Tracer Bullitt, 38 (El favor)

La bola me calcinó el pecho y me tiró al suelo. Mephisto me robó la pitillera mientras intentaba levantarme y se escondió en el interior del bar.

–No vas a poder hacer nada, Calvin –chilló Mephisto, cubierto detrás de la barra– De entrada, tengo tu pitillera, y cualquier hechizo que puedas realizar no tendrá éxito. Conozco tu nombre.

–Sin mi apellido no podrás hacer nada –repliqué, cogiendo el Auto con la derecha y amartillándolo.

–Claro que sí. Mira a tu querida pitillera. Tengo fuerza aquí. Aunque esté atrapado aquí, tengo fuerza. De hecho, recluirme aquí me hace más fuerte. Todo tiene sus ventajas, Calvin –rio paladeando mi nombre.

Por segunda vez, pronunció mi nombre y lo paladeó. Aprovechando su situación y para demostrarme su fuerza, el demonio asomó la mano por encima de la barra y me enseñó cómo mi pitillera ardía con fuego del color de la magia.

Disparé contra su mano y le oí gemir.

–¡Ahora da igual, cretino! –continué, andando lentamente y pasando por encima del cuerpo inerte de Kor. Sus ojos estaban inundados de lágrimas.

–¿Por qué? ¿Porque no te ha quemado mi ataque? Dale tiempo. No ha sido por tu mísera pitillera. Tu interior empezará a arder dentro de poco. ¿Crees que no contaba con los poderes que yo mismo te di, imbécil?

No había contado con que tenía otra pitillera. Sonreí y me acerqué a la barra.

–¿Empiezas a notarlo? Mi ira te reconcome por dentro, quemándote, como los ácidos de tu estómago, destruyendo tu interior –el demonio retorció su cara mientras me miraba a los ojos. Creía que estaba sonriendo o algo así.

Sin embargo, antes de que pudiese levantar el As, lo sentí. Me escocía todo por dentro. Al poco ya no escocía. Dolía.

–¿Pensabas que no me daría cuenta? Chico, ¿no has oído que sabe más el Diablo por viejo que por Diablo? No soy idiota. Sabía que vendrías preparado.

Me caí al suelo, de rodillas. El dolor era demasiado.

Mephisto se incorporó alegremente y abrió mi mejilla con la uña de su mano entera. Noté cómo la sangre bajaba poco a poco, acariciando mi piel.

–Ahora, voy a verte morir. Te diré que esta no era mi intención. Bueno, sí quería que matases a Kor. Teníamos un pequeño conflicto de intereses. Tú no tendrías por qué haber hecho todo esto. Podrías haberte marchado.

–Mientes, cabronazo –escupí. Literalmente, le escupí sangre al decirlo.

–Sí –rio.

El demonio se agachó y cogió el As y mi as en la manga. Yo estaba empezando a arder por dentro.

A lo lejos, oí cómo se abría la puerta del bar por segunda vez esta noche.

El dolor remitió lo suficiente como para que pudiese moverme. Mephisto estaba distraído. Aproveché la situación y le reventé el tobillo con el Auto al tiempo que pulverizaba mi muñeca. Sin embargo, aguanté como un campeón, como mi padre solía decir.

Gimió por segunda vez al perder el pie. Resopló al dar contra el suelo de madera. Gimió por tercera vez cuando le arranqué el brazo que seguía teniendo entero.

El dolor que Mephisto me quería infligir era menor todavía. Sin embargo, su hechizo estaba volviendo a tener fuerza. Por no decir que la quemadura del impacto en sí y mi mejilla abierta también dolían. Esta vez fui yo el que se agachó a coger los dos ases con los que había entrado.

–¡Tracer! –chilló Wendy desde donde estaba.

La ignoré mientras sellaba el destino de Mephisto con plomo.

En cuanto la bala del As abandonó el cañón y empezó a hacer compañía a los sesos del demonio, el encantamiento de mi vieja pitillera hizo algo de efecto. El dolor abandonó mi cuerpo.

Un agente se acercó a mí a ponerme las esposas. Le entendí y dejé los brazos muertos para que le fuese más fácil.

–No me quite la pitillera –pedí mientras me recitaba mis derechos.

–No se la quites. La necesita ahora mismo –dijo Wendy, guardando su .357.

–Por cierto, en el bolsillo interior de mi americana, si no está quemado, está mi licencia de armas mágicas.

El agente lo sacó y asintió.

–Está entero –confirmó el hombre.

Acompañé a los agentes al coche patrulla.

–El Dodge ese es mío. ¿Podríais moverlo para que no me multen? –bromeé.

El hombre que me había esposado se rió. El copiloto no.

Wendy se apoyó al lado del coche de policía y me miró.

–Entre amigos, ¿qué ha pasado aquí? –me preguntó.

–Dos demonios –murmuré–. El que he matado nada más entrar vosotros era Mephisto. Se ha confiado al intentar matarme. No contaba con que alguien querría localizar a Rocker. Por eso estoy vivo ahora. Gracias.

– ¿Y el otro?

– Kor. No sé nada de él. Su nombre no me sonaba. Parecía ser alguien joven. Sus métodos no eran ortodoxos, creo – seguí –. Era un pobre diablo.

Wendy se rio.

–Vale. Aclararemos esto enseguida. Te veré mañana en la calle otra vez –dio dos tobas al coche patrulla.

–Oye, ¡lo del coche no era coña! –chillé por la ventanilla mientras el coche de policía rugía como un dragón furioso.

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