El miembro fantasma, 3 (El accidente)

Matt se despertó, esperando encontrarse en su casa, rezando porque el accidente no hubiese sido más que una horrible pesadilla.

Aun así, no abrió los ojos de inmediato. Se quedó en su pequeño mundo de oscuridad, pensando en su música y sus instrumentos. Oyó líneas de bajo. Oyó baterías. Oyó voces. Oyó la perfección. Tomó aire y despegó sus párpados.

La habitación del hospital seguía ahí, blanca e impoluta. Echó un vistazo a su alrededor. Kirby y Samia no estaban en ningún sitio. En su lugar había una nota en la mesilla de noche de Matt.

“Hemos bajado a desayunar. El enfermero nos ha dicho que no nos preocupemos por tu desayuno, que ya te lo traerán ellos. Volveremos en nada. Cuídate colega.”

A juzgar por la letra, lo había escrito Kirby. A juzgar por el estilo, sin embargo, lo había dictado Samia. Era de esperar. Siempre trabajaban en equipo.

Matt dejó el papel donde lo había encontrado y buscó el mando del televisor o un libro o cualquier cosa que le pudiese distraer. Relativamente cerca de su cama, sobre el sofá, estaba la novela que Samia había estado leyendo la noche anterior. Era mejor que nada.

Con mucho cuidado, Matt se incorporó. Como siempre hacía al levantarse de la cama, se rascó el brazo izquierdo. Aunque no podía rascárselo, el brazo que ya no era le picaba como todas las mañanas y, para colmo, parecía estar dormido. Sin embargo, era mucho peor que tener el brazo dormido. Al menos, si el brazo se dormía, se solía despertar.

Matt resopló y anduvo hacia el sofá. Era raro. No terminaba de andar como lo había hecho antes. Pensó que esto debía ser lo que sentía un chaval de dos años cuando se incorporaba por primera vez. Y si no lo era, era muy parecido. Le gustaría preguntárselo a alguno, pero no sabría qué le respondería un infante. Por no decir que la conversación sería muy corta una vez se agotase el tema.

Matt cogió el libro y lo inspeccionó.

Era una novela vieja. Seguramente, Samia la había comprado en una librería de viejo. Abrió el libro y empezó a leer. Al cabo de cinco minutos se dio cuenta de que estaba leyendo la misma frase una y otra vez. Al cabo de cinco minutos se dio cuenta de que estaba leyendo la misma frase una y otra vez.

Cansado de ello, lanzó el libro al sofá de nuevo y se sentó. Localizó el mando del televisor y lo encendió. Todos los programas eran idénticos. Sí, los actores cambiaban, las tramas eran distintas, pero a Matt todos le parecían iguales: increíblemente aburridos.

El bajista resopló y se acomodó en la cama. Esperó a que sus amigos volviesen, aunque tampoco esto le emocionaba en particular.

–¿Has dormido bien? –preguntó Kirby cuando vio que su amigo estaba despierto.

Matt respondió con una especie de gruñido que no terminaba de aclarar si había dormido bien o mal. La pareja asumió que, con el sonido, Matt quería decir que sí, que había pasado una noche decente.

–Acabamos de hablar con uno de los doctores que te trató ayer. No creo que lo recuerdes –empezó Samia–, pero ha sido bastante agradable. Habló contigo, al parecer. Dice que pasa de vez en cuando, que hay gente que no termina de estar del todo inconsciente y que se puede hablar con ellos. Te preguntó acerca de tu bajo y de cuánto te gusta la música.

Matt miró a Samia. La chica sonrió y se quedó callada, sin saber qué más podía hacer para animar a su amigo. Kirby se sentó en el sofá y pensó en algo que decir. Al cabo de un par de minutos no se le ocurrió nada, de manera que empezó a mirar al suelo. Samia le imitó.

Al poco, Matt les acompañó.

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