El Todopoderoso

La madre de Andrés siempre había sabido que era especial. Lo supo desde que nació. Y no era porque, como todas las madres, quería pensar que el niño de sus ojos era especial.

No.

Sabía que Andrés era especial por sus ojos. Tenían motas de color… Bueno, no era que las motas fuesen de un color concreto. De hecho, no eran motas. La verdad, la madre de Andrés no estaba segura de que la clave estuviese ahí realmente, a la vista. Lo que si sabía es que su niño era especial.

Empezó a andar antes de cumplir el año. Y no a dar pasos y luego caerse.

No, no, no.

Andrés andaba como si lo llevase haciendo años.

A la edad a la que muchos niños balbuceaban, Andrés estaba leyendo. No aprendiendo a hacerlo. Haciéndolo.

Así, poco a poco, el niño fue creciendo y mejorándose.

Con los años, al chico solo le iba mejor y mejor.

Cuando todos sus amigos se echaron novias y decidió que a él también le tocaba, de la noche a la mañana, una apareció. Nadie supo de dónde pero, evidentemente, ahí estaba. Cuando se cansó de ella y rompió, la muchacha desapareció de la faz de la Tierra, como si nunca hubiese existido.

Siempre tuvo las mejores notas, pero nadie podía explicarse por qué. Desde luego, cuando se examinaba, según sus profesores, no era el alumno más brillante. Bueno, era brillante, pero muy vago.

Cuando terminó la carrera (sin que nadie supiese cómo), Andrés se mudó, puesto que le ofrecieron un trabajo en Reino Unido, donde siempre había querido vivir.

Así pues, con veintitrés años recién cumplidos, el chico se montó en un avión sin mirar para atrás y sonriendo, emocionado por lo que el futuro le deparaba.

El chico aterrizó en el aeropuerto de Stratford y se montó en un tren. Ahí es donde conoció a Alicia.

Alicia era una chica deliciosa. Eso pensó nada más verla Andrés.

Baja, pero no demasiado. Con el pelo muy corto y de color negro como el vacío entre las estrellas. El chico se quedó con poco más de ella el día que la vio por primera vez. Con lo que sí se quedó fue con las motas inexistentes que ella tenía en los ojos. Solo las había visto una vez antes: en sus propios ojos, al mirarse en el espejo.

–¿Qué tal? –sonrió Andrés, sentándose delante de ella.

–Mejor cuando podía leer sin que me interrumpiesen –replicó Alicia que, acostumbrada a que le entrasen estuviese donde estuviese, no levantó la vista de la novela de fantasía que sujetaba.

–Perdón –replicó el chico, no sabiendo qué hacer salvo lo que mejor se le daba: cambiar el mundo a su voluntad.

Sin olvidarse que le había mandado a tomar viento fresco un par de segundos antes, Alicia apoyó el libro en su regazo.

–¿Qué pasa? –dijo, no exactamente a regañadientes, pero un poco.

–No sé, que me estoy mudando aquí y pensé en ver si me enseñabas un poco del país.

–¿Por qué yo?

–No sé –replicó Andrés, sentándose delante de la chica–. Pareces interesante y ser de por aquí.

–Te diré que soy española, así que no creo que te vaya a servir de mucho –sonrió Alicia, peleando contra algo que solo podía identificar como la voluntad de Andrés.

El problema del muchacho no era que impusiese su voluntad, sino que lo hacía de manera agresiva y violenta. Podría hacerlo mejor, siendo subversivo o sutil, pero no. Quería forzar a la chica a hacer algo que no quería.

Pero eso no era lo peor. Lo peor era que ella, de momento, no tenía ninguna manera de combatir al chico. En cuanto le diese una oportunidad, podría pelear y defenderse. Pero, de momento, era implanteable.

No podía hacer nada, realmente. Si dejaba que le controlase, que era la manera de que le diese espacio, se perdería a sí misma. Si peleaba, lo único que haría sería darle otra razón a Andrés para imponerse.

Decidió seguirle el juego un poco, esperando que dejase de hacerle daño.

Lo que sabía seguro es que tenía que parar a Andrés antes de que dejase el tren.

Aunque, aparentemente, el muchacho no pareciese peligroso, Alicia no había conocido a alguien que le diese tanto miedo como él. No porque fuese mezquino, sino porque era estúpido, que era casi peor. Una persona mezquina no solo conocería y respetaría sus límites, sino los de la sociedad. Alguien estúpido, por su parte, no conocía sus propios límites, los sociales o ambos.

–¿Española tú también? ¡Vaya! ¡Qué bien! –sonrió Andrés, cambiando del inglés al español.

La presión sobre la mente de Alicia se redujo.

La muchacha respiró aliviada y se preparó para su réplica. Tanteó un poco, pero se dio cuenta de que, aunque tenía más libertad, Andrés seguía coartándola y no había una grieta por la que escapar.

–Sí, supongo –respondió Alicia, sonrojándose a propósito, intentando que Andrés bajase la guardia.

–¿Y por dónde vives? –continuó Andrés.

–Por el cementerio de Brompton. Es caro, ¿pero qué parte de Londres no lo es?

–Ya lo sé –rio el chico–. Yo tengo uno por la City. Bueno, una habitación. ¿Qué estabas leyendo?

El chico, claramente, quería que dejase de estar enfadada con él y estaba intentando solucionarlo como una persona civilizada y no un salvaje.

–Una novela de ciencia-fantástica –replicó la chica enseñándole al muchacho la portada. Era de color azul y tenía tres círculos con tres personas en su interior–. Está bien.

–¿Y de qué va?

–Aventuras, básicamente.

–Ah –respondió Andrés, no sabiendo del todo cómo continuar sin usar sus poderes.

Alicia aprovechó el despiste del chico y dejó que parte de ella se escurriese a través de una grieta. No era mucho lo que pudo huir, pero sí lo suficiente.

En cuanto lo hizo, el tiempo frenó. O eso o Alicia empezó a funcionar mucho más rápido. Daba igual, en realidad. Mientras Alicia pudiese moverse con libertad, la realidad era secundaria.

La muchacha salió. El espacio entre su cabeza y la de Andrés estaba vacío. A su espalda, estaba su propio cuerpo, que brillaba como mil soles. Delante de ella, a kilómetros de distancia y brillando como una hoguera moribunda, estaba el de Andrés.

El chico tenía un poco de lo que Alicia llamaba Talento. Si hubiese leído a Stephen King, no habría llamado así al poder.

Tras un tiempo avanzando hacia Andrés, por fin, llegó.

No era la primera vez que entraba en la mente de alguien con Talento. Todas tenían una estructura similar. Había pequeñas diferencias de unas a otras, pero eran virtualmente idénticas.

Eran pequeños apartamentos, casi estudios. Alicia, por su parte, cuando descubrió que tenía el Talento, a los cinco años, decidió empezar a ampliar el “estudio” y ahora tenía, más bien, un palacete en su mente.

No solo porque hubiese expandido su mente, sino porque necesitaba más espacio para el Talento.

Miró hacia el Talento de Andrés. Era de color rojo. Se giró y echó un vistazo hacia atrás. Su Talento era blanco brillante, una mezcla de todos los Talentos que había ido quitando.

El Talento original de la muchacha había sido de color azul pálido. Pero en cuanto empezó a añadir los de los demás, tanto el color de su Talento como ella cambiaron.

Al lado de la hoguera de Talento estaba Andrés. O su imagen mental, al menos.

Se veía como un caballero en armadura brillante.

Eso fue lo primero que Alicia modificó.

Fuera armadura y, más importante, fuera autoestima.

Ahora no era un caballero para sí mismo. Era un mendigo.

Alicia sonrió. En ningún momento se le ocurrió pensar que estaba siendo cruel o mezquina. Estaba siendo justa. Benévola, casi.

Andrés se miró a sí mismo de arriba abajo. Dio un paso hacia atrás al tiempo que el techo del estudio se resquebrajaba.

Mientras el chico se descomponía y venía abajo, Alicia cogió el Talento. Casi no le oyó chillar desesperadamente, como si le estuviesen metiendo un clavo al rojo por los ojos. Tiempo después, Alicia se daría cuenta de que Andrés fue la persona a la que más hizo daño después. Y nunca se arrepentiría de ello.

Salió de la cabeza de Andrés y corrió hacia su propio cuerpo.

Mientras el tiempo volvía a su ritmo normal, Alicia encaró a Andrés y sonrió mientras la cara de confianza y felicidad del muchacho se derretía como un helado en un horno.

Tras unos segundos tartamudeando, Andrés se levantó y huyó de Alicia.

Alicia recogió el libro y siguió leyendo.

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