Iluminación indirecta

Hacía un día cojonudo. El Sol estaba alto en el cielo, no había ni una nube, los pájaros cantaban, me acababan de entrar los pagos de cinco casos distintos… habría sido un cumpleaños genial de no haber sido por el regalo que me hice a mí mismo.

Como todos los años desde que me echaron de la Universidad, me compré una entrada para ir al teatro y, como cumplía los cuarenta, pensé que podría darme el capricho de ver una obra profesional en lugar de una obra amateur.

Quiso el hado que el director de la obra que había elegido fuese un antiguo compañero de la Universidad. Había trabajado con él alguna vez, pero nunca me llamó demasiado la atención lo que hacía. El tío era alto y seguía llevando el pelo cortado a cepillo como había hecho cuando aún estaba estudiando. Parecía seguir siendo igual de desgraciado que la última vez que le vi. Daba la sensación de ser igual de calculador que siempre.

Era la clara demostración de que no solo mala hierba nunca muere, sino que nunca cambia.

Sin embargo, por alguna razón, al tío le había ido bien, a pesar de haber sido un cabronazo. Yo, que había sido cien veces menos cabrón, tenía una vida objetivamente horrible.

La diferencia de contactos, supongo.

En concreto, Mephisto, seguramente.

La verdad, es que los últimos meses desde la última vez que le vi (con un balazo en la cabeza) habían ido bastante bien. Los casos habían sido fáciles, agradables y lucrativos.

La obra habría sido un incómodo momento de no ser por el final. La trama había sido mediocre, los personajes eran recortables de cartón, los actores medianamente decentes, la iluminación era abismal y la obra se hacía pasar por una comedia a pesar de ser, claramente, una tragedia.

Lo peor había sido que la gente la veía como una comedia. No habían visto lo miserables que eran las vidas de los personajes.

Lo único que había hecho la velada remarcable había sido el final. No porque la coreografía de los saludos lo hubiese sido, sino por la muerte de uno de los actores.

De pronto, mientras todos saludaban, un fogonazo nos cegó a todos y, en el centro, se recortó (como cabría esperar) el esqueleto de la víctima mientras un relámpago le partía.

Con un gemido, cayó al suelo, instantáneamente muerto.

El chillido fue abrumador, pero yo no me quedé con eso. Yo me quedé con el brillo morado tenue que rodeaba las cenizas de lo que, minutos antes, había sido un actor.

Una vez el pánico cesó y los paramédicos se fueron, dejándonos a todos con la policía mientras nos interrogaba, empecé a investigar y a dar vueltas por el salón de actos.

–¡Me la suda! –chilló el director– Mañana hay otra representación y se va a llevar a cabo. Me da igual lo que me digas, Wendy. ¡Mañana! ¡Hay! ¡Obra!

Me acerqué al director y Wendy. Los tres nos conocíamos de la Universidad. Él había sido el… ¿cómo decirlo? Gilipollas de turno. También había hecho cosas de historia mágica, como cabría esperar.

Wendy se había especializado en magia ofensiva, lo que la había hecho una magnífica candidata para el equipo de homicidios de la policía de Noctua.

Yo… Bueno, si no me hubiesen echado a patadas (casi literalmente) de la Universidad, me habría graduado en magia experimental o algo similar. O necromancia. Me dedicaba a resolver casos porque los misterios siempre me habían hecho gracia.

–¿Qué tal, Wendy? –sonreí, ignorando abiertamente al gilipollas de turno mientras me metía un pitillo en la boca y lo encendía.

–Hola, Tracer.

Los ojos del gilipollas se entrecerraron.

–¿Te importaría no fumar en mi teatro?

–Por un poco más de humo no va a pasar nada. Por no decir que huele bastante mejor –repliqué, echándole el humo a la cara por la comisura del labio.

Wendy ahogó una carcajada y su compañera, Suzette, creo que se llama, no se molestó en siquiera intentarlo. Casi se le cayó la piruleta de la boca.

El gilipollas de turno, cuyo nombre real era algo como Alfred o algo así (asumamos que sí) y yo nos enemistamos cuando trabajamos juntos en una obra en la que estuve años atrás. La única de hecho. Él no me hacía caso cuando sugería cosas y yo me quemé. Terminé chillando, ambos dijimos cosas que no debieran haberse dicho y, bueno… lo normal.

Sin ningún reparo, tomé una larga calada y eché un vistazo alrededor. Seguramente, solo yo podía ver el humillo morado. Es lo que pasa cuando el resto de colores del espectro no te distraen: ves claramente dónde ha habido magia en juego. Aunque no la puedas hacer, la puedes ver mucho mejor que los demás.

­–Mira, Alfred –sonrió Wendy sin cariño ni gracia–, de momento, hay un sospechoso para esto: tú. Según tus actores, a los que ya he hecho algunas preguntas, el único que ha estado al lado de la mesa de mezclas de los focos, eras tú. Por no decir que tenías un móvil.

–¿Qué móvil ni qué cojones? Encima, yo ya estaba abajo cuando se ha muerto.

–Sí, pero sabes hacer magia, aunque seas una mierda de Graduado, la puedes hacer. Habría sido muy fácil preparar el foco para que se disparase y matase a la víctima o algo así.

–Ya, y también le he vaciado la cuenta, ¿no te jode?

Mientras los dos discutían, yo me alejé de ellos y empecé a dar una vuelta por el escenario.

Wendy no andaba desencaminada: había magia de por medio. Pero no magia humana.

Tampoco había sido un demonio, eso seguro. Un demonio no habría matado al pazguato este. Desde luego no así. Era demasiado poco… irónico, supongo.

No.

Lo que había matado a este pobre desgraciado era un fantasma.

No era bastante frecuente que hubiese fantasmas en lugares públicos. Si alguien moría de mala manera en algún sitio, se exorcizaba y a correr. Pero el sistema nunca había sido perfecto. Había que saber cómo había muerto la persona para poder convencer a la proyección de que se marchase.

Bueno, no solía haber fantasmas humanos. La… ¿cómo la llamaban en clase? La energía psicoquinética o algo así de las personas solía saber que tenía que irse tarde o temprano. Los fantasmas animales eran relativamente frecuentes, pero casi nunca los había en ciudades.

Esto tenía toda la pinta de haber sido un fantasma humano. Ningún animal sabía manejar un foco. Al menos que yo supiese.

–¿Qué pasa? –preguntó Suzette

–Nada, estoy mirando –repliqué mientras subía las escaleras hacia la mesa de mezclas.

Eché un vistazo de arriba abajo a la muchacha. Era monina. Recién salida de una escuela pequeña, si Wendy no me había mentido.

Me debía sacar media cabeza o así y llevaba el pelo recogido en un moño bajo. El pelo era claro. Según Wendy era rubia, pero se teñía. Hoy podía ir con el pelo de color rosa o azul eléctrico. A saber.

–¿Alguna conclusión?

–No de momento –respondí, pensando en cómo cruzar la línea policial–. Tengo ideas, pero de momento solo son hipótesis. ¿Por qué me sigues?

–Porque hay que vigilarte y Wendy me dijo que no tenías por qué quedarte quieto.

–¿No confías en mí?

–Ni yo ni Wendy –sonrió.

Murmuré un poco y pensé.

–Este fantasma va a matar más si no le paramos. Pero no creo que quiera matar. Rara vez quieren hacerlo. Al menos no según lo que estudié. Esos son mucho más peligrosos.

–Ya –respondió la chica, no muy segura de lo que le acababa de decir.

Observé el interior de la sala de luces.

La mesa de mezclas seguía encendida.

–Pregúntale a Alfred si eso no debiera apagarse después de que un foco reviente, anda.

–Si no bajas conmigo, nada.

–Me quedaré aquí quieto. Lo prometo –le dije, intentando calmarla. Si ella no sabía que le estaba mintiendo abiertamente, no había hablado lo suficiente de mí con Wendy.

–Hmm… De acuerdo –aceptó tras medio minuto deliberando consigo misma.

–Muchas gracias –sonreí.

En cuanto Suzette bajó dos escalones, me saqué una tiza del bolsillo y me pinté una runa en la oreja. Si la había trazado bien, me permitiría oír sonidos… distintos, por así decirlo.

Antes de que la muchacha llegase al final de las escaleras, ya había entrado a la sala y estaba al lado de la mesa, con mis guantes puestos.

Acerqué el oído a los diales y… bueno, los controles en general.

Alguien estaba moviendo piezas por dentro, asegurándose de que todos los focos iluminaban bien.

Parecía que había alguien encerrado ahí. Si el brillo morado no me engañaba, había alguien dentro. Alguien que había dedicado su vida a iluminar obras de teatro y cosas así. Alguien que se había entregado a algo que llamaba, seguramente, su arte. No iba a hacer de menos a los iluminadores, pero de ahí a llamarlo arte… En cualquier caso, si este fantasma se desvivía por la iluminación, lo normal sería que hubiese protegido los focos. No habría dejado que una luz explotase y calcinase a un protagonista.

Una vez estaba seguro de que había, en efecto, había alguien encerrado en la mesa, eché un vistazo al resto de la habitación.

Había fotos de todos los repartos que habían hecho obras en ese teatro. Todas, con todos los nombres al lado. Solo había uno que no cambiaba en las listas; y era el que esperaba: el técnico de iluminación. Sin embargo, ninguna cara parecía repetirse en las fotos. Algún que otro actor, quizás, pero, desde luego, no había ningún técnico de iluminación. Ni maquilladores. Ni nadie del equipo técnico en general.

Entendía que no saliesen a saludar, pero de ahí a no salir en la foto del reparto… Ahí había algo que fallaba.

A lo lejos, oí dos parejas de pies empezar a escalar las escaleras. Suzette con Alfred.

Recorrí el interior de la sala en dos saltos y me planté en el rellano. Parecía que no me había movido casi nada.

–Alfred, vas a hacer lo que yo te diga y, así, vas a evitar más muertes como esta en el futuro. ¿Hace cuánto murió Sean?

–¿El de luces? ¡Yo qué sé! Una semana, quizás dos. Afortunadamente me hizo el montaje antes de diñarla –rio. Genuinamente, encima.

Mis sospechas se confirmaron.

–Vale, Suzette, llama a Wendy y que localice al forense que ha tomado las fotos, ¿va?

–No os voy a dejar a solas –protestó de nuevo.

–Pues grita o algo –sugerí.

–Bueno, ¿qué quieres que haga? –preguntó Alfred cuando sus tímpanos (y los míos) se recuperaron del berrido de la agente.

–Espera a que llegue Wendy con el forense. Quiero que ella sepa todo lo que hacemos.

–Vale, pero no te creas que lo voy a hacer así, por las buenas.

–Lo vas a hacer, porque si no, voy a hacer uso de toda mi influencia con Wendy para que acabes entre rejas. Y debieras saber que tengo mucha –recalqué el “mucha” con ira y odio–. Por no decir que, si lo haces, demostraré que no eres culpable de la muerte de tu actor.

El imbécil director murmuró, molesto. Los siguientes minutos hasta que llegó Wendy fueron incómodos. Para Suzette y Alfred. No para mí.

–¿Qué pasa, Tracer? –dijo Wendy antes de alcanzar mi altura.

–Necesito que tú digas que Alfred no ha tocado nada aquí. Bueno, que no va a tocar nada. Alfred, necesito que tú digas unas palabras cuando entres ahí y luego bajes. Y usted –señalé al fotógrafo–, usted necesito que reúna a todos los actores en el escenario y les saque una foto en el momento dado. Sabrá cuándo, no se preocupe. Así que, venga, para abajo. En cuanto se preparen, avísenos.

Todos miraron a Wendy. Afortunadamente, ella sonrió y dio el visto bueno.

–¿Crees que Alfred es inocente? –preguntó la detective en cuanto el director estaba en la sala.

–Es inocente de asesinato, pero no iría tan lejos como para eximirle de toda responsabilidad. Si Sean ha hecho esto, es porque ningún director le ha prestado suficiente atención.

–¿Quién es Sean? –preguntó la compañera de mi amiga.

–El de iluminación. Esta… bueno, esta ha sido su manera de llamar la atención. Una manera un poco desafortunada, pero qué se le va a hacer. No puede hablar. Creo que quería que las luces se encendiesen y apagasen, pero no tenía suficiente control.

–¡Ya! –chilló el fotógrafo desde abajo– ¡Todos están posando!

–¡Gracias! –repliqué– Alfred, amablemente, sonríe a Sean e invítale a bajar y baja tú.

El hombre me miró con cara rara, pero una mirada mía hacia Wendy hizo que hiciese lo que le decía.

–Ahora me toca a mí –sonreí, atravesando de nuevo la línea de policía.

Entré y, como antes, olía un poco a tristeza y al orgullo resultante de un trabajo bien hecho. Me senté al lado de la mesa de luces y la miré atentamente.

–Sean, colega, baja. Te están esperando a ti para la foto.

De pronto, pero tal y como esperaba, Sean, un hombre de unos treinta años, se materializó. Bueno, no él, pero la imagen que él mismo tenía de sí mismo. Sonrió ampliamente, produjo un foco gigantesco y bajó corriendo, cargando con el foco a la espalda.

En cuanto ocupó su lugar – al lado del imbécil del director, desafortunadamente – el forense sacó la foto y, con el flash, tanto Sean como su foco se desvanecieron para siempre.

Desafortunadamente, en su enfado, el pobre Sean se había llevado a un actor medianamente decente por delante.

Pero bueno, como dicen en la Universidad: a veces ganas, otras pierdes y, otras veces, un fantasma perdido y desorientado te mata.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s