creía que era suyo porque nunca había visto a nadie ahí.

Llegó a la zona desde donde le estaban mirando. Había un vacío en la marea de gente. En el centro, había una chica. Medía… menos que Matt. El pelo rosa de la chica, que le llegaba a la base del cráneo, enmarcaba una cara ovalada y asustada. Al ver a Matt, la muchacha sonrió una sonrisa perfecta. Era una sonrisa que habría calentado el corazón y la vida del asesino más desalmado. Le habría dado sentido a la vida de un hombre al borde del abismo. Era la sonrisa de una salvadora.

Matt le devolvió la sonrisa a la muchacha y empezó a acercarse a ella. El círculo se agrandó y, al llegar a la chica, Matt no podía ver a ninguno de sus fans imaginarios.

Matt miró a la chica a los ojos. Eran de un morado pálido, casi lila, con motas grises. No era un color que llamase la atención. Pero en la cara de la chica, eran únicos. Solo ella podía tener esos ojos. Sí, muchos Graduados tenían los ojos de ese color, pero solo la chica podía tener esos ojos. Eran suyos y nadie más podía tener unos ojos comparables a los de ella.

La chica agarró el brazo izquierdo de Matt y dijo algo que Matt no oyó por encima del timbre de su casa.

El bajista se levantó y fue a la puerta, sintiendo el apretón que la chica le había dado en la muñeca.

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