Perdigones de sal

Suzette estaba tumbada a mi lado. No sé cómo me convenció para acompañarla al pueblo a conocer a sus padres, pero lo hizo de alguna manera.

Seguramente me ofreció  caucásico tras caucásico hasta que me tumbó y me metió en el coche.

Los padres de la chica, a la que yo casi duplicaba en edad, eran agradables y educados. Lo suficiente como para ocultar lo mucho que me despreciaban y que no fuese asquerosamente obvio. Al menos para su hija. Para mí… bueno, tenía experiencia con gente que me despreciaba. De entrada, todos los profesores de la Universidad, también Jackie-o…

Después de años expuesto a esa clase de comportamiento, había aprendido a ver los signos. Por ejemplo, un detalle importante era que habían ocultado casi todos los objetos de valor bien con encantamientos o, simplemente, escondiéndolos.

Era fácil saber que habían escondido camafeos y cuadros con magia. Los brillos morados eran cegadores para mí. Que solo viese en blanco y negro (como atestiguaban mis calcetines, según Suzette) no significaba que no viese el color de la magia.

Los objetos de valor escondidos (jarrones y cosas similares) era obvio que no estaban ahí porque, bueno, los debían de haber guardado a toda prisa, porque se habían olvidado de pasar un plumero. Así pues, aunque no hubiese signos de que estuviesen ahí, los había de que algo sí había estado ahí hacía poco. Cercos de polvo, raspones en la madera…

No sé qué demonios le había contado Suzette a sus padres acerca de mí, pero si les había contado, tal y como me había prometido, solo lo bueno, no quería ni imaginarme lo que harían cuando se enterasen de lo malo.

Me incorporé de la cama y le eché un vistazo a mi joven pareja. De pronto, mientras me agachaba, oí un estruendo y un gemido. Y uno particularmente desagradable.

Afortunadamente, sabía que no podía ser Mephisto por dos razones:

La primera: él no sonaba así.

La segunda y, seguramente, más importante: unos seis meses atrás le había abierto la cabeza con el As, una carabina de palanca mágica.

Lo que sí podía estar pasando era que su sustituto ahí abajo – Ashonai, creo que se llamaba – quisiese reclamar lo que era suyo. No parecía darse cuenta de que, si venía a por mí, solo uno de los dos saldría con vida y no iba a ser él.

Salí de la cama e intenté localizar mi Auto. El revólver estaba debajo de mi gabardina, de manera que su tenue brillo morado había sido invisible hasta que levanté la tela. El brillo de mi pitillera, sin embargo, era lo suficientemente fuerte como para que lo localizase enseguida.

Cogí el arma con fuerza con mi mano izquierda y salí al pasillo con cuidado. Suzette me siguió con su nueve milímetros preparada. Si yo no disparaba a tiempo a… lo que fuese que estaba haciendo este ruido, lo haría ella. Sin duda alguna.

–¿Ashonai? –me preguntó.

–Espero que no –susurré–. Pero aunque lo sea, el Auto le va a parar un rato. El suficiente como para volver a Noctua y poder coger el As.

Después de dos meses saliendo con la mujer ya le había explicado mi anterior pacto con Mephisto y la importancia de mi pitillera. La chica lo había aceptado tranquilamente. De hecho, había sido ella la que me había animado a descubrir quién había sustituido a Mephisto.

Tras una larga búsqueda sin resultado alguno, volvimos a la cama pero, esta vez, con las armas a mano.

A la mañana siguiente, hablé con los padres de Suzette mientras desayunábamos. Bueno, según ellos, mientras ellos desayunaban. Al parecer, un caucásico y cinco cigarrillos no son un desayuno equilibrado.

–Son los vecinos los que hacen ese espantoso ruido. Todas las noches, a las tres o a las cuatro –explicó Stan.

–Sí –afirmó Susan, la madre y tocaya de Suzette–. Bueno, desde hace dos meses.

–¿Qué pasó hace dos meses? –pregunté entre caladas.

–Salieron de caza, creo. No sabemos. Salieron con las escopetas y todos los perros. Uno de sus hijos está con la pierna mal desde entonces.

Torcí el gesto. No es que yo me oponga a las armas de fuego ni a la caza, pero el día anterior, al llegar, había visto a los vecinos. No tenían pinta de cazar para comer. Cazaban por placer. Por una especie desviada de placer. Lo había visto en los ojos del padre. Los hijos… tenían una chispa de su maldad, pero de momento no eran llamas.

–¿Les parecería que fuese a hablar con ellos? A ver si pueden mantener el ruido al mínimo.

–Puede intentarlo –replicó Stan, enderezando su periódico–, pero no creo que vaya a tener éxito.

Apagué la colilla en mi ya vacío vaso y salí.

–Vamos a ver si hay suerte –sonreí mientras salía por la puerta.

Hacía frío en la calle, de manera que no quedaría raro que fuese con mi gabardina. La verdad, sin embargo, era que la llevaba para poder llevar el Auto en la sobaquera sin que fuese demasiado obvio que iba armado.

No es que quisiese usar el arma contra los vecinos pero, normalmente, a la gente le suele intimidar ver a alguien con un revólver del tamaño de una pierna bajo el hombro.

Salí a la calle y aproveché para tomar un poco el sol.

Un par de cigarrillos más tarde, me disfracé con un mantra y llamé al timbre de la casa.

Me abrió uno de los hijos. El pequeño, parecía ser.

–¿Puedo ayudarle? –preguntó de manera mecánica, no queriendo ni sabiendo lo que decía.

–No, no creo –repliqué, poniendo mi mejor sonrisa–. Pero yo puedo ayudarles a ustedes –no es que yo fuese realmente educado, pero años siendo un investigador privado me habían enseñado que era la mejor manera de conseguir lo que quería.

–¿Por qué cree eso? –respondió de mala manera.

–Porque soy un Graduado y sé cómo lidiar con espectros salvajes. Ahora, si me deja pasar, podré deshacerme de ese animal que les atormenta todas las noches y que a mí, personalmente, me partió la noche anoche –antes de que se diese cuenta de lo que estaba diciendo, ya había atravesado el umbral.

–¡No le he dado permiso para entrar! –gimió el chico.

–Sí, pero viendo que ya he entrado, ¿por qué no me deja que eche un vistazo y les ayude?

Paseé un poco por el pasillo, buscando elementos delatores de magia. Había algunos brillos morados, pero parecían estar detrás de una puerta.

–¿Qué hay ahí? –pregunté, acercándome para poder oír algo.

–Los perros de caza. Si mi padre o mis hermanos estuviesen aquí, le habrían sacado a leches ya.

–Lo dudo mucho. Déjeme ver a los perros. Creo que la clave está en su habitación.

–Es… es un garaje –masculló el muchacho–. Y no, no le dejaré.

Hice uso de toda mi habilidad intimidatoria que, teniendo en cuenta mi corta altura, no era demasiada, para que el chico me abriese la puerta.

Estoy bastante convencido de que lo habría conseguido si no hubiese entrado el padre con el hijo mayor.

–¡¿Quién cojones es usted y qué hace aquí?! –chilló el señor de la casa.

–Un Graduado que se va a encargar de sus fantasmas –respondí de manera igualmente desagradable al tiempo que le enseñaba mi carnet oficial de Graduado.

Me había llevado bastante tiempo perfeccionar el movimiento. Una cosa era ser un Graduado y otra muy distinta, serlo con deshonores, como yo. La gente suele respetar a un Graduado que ha cursado los cinco años en la Universidad. Ahora bien, un Graduado con deshonores… Da igual de dónde vengan los deshonores, bien sea por meter el coche de un profesor en la sala de Magia de Alta Energía o por hacerse inmortal engañando a un demonio.

En cualquier caso, la presencia del carnet bloqueó al hombre durante suficiente tiempo como para que le convenciese para que me librase de su problema.

–De acuerdo, venga esta noche y nos encargaremos del fantasma –dijo a regañadientes, pensando en qué hacer conmigo por la noche.

–Antes de nada, ¿sabe de dónde podría venir esta presencia?

–No sé. Llevo bastante sin cazar. Lo último que maté fue a uno de mis perros–murmuró–. No servía para nada y no tenía sentido alimentarle. Era un inútil.

–Hmm… –estaba bastante seguro de qué estaba haciendo esto– ¿Cómo le mató?

–Con una de mis escopetas. No tenía cuerda a mano para colgarlo. Tomé la decisión en el momento, ¿sabe? Llevaba bastante sin coger ninguna pieza buena y el puto perro no hacía nada salvo quedarse quieto a mi lado.

–De acuerdo, voy a necesitar esa misma escopeta para deshacerme del animal, ¿entiende? Resultará inservible después de que la use, pero si no lo hago estarán atormentados vayan donde vayan.

El hombre frunció el ceño. Le miré a los ojos y le hice ver que no tenía escapatoria. Si no me daba su escopeta, no se libraba del espectro.

Una vez tenía su escopeta, volví a la casa de Suzette. Comimos con sus padres y, por la tarde, me ayudó a inscribir runas sobre la escopeta de dos cañones.

Le había mentido al hombre. No solo su escopeta no iba a ser inútil, sino que iba a ser más potente después de que yo la preparase, pero si mentirle significaba quitarle el arma a un paleto sádico y desviado, mejor.

El problema era que iba a tener que ir con cuidado. Si no apretaba la runa correcta cuando apretase el gatillo, podía desintegrar la casa del imbécil ese. Si pulsaba la correcta, frenaría al espíritu un poco.

¿Por qué había añadido una runa tan peligrosa? Porque podía (iba a hacerlo, de hecho) revenderle este arma a algún amigo mío en Noctua cuando volviese.

Esperé a la noche y, cuando todos se acostaron, salí para la casa del vecino. Esperé en la calle durante un buen rato. Necesitaba fumar todo lo que no había podido en todo el día por culpa de la maldita escopeta. Ese era uno de los inconvenientes de hacer magia tan delicada: no podía fumar mientras lo hacía.

Cuando me terminé la cajetilla, llamé a la puerta del vecino. El hombre, cuyo nombre me importaba medio carajo, me abrió.

–Entonces, ¿qué coño tengo que hacer? –me ladró nada más entrar, manoseando algo que tenía en la bota.

–Exactamente lo que yo le diga. Se va a quedar ahí –apunté a una esquina del pasillo– y va a dejar que yo le dispare. Eso calmará al espectro. Ahora bien, no sé qué pasará cuando hable con él para que se vaya. Puede que mate a todos ustedes antes de irse o que, simplemente, cobre un precio justo. Pero eso no lo sabré hasta que negocie con él, ¿entiende?

–¿Ma… matarnos a todos? –tartamudeó el hombre. Era agradable ver como toda su valentía se evaporaba con unas pocas palabras mías.

–No creo que pase. Nunca ha pasado antes, que yo sepa. Pero seguramente se cobre un precio. Ante todo, tendrá que decirle a sus hijos –el rostro del hombre se contorsionó– que se queden en sus habitaciones. Y, por si acaso, saque sus armas y déjelas a mi lado. Teniendo en cuenta que el animal murió a manos de un arma de fuego, seguramente querrá romperlas todas o algo así. Desde luego, eso hará que se calme y no les mate a todos.

¡Qué fácil es engañar a quien quiere ser engañado!

–Sí, sí, claro.

Sospecho que ayudó a mi farol el hecho de que, durante toda la conversación, había estado encañonando al hombre con su propia escopeta. Desde luego, no me había mirado a los ojos ni una sola vez.

La espera fue larga e incómoda, como suele pasar cuando encañonas a un paleto con su propia arma. Es un sentimiento inigualable, eso sí.

Al dar las tres y media, al fondo del pasillo, una… una aberración morada salió corriendo por el pasillo y empezó a… ladrar delante de una de las puertas. Claramente, los perros que estaban al otro lado estaban demasiado acojonados para responder.

Ahí fue cuando yo entré en acción. Levanté la escopeta y apunté al… perro. Sin embargo, lo hice asegurándome de estar alineado con su antiguo dueño.

Observé la forma y ella me devolvió la mirada con interés. Sin embargo, los espectros animales furiosos  no tienen una forma particularmente sólida. Suelen ser una neblina indistinta. Este era demasiado sólido como para ser un animal.

Antes de que se pusiese en marcha y me pudiese atacar, sin embargo, apreté el gatillo. El destello morado cegó al espectro. El impacto de energía mágica tumbó al otro hombre al lado del pasillo. El fantasma, por su parte, estaba ileso.

Dejé caer la escopeta y tendí la mano hacia el fantasma. El monstruo morado se transformó no en un perro, como pensaba que haría, sino en un niño de nueve, quizás diez años. Se acercó a mí y me miró de arriba abajo,

Sonreí y miré al padre del crío. Ahí, la sonrisa se torció y desvaneció.

Le levanté y empecé a sacudirle hasta que me pelé los nudillos.

–¿Por qué? –chillé, con las mejillas húmedas.

–Porque no valía –dijo, escupiendo sangre–. No tenía cojones.

–¿Y? ¡¿Y qué?! –grité, sujetándole con la mano derecha y, con la izquierda, metiéndole el Auto por la boca– ¡¿Y si yo decido ahora que no sirves para nada?!

Una mano en el hombro me pará a tiempo. No habría sido la primera vez que mataba a alguien que se lo merecía. De hecho, tampoco habría sido la primera vez que mataba a alguien que no lo merecía.

Miré a la mano. El niño sacudió la cabeza.

Suspiré y guardé el Auto en el holster, pero no sin antes dejarle inconsciente de nuevo.

Fui a la habitación a la que el chaval quería entrar y abrí. El niño entró y fue recibido por dos perros de caza gigantescos. Podía ver lo que les dolía a los animales no poder lamer al muchacho.

El niño no quería irse sin los perros. Les esperaría hasta el final y ellos estarían con él también.

–Marchaos –dije a los tres amigos–. Venga, marchaos.

El niño me miró y sonrió. Hizo un gesto a los animales y salió por una de las ventanas abiertas. Los perros saltaron detrás de él y corrieron hacia el campo, guiados por la luz morada del chaval.

Obviamente, tenía que denunciar al padre. No quedaba otra. Pero no había un castigo lo suficientemente depravado para él.

Cuando el niño estaba lo suficientemente lejos, expuse los dedos índices del hombre y saqué el Auto de nuevo.

–Te gusta disparar, ¿eh? –murmuré.

Amartillé el Auto y disparé dos veces.

–Hazlo ahora, capullo.

Salí de la casa del imbécil y volví a casa de Suzette. Me metí en la cama al lado de ella y dormí.

A la mañana siguiente, la policía estaba investigando, pero no mi entrada, sino la desaparición del muchacho.

Los padres de Suzette fueron súper correctos y no hicieron ninguna pregunta acerca de la colección de armas que había aparecido en su entrada. Si sabían de dónde venían, no les importaba. Si no, tampoco.

Antes de que la policía pudiese preguntarnos nada a Suzette y a mí, salimos del pueblo. Para mí no fue un problema, pero Suzette lo pasó un poco mal sacando cinco escopetas y dos fusiles en su coche.

La entendía. Todavía no había podido modificarle el vehículo para poder hacer contrabando, pero todo se andaría.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s