El miembro fantasma, 5 (El accidente)

La casa de Matt, como siempre, estaba vacía y oscura cuando llegó. Subió las persianas y tiró lo que quedaba de su bajo encima del sofá. Se acercó el taburete de su vieja batería al sillón, se sentó sobre el último y apoyó los pies sobre el primero. Alcanzó el mando del televisor y lo encendió. Buscó una cadena que pusiese dibujos animados y desconectó mientras un colorido reparto de animales conversaba acerca de la importancia de la lealtad y la amistad. La serie no era excelente, pero no era mala.

Al cabo de un rato, Matt cerró los ojos.

Inmediatamente, el teléfono fijo chilló, sacándolo de su oscuro mundo.

El hombre se frotó los ojos y se incorporó. Dio un par de tumbos y se plantó delante del aparato. Gimió un “diga” a modo de respuesta y esperó.

–Matt, ¿te has ido del hospital? –era Kirby.

El bajista asintió. Luego se dio cuenta de que no había manera de que su amigo supiese lo que estaba haciendo.

–Sí.

–Pero no te habían dado el alta.

–Ya, pero pasaba de quedarme ahí y no me pueden obligar a ello.

–No, no, si te entiendo, pero podrías habérnoslo dicho a Samia o a mí –continuó Kirby, claramente preocupado y un poco dolido por la falta de consideración de su amigo.

–Supongo. Lo siento.

–No pasa nada –suspiró Kirby–. ¿Qué te parecería quedar para tomar algo esta noche?

Matt resopló.

–Si quieres podemos ir a tu casa. Llevamos unas cervezas y las tomamos delante del televisor.

Matt podía oír como los engranajes de la cabeza de Kirby giraban violentamente, intentando buscar una actividad que pudiese animar al bajista y que no requiriese el uso de dos brazos. No parecía estar dando un gran resultado.

–Como veas.

Kirby no dijo nada durante unos segundos.

–Iremos en dos horas o así, ¿va?

Matt murmuró algo ininteligible a modo de respuesta, colgó y se dejó caer de nuevo sobre el sofá. Esta vez no solo consiguió cerrar los ojos, sino que también consiguió huir al mundo de los sueños.

Una de las diferencias entre sus sueños y su mundo musical era que en sus sueños seguía teniendo su brazo.

La otra era que sus sueños eran genuinamente suyos.

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