El miembro fantasma, 1 (El accidente)

El batería se movía demasiado rápido para los ojos de Matt. Para cuando se oía el plato, la baqueta del hombre ya estaba golpeando la caja. Matt frunció el ceño y pensó un rato en lo que pudo haber sido.

Cuando se cansó, desvió la mirada al contrabajista. Los dedos del hombre se paseaban por el mástil del instrumento, con el sonido retumbando por toda la sala.

“Tiene dinero el desgraciado”, pensó Matt.

Recordó su viejo contrabajo. Lo había tenido que vender años atrás. Se lamió los labios, que estaban demasiado secos para su gusto, y echó un vistazo a su propio bajo.

Se lo habían hecho a medida, sin trastes y de color morado. No había ninguno parecido en todo Nuevo Edén. Al menos, eso le había dicho el lutier que se lo había hecho.

–¿Qué? ¿Celoso? –le preguntó Kirby, el cantante y guitarrista del grupo de Matt.

Kirby era alto y tenía la clase de musculatura generalmente asociada a deidades clásicas.

–Un poco, la verdad –respondió el bajista, rascándose la muñeca izquierda. Le había estado molestando desde el comienzo del concierto.

– ¿Quieres pedírselo prestado para nuestro número?

– No. Ellos tocan rockabilly. Nosotros no. Quedaría raro.

– Como veas. A mí no me importaría tocar algo en esa línea.

–¿Sin ensayar?

–Cierto –sonrió Kirby.

–Seguramente, cuando terminemos, se lo pida prestado –dijo Matt.

Una vez dijo eso, la sala volvió al relativo silencio del concierto. Matt se centró en su bajo y lo afinó. Le pasó un paño por el cuerpo y lo acarició. Estaba nervioso, como antes de cada concierto. Había dado unos ciento cincuenta en el último año, pero daba igual; sus nervios seguían a flor de piel.

Miró al público y pensó. A juzgar por la cantidad de gente que había ahí fuera, iba a ser un gran día. Todos los miembros de Soul Chicken lo podían sentir en el aire, tanto Kirby, como Matt y como Samia.

El contrabajista de los Starlite Catchers hizo girar su contrabajo mientras el cantante les presentaba. La piel de los músicos brillaba por el sudor, pero las sonrisas eran de felicidad absoluta.

Los Starlite Catchers salieron de escena y desearon buena suerte a los tres miembros de Soul Chicken. Matt asintió y acarició su bajo de nuevo mientras salía. Kirby les dio las gracias abiertamente. Samia murmuró algo y se sentó delante de la batería. No habían podido traer vinilos para el bombo, pero Starlite Catchers tampoco, así que lo único que decoraba el escenario eran la batería y los amplificadores.

El público chilló mientras los músicos se colocaban. El local retumbaba al ritmo que la gente chillaba “Soul Chicken” y se dejaba la garganta.

Matt respiró hondo y pulsó las cuerdas del bajo. Se hizo el silencio entre la gente, solo sonaba la cuarta cuerda, retumbando, haciendo que las cajas torácicas de los presentes vibrasen en armonía. Samia sacudió la cabeza marcando su propio ritmo y empezó a golpear la batería. Dos compases después, la guitarra de Kirby empezó a gemir, octavas y octavas por encima de la base de Matt.

Matt empezó a acelerar el ritmo de sus notas, introduciendo más y más, haciendo que la melodía fuese cada vez más compleja. Mientras las notas llenaban la sala de conciertos, más cosas empezaban a vibrar y resonar con el bajo.

Cuando se cansó de pulsar las cuerdas sin más, empezó a golpearlas. De fondo – muy lejos, casi a galaxias de distancia – podía oír a Kirby cantar y a Samia dar los coros.

Pero él… Él era eterno. Cuando estaba en escena, Matt era eterno. Indestructible. Inmortal. Era como estar en la parte de atrás de una camioneta descubierta, sintiendo cómo el aire le golpeaba en la cara, refrescándole, deformando sus mejillas e hinchando su boca.

Alguna vez, Matt había visto vídeos en los que tocaba. Se veía a un isleño alto con algo de barriguita que sonreía y miraba, aparentemente, a todos los miembros del público. Sin embargo, no les miraba a ellos. Miraba hacia el infinito.

No.

No miraba hacia el infinito. Veía más allá. Observaba todo lo que se escondía detrás de las sombras: a los monstruos y los dioses que ahí se ocultaban.

Era curioso. Sus ojos estaban ahí, en su cara, pero él no. Él estaba en otro universo, en un mundo de música. Oía cada nota antes de tocarla y, cuando pulsaba la cuerda, la nota duraba para siempre. Se quedaba ahí, atrapada en el infinito que estaba detrás de las sombras.

Matt empezó a oír todo lo que había tocado antes de ese concierto. Oyó las piezas que había tocado a la batería antes de que las muñecas se le resintiesen. Oyó cómo había golpeado su contrabajo en garitos pequeños cada noche durante un año… Lo oía todo, salvo su amplificador.

De pronto, su bajo no funcionaba. Matt quería pulsar la primera cuerda, pero no sonaba nada. Probó con la segunda. Tampoco.

Miró al público. Vio sus caras. No eran de placer ni nada parecido. No estaban disfrutando del concierto. Y con razón.

Kirby y Samia estaban callados.

Matt se giró y miró a su amplificador, a ver si su bajo se había desenchufado o algo parecido.

El amplificador no estaba donde tenía que estar. Había una quemadura del mismo tamaño y restos de cable, pero nada más.

La cabeza de Matt empezó a intentar irse a las nubes. Siguió el cable con la mirada hasta su bajo. Su bajo no tenía mástil. Había sido arrancado de cuajo, dejando parte del alma al aire.

Antes de cerrar sus ojos, Matt se dio cuenta de que la explosión había arrancado algo más.

Esta semana, empezamos con El miembro fantasma, otra noveleta ambientada en el mundo de RU12, el mismo donde tenía lugar Tracer Bullitt, que podéis comprar aquí.

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