El miembro fantasma, 4 (El accidente)

Matt pasó un par de días en la habitación, no pudiendo dormir del todo ningún día. Cuando, finalmente, se cansó del hospital y le desenchufaron el goteo, cogió las pocas cosas que habían traído con él los paramédicos y se fue del edificio.

–Perdone –dijo una enfermera–, pero no puede irse sin más.

–Sí que puedo –contestó el bajista.

La mujer, suficientemente mayor que Matt como para ser su madre, se quedó desconcertada. Normalmente, cuando le decía a un enfermo que no se podía ir, le hacían caso.

–Mi vida no peligra, puedo hacer lo que me venga en gana –continuó Matt, intentando ponerse la chaqueta con un solo brazo.

La enfermera se apiadó del isleño y le ayudó. El bajista murmuró un “gracias” de mala manera y salió.

–Si necesita cualquier cosa, estamos aquí –chilló la enfermera al joven mientras bajaba las escaleras de entrada.

Matt se metió la mano en el bolsillo y pensó en sus amigos. Kirby y Samia habían pasado todo el fin de semana con él, pero habían tenido que irse a trabajar. A Matt, obviamente, le habían dado una baja. Lo que no le habían dado, sin embargo, era un brazo nuevo, que era lo que quería de verdad.

La verdad, estaba cabreado. Habían estado tan cerca de conseguir un contrato… Si lo hubiesen conseguido, los tres amigos podrían haber dejado sus oficinas para siempre. Habrían cambiado la monotonía del manejo de datos frente a terminales fijos, anclados a mesas (en el caso de la compañía de Matt, literalmente anclado), por la monotonía de un bus de gira. Una de las dos monotonías tenía algo más de encanto que la otra y, obviamente, no era la de los datos.

En realidad, los que siempre habían querido irse de gira eran Kirby y Samia. A Matt le daba más o menos igual dónde tocase el bajo siempre y cuando pudiese tocar. Podía tocar tanto en Nuevo Edén como en Noctua como lo podía hacer en las islas del sur. Mientras Matt pudiese tocar un instrumento, todo lo demás le daba igual.

Resopló y se intentó ubicar un poco. Echó un vistazo a los letreros de las calles. No encontró ninguno cerca del hospital. Bajó la calle un poco, en busca de un cartel que le pudiese indicar, más o menos, a cuánto estaba de su pequeño apartamento.

Cinco minutos después encontró un pequeño cartel azul. Entre los grafitis pudo discernir que, si su memoria no le fallaba, estaba a una hora y media andando de su casa. Matt bufó y pensó. No le apetecía andar, pero la interacción social que requería parar un taxi se le antojaba ciclópea, por no decir que llevaba la cartera en el bolsillo izquierdo y, para más inri, no creía tener dinero suficiente para permitirse el viaje.

La otra opción era un autobús. Tampoco le hacía demasiada ilusión, pero lo único que quería era irse a casa y poner su música a todo trapo para poder olvidarse de todo. El autobús, por lo menos, era rápido y barato.

Localizó la marquesina y se acurrucó en el banco. Al pasar el primer autobús se dio cuenta de que no había mirado si ninguno de los que paraba ahí le iba a dejar remotamente cerca de su zona. Resignado se levantó y miró el mapa.

Algún imbécil había firmado todo el plástico protector con un rotulador con base de alcohol, de manera que el mapa resultaba invisible debajo del plástico derretido. Tras unos segundos con los ojos entreabiertos determinó que el vehículo que acababa de girar la esquina y se estaba alejando paulatinamente de la parada era el único que le podía dejar cerca de sus barrio. Tendría que quedarse unos veinte minutos más esperando al siguiente.

Se acurrucó de nuevo en el banco e intentó dejar la mente en blanco para, poco a poco, pasar a su mundo musical.

En condiciones normales de presión y temperatura, Matt podía hacerlo en cuestión de minutos, casi segundos. Obviamente, el bajista no estaba en condiciones que se asemejasen remotamente a nada normal, de forma que tardó unos quince minutos.

Desde fuera, el isleño parecía un sonriente mendigo dormido. La camiseta y chaqueta quemadas no hacían, tampoco, nada a su favor.

Por dentro, sin embargo, estaba otra vez en el escenario aferrado a su bajo morado, golpeando las cuerdas, dando notas nunca antes oídas y que jamás volverían a ser oídas. Veía a todos los públicos habidos y por haber. Todos chillaban su nombre y él, el mejor bajista de la historia, sentía las cuerdas metálicas debajo de las yemas de sus dedos. Notaba el entorchado de los cables y como temblaban cuando los pulsaba con su mano derecha. Su pecho resonaba con las notas más graves y sus tripas bailaban con las más agudas. Sus dedos se paseaban por el mástil y acariciaban la madera que estaba debajo de las cuerdas. Cuando las pulsaba mal (las pocas veces que sucedía), su mano izquierda lo notaba y corregía el sonido. Cuando daba un armónico, los huesos de su mano izquierda se retorcían entre los músculos, intentando vibrar de la manera correcta. Lo mejor de todo era que, al contrario que en todos los conciertos en los que había tocado, en sus conciertos, el que importaba era Matt. Ni Kirby ni Samia.

Cuando terminó su primera gran canción, alguien le estrechó la mano izquierda. El isleño se despertó sobresaltado y buscó su mano, pero no estaba ahí, obviamente. Resopló y, antes de que pudiese retraerse de nuevo en su mundo de fantasía, vio cómo llegaba el autobús al que estaba esperando. Se levantó y, de mal humor, alcanzó lo mejor que pudo su dinero.

Dejó el dinero delante del colectivero de mala manera y retó con sus ojos al hombre, bajito y rechoncho, a darle una contestación.

El conductor, escondido detrás de sus gafas de sol de macarrilla, no dijo nada. Se limitó a coger el dinero y darle las vueltas y el billete. Aunque el isleño que tenía delante era manco, seguía sacándole un par de cabezas. Más que nada, lo que asustó de verdad al hombrecillo – que siempre era respondón – fueron los ojos de Matt. El hombrecillo cazaba y la última vez que había visto esos ojos había sido en una osa que estaba protegiendo a sus crías.

Matt se abrió camino hasta un asiento vacío al fondo y se sentó, dejando a su lado la bolsa medio vacía de su bajo. Nadie se quejó de que ocupase dos asientos. Todos, sin embargo, echaron un vistazo al hombre.

La gente que poblaba los autobuses de Nuevo Edén nunca se había caracterizado por su discreción.

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