Los Estudiosos, parte 2

Sandra tosió violentamente. El choque del coche había levantado una espesa nube de polvo que se había metido en los pulmones de todos.

–¡Joder! –chilló el profesor de la muchacha– ¡Han apuntado al punto débil de la muralla!

Lo que el hombre le estaba diciendo a la chica era que el conductor o, al menos, uno de los estrategas de los Estudiosos había estudiado en la Universidad. O trabajado en ella.

El hecho de que el muscle car hubiese apuntado al punto flojo había sido una jugada brillante: no solo abrían una entrada a la Universidad, sino que todo el mortero viejo que estaba entre los sillares se haría polvo, cegando e inutilizando a los Graduados y Rechiceros.

Del coche se bajó un único hombre, embutido en una gabardina vieja y raída con una fedora vieja y polvorienta tapándole los ojos. Era la clase de hombre acerca del que los bardos cantarían… Si no fuese porque había elegido el lado equivocado, obviamente.

–¡No me ayudasteis cuando os lo pedí, ahora os jodéis! –chilló el conductor del coche suicida al tiempo que, de debajo del sobaco derecho, se sacaba un revólver con pinta de ser increíblemente devastador.

–No puede ser –murmuró Francis–. ¡Vete, Sandra, vete de aquí! ¡Es T…!

Antes de que el maestro de la muchacha pudiese terminar de decir quién era el hombre del sombrero y la gabardina, la mandíbula le había desaparecido.

Un berrido partió el aire.

Francis, desesperado, se llevó las manos a la cabeza, intentando palpar su mandíbula.

La chica vio como la sangre salía rápida pero rítmicamente de la boca de su profesor. Sintió como su desayuno intentaba escapar pero, con un esfuerzo titánico, lo retuvo.

Rápidamente, dejó de redirigir la magia hacia el escudo de su profesor. Claramente no había hecho nada y, ante la disyuntiva pelea-huida, Sandra sabía que corría mejor que peleaba.

Saltó al patio interior de la Universidad y corrió. Tristemente para ella, al conductor no parecían molestarle los defensores que le atacaban. Simplemente, asumía los impactos de proyectiles mágicos y los ignoraba. No parecían dolerle y, aparentemente, el hombre se creía inmortal.

Lo que le interesaba era la Biblioteca, que era lo que tenían que defender Sandra y sus colegas.

La chica corrió hacia el interior del edificio de la Universidad. Detrás de ella, el hombre andaba lenta y tranquilamente, sabiéndose a salvo.

–Un hombre. Imparable –jadeó al entrar a la Biblioteca.

La sala se alzaba hasta lo más alto del firmamento. Un claro insulto al pequeño y chato edificio que había fuera. La Biblioteca, evidentemente, estaba en ese edificio. Sin embargo, también no se encontraba en el edificio. Esto se debía a varias razones: la primera es que los Rechiceros no tenían dinero para expandir el edificio, de manera que era más barato tergiversar las leyes de la geometría euclidiana y meter más espacio dentro. Por otro lado, el conocimiento no tiene nada que ver con el contenedor que lo tiene en su interior y, a los libros de magia, les gusta demostrar que no es buena idea juzgar por la apariencia. Finalmente, sabios autores explicaron hace mucho tiempo que los libros por sí solos son capaces de deformar el espacio-tiempo.

–No pasa nada –sonrió el rector–. No podrá atravesar mi escudo –añadió, orgulloso.

El rector estaba en la Biblioteca por tres razones:

  1. No quería estar fuera donde había violencia.
  2. Era la última línea de defensa.
  3. No quería quitarse las pantuflas, cosa que tendría que hacer si salía a la calle, puesto que nadie se tomaba en serio a un Rechicero que saliese en pantuflas.

–Si consigue entrar, estamos perdidos –murmuró, un poco demasiado audiblemente–. Pero no pasará. Pocos Rechiceros hay más poderosos que yo. Además, si atraviesa esta protección por fuerza bruta, saltará en llamas y se deshará en un nudo de agonía y tortura –terminó, sonriendo ampliamente y calmando a la chica.

El rector tenía la misma edad que Francis. Habían sido compañeros de promoción. Sin embargo, mientras que Francis se había divertido mientras era joven, el rector había afilado sus habilidades de tal manera que, si uno no sabía cómo mirarle, era probable que sus retinas se cortasen.

Sandra se sentó e intentó descansar un poco.

La chica esperaba que el rector tuviese razón, pero lo dudaba. El hombre tenía más de fuerza de la naturaleza que de persona.

Al cabo de unos segundos, Sandra recuperó el fuelle y se incorporó. Miró hacia el patio exterior. A unos metros de la puerta, estaba el hombre. No parecía particularmente contento.

Sandra miró al rector. Tenía los ojos cerrados, los pies anclados en su círculo y estaba murmurando palabras sueltas para reforzar el hechizo.

Cuando el hombre atravesó el escudo, el rector abrió los ojos y miró hacia la puerta.

Esto es lo que vio:

Llamas. Un hombre en llamas.

–¿Cómo puede aguantar? –murmuró para sí mismo.

El conductor se rio sin alegría y observó al rector. Alzó el brazo izquierdo y armó el revólver. Descerrajó un tiro que atravesó la rodilla del Rechicero. Antes de que el rector terminase de caer, el hombre en llamas disparó de nuevo y le arrancó la mandíbula, como había hecho con Francis.

El tirador se acercó al hombre, que se retorcía en el suelo y, al tiempo que las llamas mágicas se apagaban, habló.

–No me quisisteis ayudar antes de los levantamientos así que, como me dijisteis cuando os pedí clemencia tantos años atrás: este es el precio.

El rector gimió insultantemente. Sin embargo, no cargaba la fuerza que le habría gustado.

–No te morirás por esa herida –murmuró el tirador mientras se levantaba–. Ahora, si los Estudiosos te pillan, quizás no sea tan genial. ¡A los demás! –añadió, chillando– Yo me marcharía de aquí si fuese vosotros. Los Estudiosos no van a ser agradables con cualquier persona que trabaje en la Universidad. Y vuestros ojos os delatarán.

Sandra pensó. Era cierto que los ojos morados de ella iban a ser un problema. Pero no podía dejar al rector así. Francis… Francis ya estaba perdido. Era lo más probable. Pero, quizás, si salvaba al rector, uno de los Rechiceros más poderosos, solo quizás, podría redimirse.

El tirador ignoró a los jóvenes Graduados que tenían que proteger la Biblioteca y le atacaban tanto física como mágicamente y, simplemente, empezó a pasear entre las estanterías. Parecía saber qué libro quería y dónde estaba.

Mientras el hombre hacía eso, Sandra se acercó al rector y le remendó lo mejor que pudo la pierna. Los tendones y los músculos se unieron poco a poco. Al cabo de medio minuto, el agujero casi estaba cerrado. El hueso se había curado con un satisfactorio “clack”. La mandíbula, por su parte… Sandra podría parar la hemorragia, pero poco más. Sin embargo, antes de poder hacer nada, un grupo de Estudiosos atravesó la pared.

Parecían perros rabiosos. Años denegándoles estudios que consideraban suyos por derecho, combinados con el desprecio que los Rechiceros y Graduados sentían hacia los demás, hacían que el pueblo estuviese furioso.

Rápidamente, Sandra empezó a recitar un canto druídico-chamanístico que Francis le había enseñado. La haría todo lo invisible que era posible. La chica intentó extender esa protección al rector, pero él sacudió la cabeza, explicándole que si lo hacía, ninguno de los dos estaría a salvo. La protección no sería buena para los dos; solo para ella.

La chica se tragó unas lágrimas y se incorporó.

Entró a la Biblioteca, cogió unos quince tomos al azar, los metió en una mochila, y, a los dieciséis años de edad, mientras de la Universidad se alzaban espesas columnas de humo y llamas del color de la magia, dejó Noctua detrás para no volver en un tiempo.

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