La teoría

Sara se frotó los ojos y observó las operaciones y ecuaciones a fondo. Eran el resultado de una mezcla de lo que la chica sabía de química, física, política, sociología, psicología, historia, teoría de juegos y teoría de la información.

No había sido fácil intentar replicar una ciencia ficticia inventada por un ruso en sus novelas de ciencia ficción, pero ella lo había conseguido. Lo curioso es que, tantos años intentando replicarla habían hecho que se olvidase del nombre. ¿Biohistoria? ¿Socioquímica?

En cualquier caso, a la mujer le daba igual. Se había pasado veinte años trabajando en su proyecto y había llegado a una única conclusión. Era la única conclusión lógica.

En realidad, había llegado a la conclusión cinco años atrás, pero no había querido creerla. Los últimos cinco años habían sido una revisión continua. Revisando los números. Intentando desbancar sus propias teorías. Rezando porque sus hipótesis no se demostrasen y pasasen a ser teorías.

Sin embargo, aquel día, a las siete de la mañana, lo había comprobado. No se había equivocado. No solo eso, sino que también se había hecho a la idea de lo que había demostrado. Lo había aceptado. Tras cinco años luchando contra la idea de que todo era fútil, ya le daba igual. ¿Podía hacer algo acerca de ello? No. Así pues, no le quedaba otra que convivir con ello lo mejor que pudiese.

Había roto su mayor ilusión. Había demostrado lo opuesto de lo que quería. El libre albedrío no era más que un cuento de viejas, pasado de persona a persona para apaciguar al ennui.

Así pues, tenía que hacer lo que su plan decía que haría. Sin lugar a dudas, Sara iba a publicar su descubrimiento. Estaba ahí mismo. En la figura 129 a. La verdad, los gráficos habían quedado muy bonitos. Eso era un consuelo, pero era como un fotón del Sol en una tormenta. Había estado ahí, innegablemente, pero no había hecho nada salvo iluminar un poco más la lluvia.

La chica había empezado a replicar la ciencia ficticia para poder facilitarle la vida a todo el mundo. Después de todo, en las novelas que leyó de niña, no era tanto una ciencia perfecta como una estimación de lo que iba a pasar. Funcionaba como la química. No decía dónde estaban todas las partículas (personas) en un momento dado, pero si su distribución general.

Sin embargo, lo que Sara había descubierto era que era infalible. No había margen de error. No fallaba. Había predicho todos los eventos de los últimos cinco años sin fallo alguno. Antes de pulir la teoría, cuando su idea no era más que una hipótesis en pañales, había habido fallos, como cabría esperar. Pero su teoría era infalible.

La chica resopló y cogió el manojo de papeles que era su demostración, los metió en una carpeta y salió de su pequeño estudio en el centro de la Ciudad de los Pensadores. Era un ensanche de hace seis años. La chica había comprado el pequeño espacio para poder estar cerca de los laboratorios que necesitaba para su trabajo. Sin embargo, se había llenado de comercios con el paso de los años y solo quedaban un par de los pensadores originales.

Salió a la calle mientras un coche-cohete zumbaba por encima de su edificio. Las torres estaban sucias y desatendidas, cubiertas por una gruesa capa de hollín de cohetes. Lo triste era que con un mero manguerazo, la suciedad se iría sin más.

–Buenos días, Sara –dijo un hombre cuando Sara se acercó al paso de peatones.

–¿Le conozco? –replicó ella, mirándole de arriba abajo.

El hombre no tenía un palo de escoba metido por el culo. Era un palo de escoba con extremidades y una almohada a modo de torso. Iba vestido con un traje gris carbón impecablemente cortado. Tenía un reloj de pulsera de acero de color gris mate con la esfera blanco nácar. Llevaba el pelo engominado hacia atrás y una expresión de seguridad absoluta.

–No, no me conoce. Pero mis colegas y yo sí –sonrió mientras se acercaban al paso de cebra.

El hombrecillo pasó de rojo a verde. Sin embargo, el hombre trajeado levantó la mano y, con ese gesto, frenó a Sara al tiempo que dejaba pasar a una mujer corriendo.

Con un ruido sordo, la mujer se paró en seco para siempre. Con ella, el ritmo de la calle hizo lo mismo.

El hombre trajeado no hizo nada salvo redirigir a Sara.

–No podríamos haber hecho nada –explicó tranquilamente–. Era inevitable.

Sara miró al cuerpo de la muchacha y, sin saber del todo por qué, siguió al hombre.

–Está familiarizada con el eternalismo, el presentismo y el concepto del universo de bloque, ¿no?

La mujer asintió algo desconcertada.

–Y cree que acaba de demostrar que tanto el “bloque de tiempo” como el presentismo están equivocados, ¿no es así?

Sara asintió de nuevo. Murmuró algo acerca de cómo el eternalismo era correcto. Las matemáticas no podían equivocarse. Se había enfrentado a la filosofía en combate singular y, con la ayuda de las ciencias, la había derrotado para siempre.

–Precisamente por ello, no debe presentar su descubrimiento a la comunidad científica –dijo el hombre secamente.

–¿Perdón?

–Obviamente. ¿Qué pensó cuando, cinco años atrás, descubrió la verdad?

–Quería meterme en la cama y desaparecer para siempre, supongo –replicó, encogiéndose de hombros.

–¿Qué cree, entonces, que pasará cuando el resto del mundo, obviamente menos culto e inteligente que usted, descubra la verdad? –sonrió el hombre.

–No lo sé –mintió la mujer.

Partiendo su mente como un relámpago el firmamento, vio el futuro de la sociedad. Todo iría apagándose, la gente muriéndose de inanición y deshidratación. Al principio en las grandes ciudades. Núcleos aislados de gente sobrevivirían, sí. Algunos aborígenes en Australia, algunos poblados remotos en el Amazonas…

Pero la sociedad, bueno, a riesgo de sonar elitista, la sociedad de verdad… desaparecería. Todo se perdería como lágrimas en la lluvia. Y, siglos, quizás milenios más tarde, los siguientes humanos lo volverían a descubrir. La futilidad de todo.

Y así moriría la humanidad. No con el romántico hongo de una guerra nuclear, no con el estremecedor impacto de un meteorito, no con el agresivo allanamiento de una especie interestelar, sino con el vacío suspiro de una depresión colectiva. O, si la predicción de la mujer era correcta, dos. Uno para su mundo y otro para el de sus sucesores.

No estaba en sus números, pero un rápido cálculo le permitió comprobar que, innegablemente, la humanidad estaba dirigiéndose a ese inevitable final de cabeza, cuesta abajo y sin frenos.

–Lo ha visto, ¿verdad? Bueno, ¡qué digo! Usted no ha llegado tan lejos con las ecuaciones. Pero se lo ha imaginado, ¿me equivoco? –el hombre torció el gesto de nuevo, esta vez como un padre viendo a su hijo cometer un error inofensivo.

–¿Y qué? –saltó la mujer.

–¿Qué pensaría si le dijese que se equivoca? No con sus números. No. Con ellos ha dado casi en el clavo. Pero les falta algo. Una vuelta de tuerca, apretar un perno, quizás… No, se equivoca consigo misma. Cree que no puede escapar de lo que ha descubierto. Como todos antes que usted. El propio Asimov lo pensaba así.

Sara miró al hombre. No era que Asimov fuese un desconocido precisamente. Era un nombre comúnmente oído, de la misma manera que Philip K. Dick y otros. Era que le hubiese mencionado a él precisamente.

–Usted no lo sabe, al igual que la inmensa mayoría de la gente, pero la psicohistoria que Asimov menciona y endiña a Seldon no era ficticia. La creó realmente. El descubrimiento le aterró tanto que se la ocultó a sí mismo durante un tiempo. Sin embargo, vio que algunos individuos se salían del patrón…

–… –empezó Sara.

–Sí, como el Mulo –rio el hombre antes de que Sara pudiese interrumpir–. Esos escapadores, como les apodó, le trajeron consuelo. No eran muy frecuentes, pero había algunos pocos. Suficientes de ellos podían desviar el paso del tiempo. Y así apareció mi asociación. Ahora bien, los escapadores son de distintos tipos. Todos pueden escapar un poco del paso de la máquina de una manera u otra. Generalmente con decisiones triviales como el color de los calcetines o algo así. Otros, como usted, se enfrentan a decisiones gigantescas. Es en estas situaciones cuando mi asociación interviene.

Sara miró al hombre y vio que, lo que había parecido una mancha en el cuello del traje no era tal cosa. Era una insignia. Un círculo con cinco líneas atravesándolo verticalmente, como si de una jaula se tratase.

–Usted es una escapadora de alto nivel y, como tal, mi asociación no quiere controlarla, pero sí ayudarla a tomar la decisión correcta.

–¿Y no es…?

El hombre sacudió la cabeza.

–Pero, si no me equivoco, el final de la humanidad es…

–Sí, ennui para todos –asintió el hombre–. Pero de eso se encarga mi asociación. No de evitarlo, pero sí de aplazarlo. Siempre de aplazarlo y mantenerlo a raya.

Al decirlo, acarició sin darse cuenta la insignia de metal negro.

–Ahora bien, ¿qué quiere hacer? ¿Quiere sellar ya el destino de la humanidad?

El vacío en Sara se llenó un poco. Si hacía algo (entregar su descubrimiento), tendría una repercusión. Si no lo hacía, también. Casi le daba igual que una decisión conllevase el fin de todo. Lo que le importaba a la mujer era el peso de su decisión.

Con una inmensa sonrisa, entregó al hombre la carpeta y volvió a su apartamento.

En una lejana ventana, un hombre guardaba un fusil y una mira, resoplando tranquilo y acariciando su insignia.

Esta vez, Sara había tomado la decisión correcta.

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