Los Estudiosos, parte 1

Sandra se rascó la cabeza y estiró, moviéndose de un lado a otro en la cama, haciendo ruidos como un animal salvaje.

–Podrías hacer menos ruido –murmuró Alex, desde la otra cama.

Alex era el compañero de Sandra. En un sentido puramente literal. No había ninguna relación entre ellos salvo una meramente profesional. Compartían habitación porque ninguno de ellos tenía pareja, no por otra cosa. Era más cómodo para todos los que vivían en la Universidad ahora que ocupasen un mínimo de habitaciones. Después de todo, si alguien llegaba y les pedía ayuda y cobijo, en algún sitio habría que meterse.

Sandra llevaba dos años viviendo en la Universidad, desde que habían empezado los levantamientos. Y dos años llevaba con la mosca detrás de la oreja porque el apocalipsis que estaba viviendo no tenía nada que ver con lo que las películas le habían prometido.

Según el celuloide y las novelas, los mundos apocalípticos estaban en ruinas, nadie confiaba en nadie salvo pequeños grupos de personas, había zonas enteras dejadas inhabitables por la radiación… Sin embargo, las calles seguían intactas. Algo más sucias que antes de que los liberalistas empezasen a alzarse, quizás. La vida, de momento, seguía más o menos igual. Ciertos productos eran más complicados de conseguir y había bastantes más armas en la calle, pero poco más.

El problema de verdad era que, como las películas prometían, grupos de gente estaban empezando a patrullar las calles, intentando “proteger” a la gente. Lo único que protegían eran sus intereses.

Sandra, al tener ojos de un intenso color morado, había sido reclutada con catorce años para proteger la biblioteca de la Universidad y, al mismo tiempo, para ser educada. Por un lado, era horrible que, a los dieciséis años de edad tuviese que luchar contra bandas de bandidos de vez en cuando. Sin embargo, la familia de la chica nunca podría haberse permitido los estudios de la Universidad, ni siquiera con una beca.

La chica miró la hora. En diez minutos se abrirían las duchas para los “estudiantes”. De mala gana, la chica se incorporó y cogió su ropa. Salió para las duchas y se sentó delante de la puerta, esperando a que las puertas se abriesen automáticamente.

La chica entró a la ducha en cuanto tuvo opción y se quedó debajo del chorro caliente un buen rato.

Una vez se sentía limpia y calentita, fue a desayunar. A estas horas, habría poca gente en el comedor y, encima, todo estaría calentito. Bueno, lo que se pudiese comer caliente: las tostadas, las salchichas, el bacon…

Oficialmente, el comedor de estudiantes de la Universidad no era un buffet, pero había tan pocos de ellos que, a efectos prácticos, lo era.

La chica se sirvió una generosa ración de bacon crujiente, un par de tostadas y dos huevos escalfados. Hoy no le apetecían salchichas, a pesar de estar siempre muy buenas. Lo que quería de verdad eran patatas, pero desde hacía un par de semanas, no llegaban a Noctua.

Para cuando Sandra terminó, el resto de estudiantes estaban empezando a llegar. Eran alrededor de las ocho de la mañana y las clases no empezaban hasta las nueve.

La chica, afortunadamente para ella, dormía menos que el resto de estudiantes, lo que significaba que podía estudiar más y comer más y más a gusto.

La hora libre que tenía, la iba a dedicar a revisar hechizos y ponerse al día con sus padres. Les llamaría y explicaría lo que hacía generalmente: estudiar y revisar hechizos.

Bien era cierto que, de vez en cuando, tenía que defender la Universidad, pero tenía que hacerlo una vez cada dos meses a lo sumo. El problema que tenía era que ya iba siendo hora de que volviesen a atacar.

La chica se dirigió de nuevo a su habitación siguiendo los viejos pasillos de piedra de la Universidad. Al llegar, vio que Alex ya se había marchado. O estaba duchándose o estaba desayunando. En cualquier caso, no iba a volver hasta que no terminase las clases.

Antes de que pudiese coger el teléfono para llamar a su familia, la alarma empezó a berrear, reventando los tímpanos de todos los que se encontraban en la Universidad.

–¡Ataque! ¡Ataque! –chilló una voz.

Sandra cogió papel y bolígrafo y bajó corriendo a las puertas de la Universidad.

Al acercarse a la entrada, cada vez había más gente por los pasillos. Todos se movían y se daban codazos. Sandra no ganaba nada por llegar entre los primeros. Al menos no según las normas. Pero si un profesor la veía llegar en ese grupo, a lo mejor le ayudaba un poco.

En el edificio de al lado de las puertas, todos estaban apretujados. Los profesores y responsables preparaban a los estudiantes, verificaban que sus “armas” (papeles y bolígrafos) valdrían… Normalmente, ningún estudiante tenía que hacer nada más que ofrecer apoyo a los miembros de la Universidad: un escudo, curarles… Poco más, pero alguna vez, alguno de ellos tenía que atacar activamente cuando se encontraba entre la espada y la pared.

–Vale –chilló el decano para que todos le pudiesen oír por encima del barullo generado por todas las personas ahí conglomeradas–, viene una caravana de coches trucados cargada de “Estudiosos”. No sabemos cuán bien están armados ni si han sido entrenados en uso de magia, pero con que haya uno decente, ya son demasiados.

Los Estudiosos eran gente como Sandra: gente generalmente joven que nunca podría haberse permitido estudiar en la Universidad. Sin embargo, no tenían el talento innato de la chica, de manera que nunca les habrían becado.

Cinco minutos después, todos los defensores estaban situados alrededor de los muros de la Universidad, preparados para repeler el ataque. El silencio que había en las calles vacías le dolía a Sandra. Sus oídos estaban demasiado vacíos como para poder ser relajante o agradable.

Afortunadamente, el silencio no duró demasiado. Al poco, los cristales empezaron a retumbar con los coches que subían por la calzada.           Eran grandes y potentes. Encabezando la procesión iba un muscle car del siglo pasado. Estaba oxidado y, encima del techo, había un par de personas. Llevaban papeluchos y bolígrafos rotos. Sandra lo sabía porque siempre llevaban lo mismo.

Siempre probaban estrategias distintas, pero nunca funcionaban. La de este mes involucraba, aparentemente, una bastardización de la blitzkrieg solo que, en lugar de tanques, iban a usar coches trucados.

Eso, al menos, era lo que pensaban los contraestrategas de la Universidad. El deber del contraestratega era, mediante rápidos análisis de la mente del adversario, determinar qué iba a pasar. No era como predecir el futuro. De hecho, teóricamente, era muy fácil derrotar una contraestrategia: haciendo que los soldados “escondiesen” las órdenes reales. Afortunadamente para los defensores de la Universidad, no era tan fácil hacer eso.

A lo lejos, los círculos de los contraestrategas brillaban silenciosamente. En cuanto ambas fuerzas chocasen, los contraestrategas dejarían los círculos detrás y pasarían a la lucha.

Sandra preparó el escudo de su tutor y se aseguró de que aguantaría.

Francis, su tutor, era un hombre que rondaba la cincuentena y, años atrás, estudió en la Universidad. Una vez terminó se fue a las Islas, donde aprendió magia chamanística. Las ventajas de ese tipo de magia eran obvias: no hacían falta círculos ni runas, bastaba con un canto gutural, como la magia druídica.

Sin embargo, al igual que la druídica, cansaba mucho. No era algo que cualquiera pudiese hacer. Era de vital importancia tener un formidable aguante. Otra desventaja es que tanto la magia druídica como la chamanística eran más bien magias defensivas, no ofensivas. Se podían utilizar para atacar, como Francis iba a hacer, pero había que estar muy familiarizado con las corrientes energéticas, las líneas ley y el estilo de magia en sí.

El hombre había prometido enseñar a su tutelada cómo manejar esas magias, de manera que le había animado a observarle mientras defendían la Universidad.

Sandra miró al hombre. Estaba en forma y, seguramente, si tuviese que enzarzarse físicamente con cualquiera de los Estudiosos, les arrancaría la cabeza de un puñetazo.

El escudo de los Rechiceros de la Universidad paró casi todos los coches en seco. El primero pasó sin problemas. Sin embargo, las personas que se habían sentado encima del vehículo, cayeron.

–¡Me cago en la leche! –exclamó Francis, lanzando un chorro de energía contra el primer vehículo de la caravana, mientras los demás, se apilaban sobre el escudo mágico que los hechiceros habían creado.

El conductor del muscle car se había adelantado a los Rechiceros y Graduados de la Universidad. Había convencido al escudo de que su coche se estaba moviendo lentamente, puesto que había asumido (correctamente) que la protección funcionaba frenando en seco todo aquello que se moviese por encima de cierta velocidad.

El coche se empotró contra el muro de la Universidad y lo atravesó con éxito. El estruendo retumbó y se oyó por toda la ciudad.

Ese fue el día en que la Universidad cayó.

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